FRANCISCO JOSÉ Y CRESCENCIO. (En torno a los quince años).

 

En torno a los quince años queremos disfrutar vigorosamente hasta el último resquicio de cada día sin que nada ni nadie nos lo impida. Solo pensamos en el hoy porque nuestra biología y nuestra mente han roto con el pasado. La sexualidad que hace nada nos acaba de sorprender se coloca, sin pedir permiso, en el habitáculo más goloso de nuestra cabeza –ese que hasta ahora había estado vacío, o casi- ocupando gran parte de nuestros pensamientos y deseos. Solo nos apetece compartir con nuestro círculo de amigos y es cuando más rechazamos el ojo vigilante de nuestros padres y tutores, porque estamos revelando un mundo del que nos creemos dueños y señores. A esa edad nos desquicia la falta de coherencia en nuestros adultos. De pronto, hemos despertado con un afán celoso de defender lo que creemos es un mundo mejor y más justo. El yo despega con una fuerza que nos arranca de aquellas manos protectoras y nos sentimos peleados con casi todo. Afloran los posicionamientos vitales y los que eran nuestros referentes incuestionables, de pronto, han dejado de comprendernos. Nos debatimos en un mar de sensaciones contradictorias, de dudas y también de reafirmaciones. Necesitamos estar tan seguros de nosotros mismos, llevar tanta razón y ser tan descubridores de todo, que cualquier crítica, juicio o llamada de atención nos hace sentir no ya fatal, sino también infravalorados.

A los quince años caminamos por el trecho más inestable y a la vez más trascendente de nuestra vida, porque de el depende nuestro futuro. Por ese puente colgante que une la infancia con la juventud transitamos a través de múltiples vaivenes con una energía desconocida, capaz de sortear todos los obstáculos que nos salgan al paso o de depositarnos en ellos para siempre. Es cuando más aprendemos sobre la marcha. Cuando la ruptura es indiscutible si queremos convertirnos en seres individuales.

Tanto es así que, siendo mayores, al recordar esta etapa de nuestras vidas normalmente nos sentimos felices y vibramos de entusiasmo. Solemos recordarnos con demasiada nitidez y es como más nobles, cándidos e ingenuos nos reconocemos. Ese momento mágico, único e irrepetible nos da forma para siempre. Es un pasaje vital, crucial y hasta heroico por el que todos deberíamos tener, al menos, la opción de cruzar.

Desgraciadamente, en esto, también se producen desigualdades. A Francisco José Vélez Maeso, no se le concedió esa justicia. Era un chico muy tímido y serio, pero cuando le venía la risa, la agarraba con tal brío que brotaban lagrimones de sus ojos. En estas ocasiones siempre escondía su cabeza por debajo del pupitre para que el profesor de turno no le descubriera. Y es que, cuando algo le hacía gracia, no podía parar de reír. Si creía que ya estaba en condiciones de recuperar la compostura, la carcajada le volvía a sorprender congestionándole y escondiéndole cuantas veces fuera necesario para ocultar tanto júbilo. ¡Qué mal lo pasaba Vélez cuando se reía!, ¡con lo que lo necesitaba!. ¡Como si reírse inconteniblemente fuera una falta castigable…!. A veces, qué absurda es esa cosa que llamamos educación…… ¡Mira que obligarte a sentir temor por llorar de la risa!. ¡Habrá sanción más castrante….!

Era delgado y fuerte, sin embargo, no se si por esos vicios posturales que se adoptan en la infancia, por su forma de andar, por una cierta caída de cabeza hacia adelante o por el tipo de energía que desprendía, podía dar la impresión de estar algo así como escuálido. No se explicarlo, pero me daba esa sensación. Su expresión, cuando no reía, era algo tristona y su forma de vocalizar, en ocasiones, impedía entenderle con claridad. La verdad es que era poco hablador y un pésimo estudiante. Su caso era el ejemplo vivo de que hay personas que no han nacido para estudiar –al menos como está establecido que se haga- por mucho que los padres y los docentes se empeñen en ello.

Siempre me dio la sensación de que era un muchacho bastante sensible aunque, en un par de ocasiones, le vi defender a su hermano pequeño como todo un campeón. En esos momentos le salía una bravura que muy pocas veces demostraba.

Francisco José jugaba bastante bien al fútbol. Siendo yo un nefasto jugador –de los que se metían goles en propia portería- la mayoría de las horas de recreo asistía como espectador de mis compañeros, eso si, en nada aficionado. Allí todo el mundo era futbolero y los que no lo eran, tampoco terminaron de convencerme como compañeros de ocio. Vélez jugaba de forma muy concentrada y era difícil quitarle el balón. Cuando lo hacía suyo, inclinaba mucho más hacia abajo su cabeza de forma que me recordaba a esos canes que corretean sin despegar el morro del suelo. Se convertía en otra persona.

Pero su mayor talento, el que nos dejaba atónitos, no era deportivo sino artístico. Probablemente, Francisco José, haya sido el mejor dibujante que yo he conocido. Como en clase se aburría como una ostra, se las ingeniaba para tapar con libros y cuadernos la cuartilla que le hacía feliz. Se pasaba las mañanas y las tardes dibujando todo lo que se le ocurría a base de imaginación. No necesitaba ni papel ni materiales específicos. Con un simple BIC, hacía maravillas de un realismo sobrecogedor. Solo me enseñaba sus creaciones si se lo pedía porque su ego ni estaba alimentado, ni se nutría del elogio. No me cabe duda de que con un mínimo de formación en este campo, hubiera sido un dibujante o pintor fuera de serie.

Hay un momento que compartí con mi compañero y que recuerdo como si hubiera sido ayer. Tras pasar el rutinario reconocimiento médico de todos los años –este fue el último- el especialista que nos miraba por rayos X  le dijo que volviera a ponerse a la cola porque quería examinarle de nuevo con más detenimiento. Francisco se asustó mucho y según me lo contó rompió a llorar. Esta vez no había ninguna alegría en sus lágrimas. Estaba convencido de que tenía algo malo. Le intenté animar pero nos hicieron salir a todos. Al rato entró en clase con los ojos enrojecidos pero más tranquilo. Supuestamente todo había sido una falsa alarma. Yo sabía la razón de su miedo pues en  numerosas ocasiones le oí quejarse al padecer molestias de estómago.

Al curso siguiente, ya en octavo de la EGB, un martes de principios de marzo de 1975 a Francisco José le dolía fuertemente una muela. Faltó a clase el miércoles y el jueves e imaginábamos que estaría recuperándose en casa. El viernes a primera hora de la mañana, según entramos en el aula y antes de sentarnos, Don José Pérez Herrador, uno de nuestros profesores, con el rostro desencajado y notablemente nervioso nos comunicó, como pudo, que nuestro compañero había fallecido.

Al parecer le habían extraído la muela con una fuerte infección que en pocas horas desembocó en una meningitis bacteriana que acabó con él. Fue un mazazo que todavía me cuesta expresar. La mayoría de compañeros le lloramos abiertamente. A los quince años aunque se juegue a ser machote, ante la muerte inesperada de un compañero, quien tenga sentimientos, por muy escondidos que estén, se queda con el culo al aire.

Francisco José era una persona que siempre se mantuvo en un segundo plano pero todos le apreciábamos. Aquella mañana nos dedicamos a digerir aquello en silencio. Recuerdo que reposé la cabeza cubriéndome con los brazos sobre el pupitre porque no podía controlar mis lágrimas. Al cabo de un rato cuando me incorporé, descubrí el estado de ánimo que me rodeaba y esto me sorprendió. Todos los malotes de aquel grupo de cuarenta alumnos estaban literalmente acongojados, incluso más que algunos de los que dentro y fuera de clase solían mostrar un comportamiento ejemplar. Aquellas escenas las he tenido siempre presentes. Nunca me hubiera imaginado que los más broncas, los que siempre andaban enredando, aquellos que suspendían crónicamente o que incordiaban por sistema, fueran a ser tan afectivos. Fue entonces cuando descubrí lo que son las fachadas y lo que a muchos les cuesta mostrar con sinceridad sus partes más “débiles”, es decir, aquellas por las que se es mucho más persona.

La dirección del colegio decidió crear una comisión para ir a dar el pésame a la familia. De nuestro curso nos lo propusieron a José Antonio Villabrille y a mi por haber sido durante meses sus compañeros de pupitre. No recuerdo si se sumó algún otro compañero. Al grupo se unieron alumnos de otros niveles y en la hora de descanso, nos encaminamos junto a D. José hacia la que había sido su casa en la Plaza de España. En el breve trayecto desde el colegio, creo que nadie pronunció una palabra. No se de donde sacamos las fuerzas para afrontar el drama que en aquel hogar se estaba viviendo. Fue nuestro profesor el que en nombre de todos presentó las condolencias mientras que la madre sin dejar de llorar nos relataba el proceso que nuestro amigo había sufrido. Su padre apenas pudo articular palabra. El hermano pequeño nos miraba a todos en silencio con una tristeza que me traspasaba. Antes de despedirnos, nuestro profesor nos preguntó si queríamos añadir algo. Yo no pude hablar y José Antonio tan solo balbuceó un “era muy buen chico”. De vuelta al colegio mientras cruzábamos una calle, don José expresó algo que si bien pudiera sonar a frase hecha, reflejó con absoluta veracidad aquel momento: “esto es espantoso. Verdaderamente, no somos nadie”. Aquella misma tarde o, ¿fue una semana después….?, se le hizo un funeral en la capilla del colegio al que solo asistió su padre. Al parecer la madre se había encerrado en sí misma y se encontraba ya asistida por psicólogos.

 

Un par de meses después nos hicimos una foto memorable de todo el grupo de octavo en el patio del colegio y como despedida del mismo. Mientras posábamos con nuestros profesores, no pude dejar de pensar en Francisco José. Estoy seguro de que a muchos, si no a todos, nos sucedió lo mismo.

Llegaron las vacaciones con la vista puesta en el nuevo plan de estudios que además suponía el ingreso en el instituto. Nada más comenzar aquel primero de BUP y junto a un nutrido grupo de antiguos compañeros, viví situaciones hasta entonces inimaginables: revueltas de carácter político por haberse expulsado a dos alumnos, quema de una bandera nacional e izado de otra republicana, concentraciones disueltas con carga policial decidida por la directora del centro, una catedrática de ciencias famosa por su ideología de extrema derecha y un largo etcétera. El régimen no es que se tambalease, más bien, ya se había derrumbado. Faltaban 13 días para que el dictador muriera y en medio de aquel caos, otro mazazo nos volvió a petrificar.

Probablemente el más joven de todos los alumnos de mi grupo, un chaval al que no me dio tiempo a conocer como me hubiera gustado, pero que no escapó a esa observancia que me caracteriza…… Un chico de aspecto humilde, de semblante bonachón, sonriente y de indumentaria un tanto anticuada. Un muchacho que desde el primer día hizo piña con los que se asemejaba y que, curiosamente, resultaron ser alumnos brillantes que ni querían, ni se podían permitir el lujo de ir a clase para perder el tiempo. Hablo de Crescencio Sierra Barba.

Otra vez un viernes. Tenía trece años a punto de cumplir catorce, cuando aquella mañana se disponía a ir al instituto. Al entrar en el vagón de metro de su estación de siempre, la de Quevedo, se le cayó su BIC al andén. Otra vez un BIC….. En un movimiento reflejo para recogerlo se cerraron las puertas del convoy. Quedó aprisionado mientras el tren arrancaba y falleció en el acto. Su padre, irónicamente, era empleado de metro y su madre trabajaba como portera en la casa de la calle de Fuencarral, 145, donde vivía la familia. Otra portería……. Los padres de Francisco José, también eran porteros con derecho a vivienda. Una hermana de Crescencio había fallecido unos meses antes a causa de otra meningitis……., como Francisco José….. Cuanto dolor sufren algunas personas y cuantos sueños de vida y de futuro cercenados por la voluntad de un Dios bueno. Cuantas coincidencias……

 

Aunque no dio lugar a intimidar con Crescencio, la aflicción y la perplejidad se apoderaron de todo el aula. Aquel día no se dio ninguna asignatura y hasta el catedrático más hueso y odiado de todo el instituto, el matemático Sr. Navarro, estimó que lo más apropiado era suspender su clase.

La primavera y el otoño de aquel año me azotaron inolvidablemente. Éramos demasiado jóvenes como para poder reflexionarlo entre nosotros, pero estoy convencido de que cada uno lo encajó como pudo y que aquellas muertes salvajes e inesperadas, en alguna medida, nos conformaron a todos.

Desde entonces siempre que he escuchado la célebre frase “no somos nadie”, me ha venido la imagen de mi viejo profesor pronunciandola y el recuerdo de Francisco. Al cabo de casi cuarenta años, en el reencuentro con un nutrido grupo de compañeros que también vivieron aquellos días, he podido constatar como su recuerdo sigue vivo.

Creo que de estos sucesos me vienen el conocimiento y la convicción de que no hay edad para morirse y de que nos podemos ir en un instante. Además, es algo que deberíamos tener en cuenta. Me parece que de ser así, todo lo que hagamos en la vida tendrá mucho más sentido, peso y fundamento.

Respeto a esas personas que ni afrontan, ni tan siquiera quieren hablar de la muerte, esas que temen un mal fario con solo pronunciar la palabra, pero no puedo evitar una cierta compasión por ellas. Me parece que están en este mundo sin saber para qué. Entiendo que la frivolidad es humana, pero que la insustancialidad sea tal que no nos permita aceptar el único destino cierto que tenemos, me parece un exceso.

En mi caso creo no fanfarronear si digo que cuento siempre con esa señora que a todos nos lleva. Si hay algo que me enseñaron las muertes de Francisco José y Crescencio  fue a amar la vida sin incrustarme en sus trampas. Sin duda esta es la razón por la que me conmueven y me llenan de satisfacción  las cosas pequeñas y los gestos íntimos. La misma que me empuja a la sonrisa y a sentir pudor, cuando presencio las enormes tremendidades que me rodean.

Por todo ello hace tiempo que decidí guardar para siempre el anhelo de medrar y pretender irreprimiblemente. Para mi vivir es respirar hondamente cada instante e interiorizarlo. Es llenarme o, al menos intentarlo, de la vivencia que me libera de ser fatuo e inhumano. Es saber que el mejor proyecto es una sonrisa y que el éxito más arrollador es una mano tendida. Es decir “no” cuando sea necesario y llamar a las cosas por su nombre. Es buscar en mi propio ser y no aferrarme a lo que me hicieron creer que era.

Otra cosa, aunque sin expirar, sí que sería morir cada día. Eso creo.

 

 

EL VACÍO QUE ME ACOMPAÑA.

He pensado en ti durante toda mi vida.

Imaginé millones de veces lo que hubiera sido todo.

Cuando me enteré siendo muy niño te convertiste en mi primera obsesión.

Pasé años hablándole a todo el mundo.

Miré tus pocas fotos hasta quedarme sin vista.

Por mucho tiempo sentí la obligación de visitarte todos los noviembres con una flor.

Me gustaba llamarme como tú.

Llegué a creerme tu sucesor.

Vine a ocupar tu espacio y eso me llenó de responsabilidad sin que nadie me lo exigiera.

Te he necesitado una barbaridad.

En numerosas ocasiones me han faltado tu parecer, tu consejo, tu mirada, tu sonrisa, tu enfado, tu recriminación y hasta tu autoridad.

En las encrucijadas siempre tuve que conformarme con imaginar lo que me dirías.

Soñé con tu mano sobre mi hombro y con tu abrazo incondicional.

He sentido culpa y deuda

Me peleé con la vida por ser tan injusta y canalla contigo.

Escuché sobre ti  todo lo que quisieron contarme.

Todos están de acuerdo en que fuiste el bebé más guapo que han visto.

Más de una voz coincide en que tu expresión era de adulto.

Quizás por eso te fuiste, porque eras demasiado mayor.

Yo no. Yo vine sin saber nada y aprendí sobre la marcha y como pude.

Estuve rodeado de feminidad y eché en falta una masculinidad confidente.

Siempre me dio la sensación de que tuviste que irte para que yo viniera. De ahí mi deuda y mi culpa.

De haberte quedado, ¿yo hubiera venido?. No lo se, pero intuyo que no.

Alguien muy querido le dijo a nuestra madre que no te pusiera Miguel de segundo nombre porque “a los niños no se les debe poner el nombre de un familiar muerto”. Te llamaste como nuestro abuelo materno.

Deseo que hayas tenido el privilegio de encontrarte con él. Fue criticado por algunos de los que no pudieron ser dichosos a su lado. Nadie es perfecto, pero tú y yo sabemos que también tuvo grandes virtudes. De vivir hoy, sería un hombre como muchos y sus “pecados”, al compararlos con los que ahora aceptamos de forma natural, pasarían por veniales.

A mi de segundo me pusieron Francisco, el nombre del abuelo paterno. Aunque no fue una persona con la que yo me identificara demasiado, llamarme así, nunca me ha preocupado.

Me gustaría saber qué habrás pensado al presenciar mi vida y espero que seas benevolente. He cometido demasiados errores y mi oscuridad, en verdad, me ensombrece.

¿Cómo de perfecto y de imperfecto habrías sido?.

¿En cuál de los dos apellidos estarías más cómodo ?.

¿Qué te tiraría más, lo gaché o lo gitano?. ¿O en esto serías como yo, nada y todo de ambos?.

Siempre me pregunté cómo hubiera sido nuestra familia si hubieras estado.

¿Por qué este mundo te interesó tan poco?. ¿Por qué tu vida fue tan fugaz?.

¿Viniste por equivocación o fui yo el equivocado?.

¿Hubiéramos sido parecidos o demasiado diferentes?.

Solo me llevas diez meses.

En el colegio te necesité. Imaginaba que serías más fuerte y más valiente que yo.

Fui un niño sensible y algo miedica. En los primeros años te pedía de pensamiento que me defendieras siempre. La verdad es que, al final,  apenas me dieron motivos para necesitar tu ayuda.

Me gustaría saber si me echaste un cable alguna vez y en qué momentos. No lo se y ese dato me ayudaría a sentirte más próximo.

Posiblemente contigo cerca, hasta me hubiera gustado jugar al fútbol.

¿Sabrás cuantas noches de insomnio infantil imaginé que charlabamos compartiendo habitación?.

Lo que hubiera dado por revelarte mis primeros deseos quinceañeros y el día que jamás se olvida en la vida, el del estreno.

¿Como serias ahora?.

Lo pienso y se me pone la carne de gallina….. Lo que te quiero sin conocerte. Lo que te añoré sin haberte tenido nunca. Lo presente que estás en mi.

¿Sabes que nuestros padres llegaron una noche profundamente conmovidos tras visitar a un recién nacido parecidisimo a ti?. Mamá no se atrevía ni a expresarlo, pero lo pensaba. Por eso lloró aquella noche. El niño, al igual que tú, se fue en un mes.

Se que de haber crecido juntos todo hubiera sido diferente aunque ignoro los derroteros que habríamos tomado. Quién sabe….

También te envidio.

Cada día que pasa me inquieta más este mundo. Mejor dicho, me aterran muchos de nuestra especie. Tú te libraste, pero yo sigo aquí. ¿Te fuiste porque sabías que esto no te iba a gustar?.

¿Fuiste cobarde o fuiste valiente?

Mi llegada se celebró porque de nuevo venía un varón. ¿Tú también la celebraste?.

Me tocó bregar con la enfermedad hasta los once años. En esos momentos también pensaba en ti.

Dime, ¿te fuiste porque ya venías de vuelta?.

Lo peor fue la adolescencia. Me la pasé necesitando a alguien de mi plena confianza y con los amigos no me sentía suficientemente respaldado.

En aquella época muchos días fantaseé con la cantidad de secretos que nos podríamos haber guardado el uno al otro y de cómo nos hubiéramos defendido mutuamente ante la incomprensión de nuestros padres. ¿O eso quiero creer?.

Nuestras hermanas poco podían hacer. A ciertas edades los temas son de chicos o de chicas.

Por más que te imagino, nunca llego a saber en qué acierto.

Pero sigues llenando mi pensamiento. No sé si perderé el tiempo en construirte. Si sacaré algo en limpio. Lo hago porque lo necesito. Siempre lo necesité.

Como te dije antes, nunca me abandonó la sensación de que vine para sustituirte. Por eso te pienso tanto.

Nuestra hermana Milagros si que te conoció y hasta se acuerda de ti. Ella tan solo tenía 4 años. Hace unos días nuestra tía Carmen, tu madrina, le escaneó una foto que no conocíamos del día de tu bautizo. Estás en brazos de ella mientras que Milagros te observa sonriéndote. Es preciosa y te confieso que al verla se me ha vuelto a remover todo por dentro.

Ahora se me acaba de encoger el corazón. No tiene que ver contigo pero te lo cuento porque estoy solo sentado en una terraza. He levantado la mirada de la tablet en la que te escribo justo cuando una chica muy delgada y vestida con ropa que le está demasiado grande ha pasado por delante, mirando fijamente a una mesa vacía en la que unos chavales se han dejado parte de los aperitivos que les habían puesto. De inmediato me ha mirado y lo mismo a otro grupo de personas. Ha seguido su camino. Tras unos pasos se ha vuelto a mirar a la mesa. Sus ojos y los míos han chocado. Creo que esa chica tenía hambre y nuestra presencia le ha impedido comerse las aceitunas y las patatas fritas. Cuando yo era niño más de una vez vi a personas que no tenían inconveniente en comer en público las sobras que otros dejaban. Ahora que nos creemos más libres, los que pasan hambre no se atreven a hacerlo por miedo a ser observados. Es lo que ha traído el educar solo para el éxito y el rendir obsesivamente culto a la imagen. No es políticamente correcto pasar hambre y mucho menos comerse lo que otros dejan. En este primer mundo, fracasar en la vida da tanta vergüenza como ser repudiado por delinquir sin alevosía.

Tú también sufriste la presión externa y esa es la verdad tangible de tu partida. La repugnante presión que nos destroza. La que nos distancia de lo que somos y de lo que deseamos. En tu caso fue tan canallesca que te expulsó de la vida porque un tarado coronado de pediatra se empeñó en que te alimentaras de una leche demasiado baja en nutrientes. Nuestra madre luchó contra esa fijación sabedora de que no podía proporcionarte el alimento más óptimo, pero como aquella acémila era un poseído de si mismo, de su sabiduría y de su ciencia, la hizo dudar y hasta consiguió que mamá se sintiera culpable de no quererte alimentar. Tu pérdida de peso y tu anemia galopante no fueron suficientes para que ese terrorista de la salud entrara en razones. El individuo se salió con la suya y se fue de rositas. En aquella época todos los médicos eran dioses. La verdad es que, para muchos, todavía siguen siéndolo.

A pesar de todo nuestros padres reaccionaron llamando al otro médico, el que posteriormente me salvó y sacó adelante a nuestra hermana Mercedes e incluso a nuestro primo José, García Andrade, pero ya era demasiado tarde.

Nunca he soportado que no pudieras disfrutar de la misma suerte que nosotros.

 

Vuelvo a levantar la mirada y descubro a tres gorriones que se están dando el festín picoteando las patatas. No sienten vergüenza. Afortunadamente para esto y, seguro que para otras muchas cosas,  son animales irracionales.

Pienso en la chica. Está demasiado delgada. Aún así no tiene mal aspecto. En su cara no hay tormento, al contrario, va como sonriendo. Ya me estoy montando una película sobre ella.

Contigo es diferente. No paro de esculpirte en mi imaginación. Pero ni te tengo ni te tuve nunca. Lo se y no estoy loco.

No, tampoco es verdad. Claro que te tuve. Siempre. En mi pensamiento y en mi corazón.

Te fuiste cuando ya no pudiste más. En silencio, sigilosamente, dejando tu recuerdo en la atmósfera de tu dolorida familia para que yo lo abrazara. La incógnita más ingente de mi vida

A mis 56 años que serían tus 57, aún me empeño en crearte y en recrearte. Mi primera obsesión ha derrotado a todas las que luego vinieron.

Y todo porque muy pronto supe que Ignacio Miguel  fue mi hermano mayor y que se despidió diez meses antes de que yo naciera.

Si puedes recíbeme cuando vaya. Tengo tantas ganas de conocerte….. Mis contradicciones…. Quiero creer, pero lo cierto, es que no lo tengo nada claro.

“Dos hermanos muertos se conocen en el más allá. En el más acá fue del todo imposible”. Suena a chiste.

Perdona, Miguel. En el fondo soy un frívolo. Ya termino. No quiero aburrirte más, pero quiero que sepas que de todos mis sueños, eres el más despierto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PICAPICA EN EL REAL. (Entre la crónica y la opinión).

Un Viernes de Dolores, hace la friolera de 40 años, me tocó vivir en mi amado Teatro Real la velada más siniestra, tensa y caótica que en semejante recinto pueda imaginarse.

Aunque oficialmente la Semana Santa no había comenzado, aquella tarde ya era festiva para la mayoría de los melómanos que allí nos congregábamos. Durante muchos años este día dio la bienvenida a un concierto que por su grandiosidad, se esperaba como uno de los más importantes de la temporada. Todo un acontecimiento en el haber musical madrileño de la época.

Al evento solían acudir además del público abonado de los viernes –rancio, casposo, viejuno, estirado y aireado de grandeza hasta decir basta- lo más granado de la vida cultural y política de la capital, por lo que siempre despertaba un considerable morbo en los críticos, en los aficionados del paraíso –entonces, mal llamado anfiteatro- y en los pocos estudiantes que por allí pululábamos con carné del teatro. Al ser concierto de temporada la misma programación se repetía el sábado por la tarde y el domingo en la mañana, este día a precios “populares” y con un rebaje en la etiqueta de los profesores de la orquesta y del director. Es cierto que el público más característico de la España de la pompa y de la circunstancia, del mirar por encima del hombro y del “como Dios manda”, era el de los viernes. Un público que nunca se hubiera sentido cómodo ante músicos vestidos de media etiqueta dominguera y mucho menos entre un público distendido e “informal” al que se le privaba del derecho al disfrute visual de una orquesta ataviada –la mayoría de sus miembros era aplastantemente masculina- con el ropaje que objetivamente resulta más elegante en el varón, esto es, el frac. Las poquísimas profesoras de la orquesta disfrutaban del privilegio de vestirse sin uniformidad los tres días, eso sí, sin salirse del color negro, siempre a la altura de las circunstancias y con el debido decoro. ¿Qué pensarían aquellos aficionados de lo que sucede hoy, cuando numerosas agrupaciones musicales de primer orden llevan tiempo con sus galas colgadas en una percha?

Lógicamente quien solía poner no se si un broche de oro o un punto y aparte con su asistencia era la Reina Sofía, a la que el público en general, recibía con una respetuosa ovación que se percibía más calurosa los domingos y que, de tanto en tanto, quedaba interrumpida por el Himno Nacional. He de decir que en estas ocasiones ella resultaba ser la persona más normal y sencilla –sobre todo entre las mujeres- al compararla con ese grupo de élite que se apiñaba en el patio y la platea. Nunca jamás hacía uso del palco real a no ser que el concierto tuviera carácter oficial, ocupando un pequeño palco de proscenio del entonces entresuelo (hoy principal) que, sin duda, era una pésima localidad tanto desde el punto de vista de la acústica como de la visibilidad. Solía asistir a este concierto y a otros, acompañada de su hermana Irene o de las infantas. Obviamente a los varones de su familia la música les gustaba bastante menos que el fútbol, pues no aparecían por el teatro y se dejaban ver frecuentemente por los estadios.

Aquel día nadie podía sospechar que La Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach interpretada por la Orquesta Nacional, cantada nada más y nada menos que por el Orfeón Donostiarra, la Escolanía del Colegio de Nuestra Señora del Recuerdo y dirigida por el inolvidable maestro Rafael Frühbeck iba, más que a sonar, a ser sonada. Supongo que entre los responsables del teatro y del conservatorio algunos conocían la sorpresa que nos deparaba aquella tarde y que una mano precavida debió llamar a Zarzuela porque, rompiendo la tradición y, me consta que se contaba con su asistencia, Su Majestad brilló por su ausencia. Si hoy al recordarlo nos puede producir risa lo que allí sucedió, in situ nos provocó confusión, bastante tensión y hasta miedo.

Aquel 1 de abril de 1977, a causa de la larga duración de la obra, el concierto se había programado, como en años anteriores, una hora antes de lo habitual. Yo llegué con el tiempo justo para apostarme de pie en los ventanales de estudiantes y poder dominar con mis ojos a la mitad de la orquesta y de la masa coral. Todo un lujo por veinticinco pesetas. La sala estaba a rebosar y como casi todos los viernes tuve el placer de encontrarme con mi buen amigo y compañero de instituto, Ricardo Moyano, un guitarrista argentino que ya entonces era excepcionalmente bueno y que actualmente imparte su magisterio en el Conservatorio de Estambul como profesor de música clásica europea, sin dejar de dar conciertos. Hace tantos años que no le veo…. Recientemente he leído una entrevista en donde comenta como está la situación en Turquía y las pocas esperanzas culturales y de vida libre que allí quedan. Me entristece saber que no lo está pasando bien, sobre todo, cuando fue el amor a la que hoy es su esposa y la atracción que le produjo aquel lugar -una de las ciudades más fascinantes del mundo- lo que le condujo hasta allí. Ojalá pueda salir pronto con su familia. Sería el segundo exilio de su vida. El primero lo vivió junto a sus padres y hermana, cuando la junta militar argentina sorprendentemente y sin dar explicaciones, dejó libre a su padre, el prestigioso escritor Daniel Moyano. Esa y no otra fue la razón por la que esta familia a mediados de los setenta, aterrizó en Madrid a toda prisa y casi con lo puesto.

Como decía, el asombro y el desconcierto, nunca mejor dicho,  comenzaron una vez apagadas las luces y al dar inicio los aplausos de bienvenida a los numerosos solistas y al maestro en su camino hacia el podium. En ese momento un grupo de estudiantes de música situados en diferentes posiciones de las zonas altas comenzaron a gritar y a silbar al unísono. Los vociferantes emitían consignas contra la dirección del Conservatorio Superior de Música y algunas personas del público que ocupaban butacas del “paraíso”, cambiaron el sentido de sus aplausos en apoyo a los jóvenes, apostillando con sus voces e invitándoles a mantener la lucha y a defender lo justo. La reacción se produjo de inmediato en las zonas “nobles” de la herradura cuando Frühbeck intentaba saludar con una sonrisa espléndida sin poder atraer la atención del respetable que se debatía al modo español, es decir, de forma cainita y pronunciando exabruptos que evitaré reproducir: “¡A estudiar, que es vuestra obligación!”, “¡rojos, comunistas!”, “¡fuera, fuera, fuera!”. El sector revolucionario no se achicó: “¡fascistas!”, “¡esquiroles!”, “¡fachas!”, “¡carcas!”. Abajo: “¡eso lo será tu padre, desgracio!”, “¡venga, gallito, a que no hay reaños de salir a la calle…..!”. El griterío visceral había llegado a un volumen ensordecedor cuando el director decidió dar la espalda al aforo, es decir, obedecer al otro sector del público que ya con nerviosismo reclamaba el comienzo del concierto siseando o gritando también: “¡pa-sión, pa-sión, pa-sión…..!” sin dejar de ovacionar a los artistas que llenaban el escenario.

He de confesar que cuando Frühbeck levantó su batuta y sonaron los primeros acordes, yo tenía literalmente mis testículos a la altura de la nuez. Nunca había presenciado una bronca de este calibre en un recinto cerrado y casi en penumbra. Aquello imponía y mucho. Por un momento miré a Ricardo y a las personas que me rodeaban –varios de ellos formaban parte de la protesta- y me dio la sensación de que los que teníamos como único objetivo disfrutar del concierto, estábamos bastante asustados. Pensé que la decisión del maestro era acertada y que con ella apaciguaría a las fieras, pero lo más peligroso estaba por llegar.

De pronto muchos de los chillidos fueron sustituidos por fuertes estornudos que en un instante se apoderaron de toda la sala y hasta de los músicos y cantantes. Se había puesto en marcha el plan B de la revuelta. Al no poderse suspender el concierto –al cabo de unos días otro alumno no participante, me aseguró que esa era la pretensión- se esparció por la caldeada atmósfera del coliseo una ingente cantidad de polvos picapica. Creo que nadie se libró de sentir ese picor en la nariz que te arranca la sacudida inevitable. En este estado de gripe solidaria la temperatura del ambiente llegó al tope del termómetro. El director hacía oídos sordos a todo lo que ocurría detrás de él, los solistas estaban petrificados ante semejante espectáculo. Recuerdo que una de las sopranos, seguramente presa del pánico, en un momento determinado le hizo un gesto con la mano mientras uno de los bajos (el Sumo Sacerdote) se tapaba la boca con un pañuelo sofocando el sonido de sus espasmos, pero Frühbeck estaba decidido a continuar. Los niños de la escolanía miraban al público sin muestra alguna de preocupación y con la disciplina que siempre les había caracterizado.

La situación había alcanzado su punto más álgido cuando por las puertas laterales del paraíso comenzaron  a entrar policías de la secreta en busca de los alborotadores. Para entonces era imposible concentrarse en el escenario ya que los gritos, los insultos, las toses, los abucheos y el pateo generalizado nos impedían a los más pacíficos escuchar relajadamente la música y hasta poder llevar el hilo de la bronca. Algunas personas decidieron abandonar el recinto arriesgándose incluso a tener un accidente. Caminar haciendo equilibrios entre los pies de los asistentes por las filas de butacas escalonadas de aquel anfiteatro con total ausencia de medidas de seguridad, atestado de público, a oscuras y en medio de aquel tsunami, podría tener consecuencias trágicas.

Si bien es cierto que la presencia de la autoridad tuvo el mismo efecto que el gesto del director de orquesta cuando ordena acatar un piano de la partitura, siguieron sonando voces en solitario destacando las de un individuo que teniendo más protagonismo que los cantantes solistas, esta vez desde las alturas, se enfrentaba a los “revolucionarios” con demasiada vehemencia. La policía fue desalojando poco a poco entre murmullos incesantes y silbidos  a lo largo del transcurso de la monumental obra y casi hasta el descanso. Aquella tarde-noche el sobresalto reinó absolutamente por encima de Jesús, el Sumo Sacerdote, de Pilatos, de Judas Iscariote y demás protagonistas. El grito de una mujer cuando ya íbamos rozando la paz provocó carcajadas y jocosos vítores en una concurrencia perpleja: “¡Me han pegado!”. Estupefactos volvimos a quedarnos cuando asistimos al prendimiento del ardoroso defensor del orden establecido. Resultó ser uno de los cabecillas de la rebelión, encargado de testar por donde respiraba el público haciéndose pasar por un conservador a ultranza.

Poco a poco y según los policías fueron desalojando a los protagonistas de los sucesos, fuimos tranquilizándonos. Cuando llegó el descanso todos los comentarios que escuché versaban sobre lo acontecido fuera del escenario. Hubo opiniones para todos los gustos pero como casi siempre sucede, los más extremistas de un lado y de otro, resultaron ser una minoría. La mayoría alababa la actuación de los músicos y cantantes por la ejemplaridad y dignidad de su comportamiento, sin dejar de entender y hasta de apoyar a los estudiantes.

A la vuelta del intermedio, muchos habían decidido abandonar el teatro por miedo a que se repitieran escenas parecidas. Había localidades vacías en todos los pisos, por lo que pude sentarme como un gran señor en una butaca centrada del paraíso y, así, disfrutar de todo lo que Bach y los intérpretes nos tenían reservado. Si escuchar concentradamente en la primera parte había supuesto una carrera de obstáculos, ahora, dominando visualmente el grandioso escenario, decidí entornar los ojos y suspenderme en la sublimidad de los coros. Pude tocar a Dios sin creer en él. Pocos son los que han conseguido ascenderme a semejantes cotas y este genio del Barroco es uno de ellos.

 

Comentarios de Fernández Cid sobre la primera protesta . ABC

Dos semanas antes los estudiantes del conservatorio ya habían protagonizado un conato de protesta cuando el maestro Fritz Rieger se disponía a iniciar su concierto. En esta ocasión se pronunciaron voces acompañadas de lanzamiento de octavillas, igualmente desde las localidades de estudiantes. La cosa no fue a más y el concierto se desenvolvió sin problemas. Lo que los incipientes músicos daban a conocer era la decisión de encerrarse dentro del edificio –entonces las dependencias del Conservatorio se encontraban dentro del Teatro Real- como protesta al Decreto-Ley de 28 de febrero de aquel año. Se advertía de lo siguiente: “El decreto-ley de 28 de febrero, que regula las enseñanzas en bachillerato, margina la formación musical situándola en un nivel de consideración todavía inferior al de las asignaturas conocidas como marías. Llegando a la incongruencia de admitir que la música sea impartida por profesores no músicos. Aparte de lo que esto supone para la formación cultural del país, significa cerrar una puerta más a las posibilidades de trabajo de los músicos, que solo en Madrid alcanzan un nivel de paro del ochenta por ciento”.

 

Comentarios de Fernández Cid en ABC sobre el día de autos.

Se le congela a uno la sangre al caer en la cuenta de que los problemas de nuestro país siguen siendo los de siempre. Cuando se constata que los poderosos despreciaron y desprecian la cultura y la educación y que en España el odio de éstos hacia un pueblo culto y educado es crónico y está inoculado. Han transcurrido cuarenta años desde el inicio de eso que llamamos democracia y los cambios en este sentido apenas son perceptibles. Da la sensación de que el tiempo no pasa. Y lo que es peor, a costa de repetirse este ultraje a la inteligencia se ha instalado como norma social hasta tal punto que ser músico o artista en general, es sinónimo de ser nada. De ahí el devastador o cismático efecto que produce en la mayoría de las familias españolas la noticia de que un hijo o hija deseen formarse en cualquier disciplina artística. Aquí o se nace para ser currito, funcionario, médico, abogado, ingeniero, informático….., o no se nace. En el mejor de los casos aparecen esos “abnegados y amantes” padres que dicen a sus hijos: “no me opongo, pero antes de nada, haz una carrera….”. ¡Como si estudiar arte dramático, música, canto, danza, pintura…… fueran pasatiempos para gentes sin honor!!.

Respiro hondo.

Me pregunto si los jóvenes que han tenido la gran suerte de nacer en el seno de una familia para la que las artes son un bien de primera necesidad, sabrán lo afortunados que son. Es cierto que la mentalidad de hoy es más abierta, pero queda tanto por recorrer……

Nunca entendí la perdurabilidad de esta cerrazón en una nación que ha dado tanto arte al mundo. Confieso mi envidia si establezco la comparación al conocer jóvenes extranjeros, incluso de familias acomodadas, que no tuvieron ni la más mínima oposición en sus progenitores al decidir desarrollarse como artistas o estudiar todas esas disciplinas englobadas en las humanidades que, supuestamente, tienen pocas salidas o no contribuyen ni al “progreso”, ni al crecimiento económico de quienes las ejercen. Esas carreras que desde una falsa creencia, “no son prácticas”.

Aquella Pasión según San Mateo se nos quedó grabada en la memoria a todos los que de una forma u otra participamos en ella. Nunca pude compartir la conclusión a que llegaron muchos asistentes, entre ellos, Don Antonio Fernández Cid, uno de los críticos musicales más insignes de aquella época, cuando un día después declaraba en ABC : “se ha cometido un delito de lesa música y eso no puede aplaudirse”. Pienso que cuando la ley perjudica al pueblo, es este el agraviado. Por consiguiente, en esta ocasión, moralmente todos estábamos obligados a solidarizarnos aún a pesar de haberse malogrado el concierto más esperado.

Alguien dijo, no recuerdo quién, que el Teatro Real de Madrid era la caja de resonancia de todo el país…. Estoy de acuerdo. Son muchas las manifestaciones que allí he vivido en este sentido. Si en el aire del coliseo de Los Caños del Peral se percibe el latido y el sentir de los españoles a través de los años, en su aforo se sigue expresando lo que el pueblo lleva dentro.

La última monumental bronca que he presenciado en el Real y en la que participé –los años me arrancaron el miedo y a la Reina Sofía también porque allí estaba- fue contra el ministro Wert, en el tan deseado homenaje a la Gran-Diosa Teresa Berganza, pero no contaminaré este relato hablando de semejante advenedizo al poder y destructor de la cultura.

 

Imponente interpretación de Ricardo Moyano. Bach.

https://youtube/XlvGctZRgCE

 

 

 

RETRATO DE UN INSTANTE QUE YA PASÓ Y ALGUNA COMIDA DE TARRO.

Sábado, 3 de septiembre de 2016.

Pepa y yo nos trasladamos a Madrid porque nos apetece ver la última película de Almodóvar. Forzosamente tenemos que hacer 50 kms ya que en los cines de Collado Villalba (la capital de la sierra), no aparece en cartel. Antes había dos centros comerciales con salas –mira que me jode tener que entrar en un centro comercial para ir al cine- pero de uno de ellos, afortunadamente, hace tiempo que las quitaron.

Nos ha extrañado mucho que esta película solo se exhiba en dos cines de Madrid. En los Conde Duque – Verdi, de Alberto Aguilera solo a las 22:00h. con subtítulos en inglés y en los Princesa exclusivamente a las 16:00h., en versión original.

Según vamos bajando por la A6 voy dándole a la perola. De capital a capital o, mejor dicho, de capitalita a capital….. A la primera Almodóvar no llega aunque sea el centro comercial, industrial y turístico de toda la Sierra de Guadarrama (Galapagar, Valdemorillo, Torrelodones, El Escorial y su San Lorenzo, Guadarrama, Los Molinos, Cercedilla, Collado Mediano, Moralzarlal y los que se me olvidan…..). A la segunda y a cuatro meses de su estreno (dos de ellos  han sido época vacacional), el film solo llega a dos cines y en cada uno de ellos a una sola sesión. Aquí las cifras se disparan. Hablamos de una ciudad de 3,2 millones de habitantes y de un área metropolitana de más del doble, en total 6.464.078 (datos de 2015). No me miro por el espejo retrovisor, pero creo que se me está frunciendo el entrecejo.

De paso y por no obsesionarme, comento con Pepa lo que me parecen malas costumbres que se están implantando en la conducción. Es obvio que, por ejemplo, cada vez menos conductores utilizan los intermitentes y, como casi siempre, muchos de ellos –por Dios, que nadie se de por aludido- llevan coches de tres marcas alemanas que, en sus manos, encarnan la pre-potencia sobre ruedas. Insisto, digo muchos, demasiados, pero no hablo de todos. Los mismos que suelen pegarse, dar las luces para que te apartes, saltarse los límites de velocidad, no respetar la distancia de seguridad, invadir dos carriles………. A poco que seamos observadores nos daremos cuenta de que estos amos de la carretera, en su mayoría, no conducen automóviles sino “prepobólidos”. Sería muy interesante hacer un estudio sobre el fenómeno y especialmente sobre los especímenes que los manipulan, de sus perfiles psicológicos y del concepto tan anémico y poco acertado que tienen no ya de la imagen asociada a un supuesto “estatus”, sino  también, de lo que es el respeto a los demás conductores, su observancia de la seguridad, el cumplimiento del código y de los límites establecidos. Echar un vistazo a algunos de esos “prepopilotos” cuando ponen pie en tierra –decir algunos, insisto,  no es decir todos- es más que suficiente para saber con que tipo de gente nos la estamos jugando.

Llegamos a Madrid una hora antes del comienzo de la peli. La ciudad está petada. La mayoría de los veraneantes han regresado y acaban de cobrar. Damos un montón de vueltas. No hay forma de aparcar. Nos vamos cerciorando de los aparcamientos públicos por si acaso. Otra vuelta, y otra y otra…. Nada, al final, parking… Es el precio añadido que hay que pagar en esta ciudad por vivirla, trabajarla o disfrutarla si un día determinado te da pereza o no te conviene hacer uso del transporte público. Las terrazas a tope, dobles de cerveza y combinados por un tubo y venga de prepobólidos y de prepopilotos que desde una altura y una anchura obscenas invaden espacios públicos en los que no caben y, por supuesto, a costa de ensuciar la ciudad y el planeta.

Al llegar a la entrada del cine un cartelón en taquilla nos informa: “venta de entradas en el interior”. Se ve que no hay o no se quiere gastar dinero para pagar suplencias… Me pregunto si esto habrá sido así durante todo el mes por las vacaciones de la persona en cuestión ……….

Llegamos al bar o más bien a la fábrica de palomitas y sacamos nuestras entradas. Nos dan la fila 8 de 10 que hay en total. Pepa pide centradas y a ser posible de pasillo. Una vez dentro te entra la risa, aquello es tan estrecho que todo es centro.

El jefe lo tiene bien pensado: compran la entrada y de paso consumen…. Antes, al menos, te invitaban a hacerlo en pantalla después de la publicidad… “Visite nuestro bar”. Le digo a Pepa que no cuela, que nos tomamos algo fuera, bueno no, que el bar La Flor es muy cutre, mejor en el que está un poco más allá. Tenemos quince minutos. Nos da para atragantarnos con un Acuarius de limón, a ser posible.

Volvemos a paso ligero. Mi chica se compra un tonel de palomitas –ella no concibe ir al cine sin atracarse- y nos acomodamos en nuestras butacas. Las salas comerciales se han posicionado en el extremo opuesto de los prepobólidos. Cuando uno entra en ellas, se tiene la sensación de estar en el salón de casa, solo que en feo. He conocido salones privados en algunos barrios “señoriales” de Madrid más grandes. Estas salitas como que le restan categoría a la película, sobre todo, si es buena. Son como un marco barato que rodease a un lienzo importante…. Hecho de menos aquellas macro salas llenas de “prepotencia” de la Gran Vía, de Fuencarral…. con sus artesonados, sus butacas forradas de terciopelo, su olor a cine, sus pantallas gigantes que pretendían hacerte creer que aquello era un teatro de otra manera, cuando para ver lo que allí se proyectaba, antes de nada se abría un telón. Qué decir de los cines de sesión continúa, en los que por diez, quince o veinte pesetas veías dos películas formidables y echabas la tarde con tus amigos del cole. Aquellos en los que los enamorados se escondían para hacer manitas, darse un piquito o algo más y a los que acudían personas para poder estar calentitos en invierno al menos una tarde a la semana. ¡Lo que darían hoy muchos por poder acudir a un cine de sesión continua…..!

En la salita de estar, además de nosotros, hay otra pareja y una chica. ¡Cuánto me alegro de que entre tan poca gente haya una chica sola!. Eso si, se nota demasiado su soledad…. En esto el siglo XXI está resultando ser igual que el XX. Ésta es una chica valiente y sin prejuicios, al menos, eso quiero creer. Pepa y yo flipamos por la escasa afluencia. ¿Nos habremos equivocado de ciudad?. ¡A ver si no va a ser esta la sala sino la de al lado…..!

Se apagan las luces y tras la consabida publicidad, comienza la peli. Justo entonces entra otra pareja, luego otra. Nada mas comenzar entran dos parejas más. Parece que el cine no invita a las singles pero tampoco a los singles… Aquí tampoco hay paridad..¿es que no va a entrar ni un tío solo?. Otra pareja y finalmente otra. Estas, aunque han llegado tarde, pueden engancharse al argumento sin problema. Almodóvar ha dotado a su película de cinco minutos de cortesía.

Somos 17 espectadores en un cine del centro de Madrid, un sábado a las 22:00 horas….. “¿Seremos todos españoles….?, tiene subtítulos en inglés”. La película es una creación de Pedro Almodóvar, repito, de Pedro Almodóvar. Es decir, de uno de los cineastas más importantes de España y con mucho más que reconocimiento a nivel mundial.

Me engancha desde el primer minuto y una vez finalizada tengo la sensación de haber visto una buenísima película aunque en esta ocasión, desposeída de todos esos guiños geniales a que nos tiene acostumbrados el director y en la que nos habla de seres humanos y de sentimientos de forma magistral. Una película que nos muestra la relación entre una madre y una hija. Cualquier persona que haya reflexionado mínimamente sobre la verdad de las emociones que se desatan en las relaciones paterno y maternofiliales, puede retratarse en ella. Esto es cine con mayúsculas por el tema que afronta y por como se aborda. Por la seriedad y la sensibilidad con que se trata…. Con una interpretación formidable de sus dos protagonistas, Emma Suárez y Adriana Ugarte… Sin menosprecio de ellas, que han dado más que pruebas de sus respectivos talentos, en esto, también se percibe al gran director que hay detrás.

Lo que hayan dicho los críticos, como haya sido la anterior película de este ex trabajador de Telefónica o los problemas que se haya podido buscar con ese engendro al que llamamos Hacienda, no me influyen. “Julieta” es un film que merece la pena ir a ver.

De vuelta al parking tengo sensaciones encontradas. Me entristece que la sala estuviera vacía mientras las terrazas están a rebosar, los restaurantes con listas de espera y las calles del viejo Madrid invadidas de prepobólidos.

Estoy enojado por el poco caso que se le hace hoy a un hombre que sigue transgrediendo y contándonos cosas que nadie se atreve a contar. Que hizo reír y llorar a varias generaciones, que trasladó al cine un estilo basado en la fusión de los diferentes géneros teatrales, que dotó a la pantalla de un sonido, un color y una estética nuevos, que engarzó el drama y la comedia como nadie y que llevó al celuloide, al igual que Valle-Inclán lo hizo al papel, algo tan genuinamente español como el esperpento, internacionalizándolo mucho más…… Un hombre que nos habló descarnadamente de la libertad, de lo que la sociedad esconde y que nos mostró con absoluta naturalidad lo que aún hoy, muchos, se niegan a mirar.

Según escribo me descubro tan iluso……. Hasta idealista y mira que eso es raro en mi…  Se me olvida que los españoles hemos dejado de pagar lo que ha sido conquistado por la tecnología asociada a la comodidad o, mejor dicho, a lo que algunos entienden por comodidad. Supongo que esto no solo nos sucederá a nosotros. “Ir a ver…..”, ¡qué  chorrada!. Ahora vemos lo que nos da la gana y como nos da la gana. Para eso están nuestras cuatro paredes, el pirateo nacional y en el mejor de los casos, los Imagenio, los Netflix…. ¿No somos libres?.

Seguimos camino del parking y me reconforta que mi pareja coincida conmigo. Sus sensaciones sobre la película son las mismas. Aún así echo de menos aquellas macro salas mega prepotentes con telón incluido y atestadas de gente. Aquella época en que un estreno de Almodóvar suponía un acontecimieno cultural. Los tiempos en los que la búsqueda de la libertad de expresión bien fundamentada era valorada por la mayoría. Cuando los españoles sabían o, al menos intuían, que un Ósar, un Nobel, un Príncipe de Asturias…. eran reconocimientos a los que había que mirar. Cuando apoyábamos a  todos aquellos que se esforzaban en que nuestro país cambiara a mejor y fuera admirado por su talento.

Se me ha puesto mal sabor de boca porque, además, caigo en la cuenta de que entonces dentro de nuestras cuatro paredes veíamos programas como La Clave….. Todavía no habían llegado ni los Sálvame, ni los OT, ni los Gran Hermano, ni los experimentos de vulgaridad en los que políticos y periodistas pretendiendo pasar por respetables toman del reality show la parte mas morbosa, ofensiva y mediocre. Dígase, La Sexta Noche. ¿Será posible que hasta me estoy enfadando?.

Nos cruzamos con una joven pareja y sus dos hijos pequeños. Me fijo en ellos. No se porqué pero me transmiten buen rollo. Los peques atrapan mi atención y me descubro sonriéndoles. Gritan divertidamente y corren por la acera. Vuelvo a mirar a los padres y percibo que estos no son de los que pasan por el aro. Puede que me esté montando otro peliculón producto de mi fantasía. Me da igual, no quiero volverme a casa tan ofuscado. Quiero creerme que estos niños de mayores no verán televisión basura, no comprarán prepobólidos, no ensuciarán el planeta y cumplirán con las normas de circulación. Necesito creer que ellos valorarán las cosas importantes de la vida, las que nutren nuestro espíritu y lo mejor que tenemos. Que sabrán discernir entre lo que les haga crecer y lo que no. Que vivirán al margen de la confusión que genera el todo vale en el que hoy transitamos. Estos niños y todos los niños son los dueños del futuro. Se lo hemos puesto demasiado difícil porque el presente que les entregamos, desde luego, no es para tirar cohetes. Por eso es imprescindible que cuando aparezcan los Almodóvar de su tiempo, los prefieran a muchas otras cosas.

Los padres también me sonríen. Siento que la magia de la comunicación sin palabras ha hecho acto de presencia. Me siento mejor. Pepa y yo caminamos cogidos por la cintura y también nos sonreímos. Su mirada me lo cura todo….. En el aparcamiento nuestra pelotilla híbrida nos espera para llevarnos a Guadarrama.

Al fin y al cabo, todos soñamos lo que creemos ser.

 

EMILITO PEÑA, SUS LÁPICES DE COLORES Y OTRAS COSAS.

Un servidor a los seis años.

 

Lo he pensado muchas veces y no acabo de entender las razones por las que reaccioné como lo hice. Durante mucho tiempo es algo que ha permanecido anestesiado en mi memoria, pero últimamente aquellos hechos se han ido despertando. ¿Será que verdaderamente me estoy haciendo viejo y empiezo a dirigir la mirada hacia el pasado?.

Me quedé en estado de shock y así permanecí durante todo aquel curso. No me enteraba de nada, nadie se fijaba en mi -al menos esa era mi percepción- pero lo peor de todo es que en ningún momento entendí qué era lo que hacía allí ni porqué razón me habían llevado.

Fui depositado al final de una fila de pupitres y no recuerdo que ninguna profesora -eran todas mujeres- me preguntara nada, ni pronunciara mi nombre. Detrás de mí una pared llena de percheros y un banco de madera en donde siempre había algún compañero. Era el banco de los castigados y de los que llegaban tarde. Al menos en estos si se fijaban. Yo miraba alguna vez hacia ellos, bien por cotilleo y aburrimiento, bien porque mi espalda y mi cabeza eran el blanco de un sinfín de granos de arroz disparados con fuera a través de canutos BIC, así como de objetos de toda índole y pelaje.

Pasaba un día y otro y otro y no sabía ni lo que me habían contado ni para lo que servía. Cuando me preguntaban en casa, nunca podía dar una explicación. Estaba absolutamente perdido y nada me motivaba. Si tuviera que establecer un símil diría que aquella fue la etapa más “autista” de mi vida. No hice amigos ni me relacioné con nadie. Nada de aquello me interesaba lo más mínimo, pero allí estaba, sin atreverme a expresar mi estado de ánimo. Probablemente, de haber sucedido hoy, me hubieran diagnosticado depresión pero en aquella época ni había psicólogos en los colegios, ni esta enfermedad se consideraba. Mis padres viendo que no avanzaba en nada, decidieron cambiarme de colegio cuando finalizase el curso.

El único momento que me ilusionó en aquellos meses, entre los cuales hubo varias faltas de asistencia a causa de mis ataques de acetona -coletazos de la hepatitis que padecí a los tres años- fue un paseo que nos dieron un domingo por la mañana bajando por la calle de Amaniel  camino de la iglesia de San Marcos. Aquello -pensaba yo- era un acontecimiento que rompía con el aburrimiento y  la tristeza que la escuela me producía. Si los jóvenes de hoy leyeran esto, no saldrían de su asombro ni se creerían que ir un domingo a misa acompañado por compañeros, pudiera significar para un niño de cinco años una aventura.

Toda mi alegría se desvaneció dentro de la iglesia. Un cura viejo y enjuto, que ofició en un ambiente de penumbra que sintonizaba perfectamente con su figura, se puso a decir cosas que tampoco entendía. Por si fuera poco, en un momento determinado nos dio la espalda y en un idioma extraño, murmuró durante un buen rato palabras parecidas a las que yo pronunciaba pero igualmente incomprensibles. Algunos de mis compañeros se reían, pero de mi se apoderó una sensación de miedo y muchas ganas de irme. Aquello era demasiado siniestro y tétrico para mí. Supongo que esta es la razón por la que hasta bien entrada la treintena no volví a aparecer por San Marcos, siendo este un templo muy próximo a mi casa. Lo hice por curiosidad y descubrí que era una iglesia característica del barroco madrileño y mucho más bonita de lo que recordaba, por lo que imagino, debió ser el cura quien influyó tan negativamente en mis percepciones sobre el lugar en cuestión.

Si bien es cierto que el nacionalcatolicismo de la época era insoportable –terminó cumplidos mis 15 años- no ya por lo que al régimen y al propio clero concernía, sino también por lo que te salpicaba a través de la familia y de la sociedad en general, a día de hoy, no tengo del todo claro si mi rechazo a la iglesia se debe al recuerdo que me quedó de aquella época o simplemente a un rasgo de mi personalidad. Muchos de los curas que he tratado me han producido el efecto contrario de lo que perseguían. Nunca he podido empatizar con ellos ni conectar con su discurso. A lo sumo, me generan la necesidad de separarme y de estar atento. Ni me inspiran confianza, ni me parece que estén en el mundo.

En mi infancia casi siempre me tocó bregar con este tipo de curas, con esa iglesia del boato y de las grandes puestas escénicas. La que invita a creerte piadoso y buen hijo de Dios por ir a misa, echar unas monedas, comulgar, bautizar a tus hijos y rezarle a una talla de madera. Esa que consigue hacer creer que para atravesar las puertas de la eternidad, no hay que ser un verdadero hermano, sino un simple creyente. La que tiene como único objetivo que sus fieles sean rebaño.

La única excepción que recuerdo es la de un sacerdote de edad avanzada y de una simpatía y cariño arrolladores que durante una semana vino como apoyo a prepararnos para hacer la Primera Comunión. Este hombre no pertenecía a mi colegio -afortunadamente mis padres ya me habían llevado al otro-  y aunque olvidé su nombre, le he recordado toda mi vida. En aquellos cinco días me enseñó lo que los diferentes capellanes que pasaron por el centro no consiguieron en diez años. En ningún momento nos habló de Dios ni de la Biblia, tan solo se dedico a relatarnos historias humanas. Él y solo él fue el artífice de que yo me acercara a comulgar con emocionada devoción. Aquello me lo creí a pies juntillas.

Afortunadamente ya en mi juventud pude descubrir otra iglesia de la que muchos ni quieren oír hablar porque se basa en la implicación, en trabajarse el mensaje verdadero de Cristo, en entregarse al prójimo, en dejarse la piel como muchas personas anónimas hacen sin necesidad de pertenecer a la clerecía. La que arriesga optando por convivir con el subdesarrollo, la guerra, la enfermedad, la miseria, la delincuencia, el sufrimiento, la soledad, la vejez…. La que se sustenta en la entrega y la generosidad sin hablar de un Dios todopoderoso, sino más bien de que Dios somos todos. La que perdona. Esa que no atiende a estampitas, ni a imágenes generadoras de sumisión, superstición o, en el mejor de los casos, de sentimentalidad heredada. La que no pide limosnas, sino que agradece y crea riqueza de a poquitos para quien no tiene, contribuyendo no sólo a la independencia económica sino también a la mental. Esa iglesia tiene todo mi respeto, mi apoyo y mi cariño. Me conmueve porque libera de verdad, porque es una fábrica de dignidad.

Agradezco haber podido descubrir esta iglesia defendida por muchos purpurados del tercer mundo o de países en vías de desarrollo y tan solo por unos pocos del primero. Odiada y calificada de anticristiana y hasta de roja por la mayoría de los que se sientan en los confortables palacios episcopales de occidente. Esos que pretenden parecer virtuosos a costa de justificar o defender la institución amparándose en la excepcionalidad del hecho aislado, a la hora de reconocer lo que a lo largo de los siglos se ha robado, engañado, conspirado, envilecido, ocultado y encubierto. Esa iglesia que por mucho que se lave la cara, mantiene su historia manchada de demasiada sangre y  depravación. La perversidad de muchos papas, las innumerables guerras en nombre del Supremo, el mirar a otro lado ante atrocidades como el nazismo, la masacre llevada a cabo en la cristianización del imperio o la implantación de instituciones criminales como La “Santa”Inquisición, están ahí para quien quiera informarse.


San Marcos.

Desde luego lo que yo percibí e intuí en San Marcos nada tenía que ver con una iglesia de amor y eso que en aquella época, obviamente, yo no sabía ni lo que era la iglesia católica. Me volví a mi casa decepcionado al no haber conseguido ese momento de felicidad que en mi fantasía había imaginado.

Lo peor de mi estancia en aquel colegio, además de lo ya referido, fue que me dio a conocer la crueldad que el ser humano alberga. Seguro que fue demasiado pronto, pero por suerte o por desgracia, allí la vida me mostró en vivo y en directo que a tan corta edad, puede haber seres con un grado de sadismo muy alto y que, además, no experimentan ningún sentimiento de culpa cuando producen sufrimiento físico y psíquico.

El destino me tenía reservado no solamente el último pupitre de la fila, sino también, tenerlo que compartir con un auténtico anticompañero. Se llamaba Emilio Peña y, afortunadamente, nada tenía que ver con el apellido Peña del que desciendo.

Era rubio de pelo rizado y facciones demasiado marcadas para ser tan pequeño. Se reía exageradamente aún cuando ningún motivo pudiera hacernos esbozar una simple sonrisa, por lo que a causa de su constante necesidad de llamar la atención, era reprendido habitualmente. En esos momentos siempre me miraba como si yo fuera el culpable de algo y solía murmurar un “te vas a enterar”.

El tal “Emilito” –así se le acabó llamando en mi casa con tono irónico- sentía placer clavándome en la pierna sus afilados lápices de colores . En aquella época todos llevábamos pantalón corto, incluso en invierno, por lo que aquellas puntas astifinas no encontraban ningún impedimento a la hora de dañar mi piel y de producir dolor. Al principio lo hizo con un solo lápiz, luego con dos, tres, y así sucesivamente. Como si necesitara experimentar hasta que punto llegaba mi capacidad de resistencia.

Los primeros días yo me defendía como podía y con toda la fuerza de que era capaz intentaba retirar su mano. Pronto se dio cuenta de que la forma más certera de atacar era aprovechando mi despiste para que yo no pudiera oponer resistencia. En ningún momento se me ocurrió levantar el brazo o llamar a la profesora, supongo que por timidez y por imaginar que de hacerlo, las consecuencias podrían ser peores.

Cuando llegaba a mi casa, trataba de esconder como podía las señales de aquellos pinchazos que iban en aumento de una tarde a otra. Me tapaba con la cartera y una vez que entraba en mi dormitorio de inmediato me ponía el pantalón del pijama. A la hora del baño conseguía ingeniármelas para que mi madre no viera la pierna a base de chapotear con el brazo para que la espuma tapara mi secreto. No quería que mis padres se enteraran por miedo a que se organizara una gorda.

Uno de aquellos días no pude seguir disimulando. Debí llegar a mi casa desencajado de dolor, porque mi madre al mirarme me preguntó a bocajarro si me sucedía algo. Dije que estaba bien pero ella insistió. Estallé en llanto y le enseñé el enrojecimiento sangrante que tenía por encima de mi rodilla. Dio un grito horrorizada y tuve que contarle lo sucedido y como se había producido desde la primera agresión.

Me estuvo curando empapando en algodón un líquido que me produjo sensación de frescor, aliviándome considerablemente. Luego me cubrió con una gasa y me tranquilizó asegurándome que todo se iba a solucionar. En momentos así, para un niño, una madre es un milagro.

Al día siguiente mi padre me llevó al colegio animándome porque, según él, no tenía razón para preocuparme. Al llegar a la entrada nos quedamos esperando a que Emilio Peña llegase. Según le vi bajar por la Calle del Acuerdo avisé a mi padre de quien era y de que le acompañaba su madre. Les paró en seco impidiendo que entraran y le relató a aquella señora de aspecto tímido  –el parecido con su hijo era extraordinario-  lo que su querido retoño se dedicaba a hacer en horas de clase. Ella en principio se mostró incrédula y defendiéndole, a lo que mi padre reaccionó descubriendo mi pierna de la venda y preguntándole a su hijo si era verdad o no que él había causado las heridas. Ruborizado y ante la autoridad que debió percibir en mi padre, reconoció los hechos. Su madre nos pidió perdón pero su retraimiento impidió que reprendiera a su hijo como la situación merecía. Ante esto, mi padre le amenazó diciéndole que si se volvía a repetir otra agresión tomaría medidas para que fuera expulsado.

Aquella mañana Peña fue trasladado al pupitre de al lado. El caso había llegado a la dirección, por lo que me sentí liberado y feliz. Ni siquiera me miraba, se le veía cabizbajo y debilitado. Aún así, la profesora me ignoró como todos los días. Inaudito.

Durante aproximadamente un mes disfruté de una paz que pronto acabaría. Seguía sin ubicarme y sin enterarme de nada, pero además, no imaginaba que Emilito tan solo me había dado una tregua. En realidad se estaba rearmando.

Sin que nadie le diera permiso, cuando consideró que su culpa había expirado, volvió a sentarse a mi lado con absoluta impunidad. Le dejé muy claro que como volviera a la carga me defendería y que sería expulsado. Se propuso ganarme con muy buenas palabras e incluso durante días desplegó toda una serie de nobles intenciones para que me confiara. De pronto se había convertido en mi mejor amigo.

Consiguió su objetivo porque acabé relajándome. Este es un problema que he tenido siempre, es más, a mis 56 años me sigue sucediendo. No he aprendido que con ciertas personas nunca se debe bajar la guardia. Son aves de rapiña que esperan el momento en que estás confiado para  atacarte bien sea de hecho o de palabra. Es tan difícil para mí vivir con la escopeta cargada que cuando ya en la madurez he conseguido defenderme de personas que no merecían mi confianza, llegué a tener sentimiento de culpa.

Como decía antes, el personajillo en cuestión fue implacable y un día, aprovechando que tenía todo mi cuerpo girado mientras escuchaba a otro compañero me asestó con toda su fuerza un pinchazo múltiple en la pierna. Esta vez empuñaba un montón de lápices. Sentí un dolor espantoso y salté hacia él con toda la agresividad que me despertó. Le di un golpe en la mano que hizo saltar por el aire todos los lápices. Él se reía como siempre y agachando la cabeza me decía: “¿qué te creías, que ibas a ganar?.

Por primera vez la profesora dio muestras de haberse percatado de que yo tenía un problema. Se acercó y preguntó. Peña calló cobardemente y expliqué lo sucedido. En esta ocasión le puso de rodillas de cara a la pared. Machacado por el dolor y por el temor a revivir aquel calvario me volví para amenazarle apropiándome de su frase que él pronunció a la vez : “te vas a enterar…”. Ante aquella coincidencia soltó su diabólica carcajada consiguiendo que la maestra le castigara, además,  saliendo media hora más tarde.

Aquella tarde llegué a mi casa con un monumental cabreo y mayor decepción por haberme dejado engañar. Mi deseo de venganza era enorme y por primera vez sentí la necesidad de declararle la guerra a aquel hijo de “mala madre”. Conté todo lo sucedido para que al día siguiente pudiéramos ponerle las peras al cuarto. A la hora de entrar nos colocamos en la puerta del colegio y esta vez, el tono de mi padre fue mucho más contundente y amenazante. Ante la inexpresividad de la madre, que parecía no entender nada, como si no fuera con ella, mi padre agarrando a Peña por el hombro, zarandeándole y a grito pelado les dijo a ambos: “mira niño, no tengo ni idea de cómo te está educando tu madre ni me importa, pero como se te ocurra volver a pinchar a mi hijo y lo digo delante de ella para que no se lleve a engaño, te corto la mano. Soy sastre…. ¿sabes como son las tijeras de sastre, rico, eh, lo sabes……?.  Pues pregúntale a tu mamá que seguro que lo sabe”.

Hoy lo recuerdo y me parece bestial, pero lo cierto es que aquella mujer siguió callada con un ligero temblor en su cara que bien pudiera haber sido la consecuencia del esfuerzo por no llorar o por contener su ira.  Madre e hijo tenían el rostro enrojecido y ninguno de los dos tuvo valor para mirarnos a los ojos. La cólera de mi padre me hizo sentir temor por ellos. Supongo que hablarían después de que yo entrara en el colegio. Emilio Peña apareció habiendo empezado la clase acompañado de la directora. Fue conminado a sentarse solo en un pupitre de la primera fila. Al ver esto supe que mi sufrimiento había terminado.

Ni al día siguiente ni nunca más Emilio Peña volvió a aparecer. Mi padre nunca me contó lo que había sucedido en mi ausencia –limitándose a responder con un “eso ya está pasado”- por lo que siempre tuve la duda de si le habrían expulsado o si la familia le sacó del colegio.

Al cabo del tiempo me dijeron que mi compañero era huérfano de padre y lo peor de todo, pasados los años, alguien me comunicó que Peña había muerto a consecuencia de una leucemia. A pesar de lo sucedido con él, sentí tristeza. Me pareció que su vida había sido excesivamente castigada. Durante un tiempo llegué a culpabilizarme sin saber separar su sadismo de su enfermedad o, mejor dicho, sus dos enfermedades. Aún hoy, a veces, tengo la sensación de que en aquella familia se vivía un drama del que yo fui víctima. A la madre jamás la volví a ver, pero nunca he olvidado su timidez, su miedo a hablar, a expresar….. No tenía aspecto huraño, ni transmitía maldad o frialdad. Lo que aquella mujer emanaba era mucha pesadumbre. El hijo siendo su vivo retrato, llevaba la criminalidad puesta en el rostro…

Quien sabe….., a veces pienso que esa leucemia pudo haber sido la salvación de aquel muchacho… La que le libró de ser un delincuente o un psicópata al cabo de unos años…

¿Por qué a veces nos pondrá  la vida en situaciones tan difíciles de encajar…..?.  ¿Será que nos empeñamos en entender lo que simplemente deberíamos aceptar………?.

TEODORO Y MARIUCA

En alguno de mis relatos anteriores he nombrado a mis tíos Teodoro y Mariuca. Si, él fue la persona que me llevó una noche a aquel concierto de la Orquesta de Cámara de Viena en la Plaza Porticada de Santander…….. En realidad Teodoro era el hermano mediano de mi Abuelo Paco, es decir, mi tío abuelo y, Mariuca, su compañera, una montañesa auténtica, brutota ella, pero con un corazón espléndido.

Los dos marcaron mi vida no solo porque muchísimos años veraneábamos en Santander compartiendo innumerables momentos con ellos, sino también por el poso que en mi dejaron. Fueron personas adelantadas a su tiempo que vivieron al margen de los hábitos imperantes sin abanderar nada ni ofender a nadie. Ejercieron el derecho de sus libertades, sin ampararse en unas siglas, sin militar en tal o cual ideología, sin defender ningún régimen político y sin profesar creencia religiosa alguna.

Nunca esperaron que la libertad les viniera dada, simplemente hicieron uso de ella porque ambos nacieron como espíritus libres y así murieron. Sus vidas fueron un claro ejemplo de que el tiempo es una mera ilusión pues cualquier joven de hoy se habría identificado con ellos plenamente. También me demostraron que no hay nada que pueda acabar con un espíritu de estas características, porque cuando se vive como ellos, es decir, por encima del bien y del mal, ni el cielo ni el infierno pueden afectarte; si no se está afiliado ni aquí ni allá es imposible tener un bando enemigo; porque no cabe el temor de Dios cuando no se cree en su existencia.

El tío Teodoro en una ocasión me dijo: “por encima de las nubes, nunca llueve”. Esta metáfora la hice mía y siempre he intentado, aunque a veces no lo haya conseguido, andar bajo la lluvia sin mojarme.

Teodoro nació en Madrid pero a los 15 años partió hacia la capital cántabra en busca de trabajo y libertad. Pronto aprendió a reparar radiadores de automóviles y camiones, siendo este el oficio que le dio de comer toda su vida.  Años después le tocó hacer el servicio militar en Sevilla, donde un domingo por la tarde conoció a una joven que acompañada de otras mozas paseaba por el Parque de Maria Luisa. Se hicieron gracia y volvieron a quedar. La chica, que trabajaba sirviendo en casa de unos señorones del Barrio de Santa Cruz, se llamaba Mariuca y como su nombre indicaba, era natural de Santander. Se enamoraron y antes de que él se licenciara, ya estaban de acuerdo en volverse a la ciudad que les unía para compartir sus vidas. El destino les había puesto su futuro a huevo.

MIS PADRES CON TEODORO Y MARIUCA.

 

Alquilaron un mini piso abuhardillado en pleno centro, en la calle Tantín esquina con Río de la Pila, a escasos metros del célebre arco del Banco de Santander y del legendario y ya desaparecido Teatro Pereda. Allí vivieron hasta que al jubilarse él, decidieron ingresar en la Residencia de Ancianos de Laredo.  El edificio en que habitaron, sustituido hoy por uno de esos que pueden pertenecer a cualquier ciudad del mundo, era enorme y conocido en todo Santander por el garaje público que había en la planta baja, propiedad de la familia Royano. Su fachada era típica de las casas de vecinos, dotada de balconadas de madera, algunas de las cuales hacían chaflán, como la de ellos.

Fueron un apareja que se quiso incondicionalmente entregándose el uno al otro con absoluta generosidad. Vivieron humildemente sin aspirar a más, disfrutando de lo que la vida buenamente les proporcionaba. A Teodoro y Mariuca lo que les ocupaba no era hipotecarse para acceder a una  vivienda en propiedad, ni trabajar más horas para poderse comprar una motocicleta, luego una Vespa y finalmente un 600. Tampoco consideraron que el teléfono o la lavadora automática fueran bienes de primera necesidad.

Siendo adolescentes se habían tirado al mundo sin miedo a la soledad, a la ausencia de familia o a integrarse en lugares desconocidos. Habían nacido en la monarquía, habiéndoles sorprendido la república muy jóvenes, sufriendo la guerra después y afrontando la dictadura en plenas facultades al inicio de su madurez. Nada se les había puesto por delante y, lo que es más importante, nada ni nadie pudo destruir su felicidad ni aquello que perseguían.

Seguro que esta forma de entender la existencia  les hizo rechazar el matrimonio. No se casaron hasta que se sintieron mayores por aquello de legalizar su estado de cara a que uno de los dos faltara. Tampoco entregaron sus vidas a la esclavitud del sistema, decidieron trabajar lo justo para disfrutar de todo el tiempo posible con el fin de poder satisfacer  sus prioridades y no las que otros les impusieran.

En bicicleta se recorrieron toda Cantabria y parte de las provincias limítrofes llegando a los rincones más insospechados. Gracias a esto, me enseñaron lugares poco conocidos por los visitantes. Más de un año ambos fueron ganadores en la travesía a nado de la bahía de Santander. Fueron amantes del buen comer y del vino rico sin caer en ningún tipo de postureo. El Riojano, Casa Melquíades, los restaurantes del Puerto Pesquero….. Lugares a los que mayoritariamente acudían los naturales del lugar. A Teodoro cuando iba a la playa para pasar el día con nosotros nunca le faltó su caña de vino de la única bodega que se mantuvo abierta a lo largo del tiempo desde que él llegara siendo un crió. De ella bebía y bebíamos, aún a pesar de la dificultad que suponía apuntar con el chorro sin mancharse.

EL TÍO TEODORO CON MI HERMANA MILAGROS Y CONMIGO EN EL SARDINERO.

 

Si querías merendarte un buen sobao pasiego tamaño gigante o una quesada exquisita, no te llevaba a las distinguidas confiterías del centro, sino a un puesto del mercado de abastos en donde se vendían estas delicias a granel y sin ninguna fineza. Sin duda, los mejores que yo he comido nunca.

Paseando por el casco viejo era normal que preguntara, “Ignaciete, ¿te gustan las almejas a la marinera?”, “oye, ¿os apetecen unos mejillones al vapor?”, “chicos, vamos a meternos aquí que ponen unas rabas espectaculares”. Él conocía las especialidades de cada lugar y le gustaba compartir con su gente esos momentos de buen yantar. Allá donde entraba se le saludaba con cariño y simpatía. Era un madrileño mimetizado con aquella tierra y con sus gentes, hasta el punto, de que incluso su físico se correspondía más con el de los hombres del norte que con el de los castellanos. Todo lo contrario a su hermano, es decir, a mi abuelo.

Tenía muchos amigos de todo tipo, lo que le valió para poder disfrutar más que muchos de su misma clase social. Tantas relaciones le reportaron sin buscarlo, una serie de beneficios a los que nunca renunció: Club Náutico, espectáculos, Festivales de Santander…… Siempre había alguien que en respuesta a su encanto y familiaridad le regalaba entradas o invitaciones para espectáculos, teatro, conciertos, exposiciones……

 TEODORO, MI MADRE, MARIUCA, MI HERMANA MERCEDES Y YO EN PLAYA DE SOMO.

 

Mis tíos se distanciaron tanto de su época que, yendo en bici cuando eran jóvenes o en medios de transporte siendo más mayores, se dedicaban a descubrir calas perdidas y de difícil acceso para poder practicar nudismo sin “molestar” a nadie. Cuando nosotros íbamos, Mariuca obviamente se ponía su traje de baño, pero Teodorín –así le llamaba mi madre- se metía en el agua con su “Meyba” y cuando le cubría por encima de la cintura se lo quitaba enganchándoselo en un brazo. Era normal verle perderse hacia el fondo nadando como un pez para acabar flotando haciendo el muerto durante un buen rato. Cuando se le perdía de vista, más tarde o más temprano se divisaba una cabeza en la lejanía, esa era siempre la de mi tío. Volvía a nadar y cuando consideraba que estaba lo suficientemente cerca de la orilla, se colocaba el traje de baño y salía andando tan ricamente….. “Chico, es que lo del calzón, mira que es incómodo”, “yo soy como los hijos de la mar…., me relaciono con ella como vine al mundo”.

Muchos domingos navegábamos en las barcas de los “Siete Hermanos”, o en las de los “Regina”, atravesando la bahía rumbo a Somo, Pedreña o El Puntal. Mi preferida era la playa de Somo en la que cogíamos berberechos y cangrejos cuando la marea estaba baja. Solíamos comer en “La Trainera”, lugar que según me han dicho sigue existiendo, pero con un ambiente bien distinto al de entonces. Era aquí donde el tío solía empinar el codo con la caña, porque a él solo le gustaba su vino. Casi siempre en este lugar se arrancaba por no se que palo que desde luego sonaba a flamenco pero bastante poco gitano, al estilo de Valderrama. Tenía muchísima gracia y lo hacia en honor a mi madre que le jaleaba mientras tanto, creciéndose él y marcándose otra copla y otra….

Las comilonas eran copiosas por lo que la siesta era de obligado cumplimiento en los frondosos pinares que llegaban hasta la misma arena de la playa y en donde había que tener cuidado no tanto con las vacas como con sus hermosísimas catalinas a la hora de poner la toalla o de recostar la cabeza. Estos solían ser los momentos en que Teodoro se lucía con sus chascarrillos y aquella letanía de trovos  que solo a él escuché: “ha llegado Maroto, el de la Junta de Voto, armando alboroto, con el pantalón tooo rotoooo”; “Arrecantimpín, arrecantimpán, si no vienen hoy, mañana vendrán y a escuchar nos pondremos, porque algo nos dirán……….”; “¡ay!, si no lo veo no lo creo, lo barato que venden en Almacenes San Mateo, donde todo es bonito y nada feo, esquina a Fuencarral, Almacenes San Mateo”. Así hasta la eternidad, por lo que Mariuca que se los había escuchado millones de veces, ironizaba sobre su compañero y uno no sabía qué producía más risa, si las rimas de él o las burradas que ella satíricamente le soltaba.

Ya de vuelta a la ciudad, mientras se iba poniendo el sol y a bordo de las barcas, Mariuca era muy dada a cantar canciones tradicionales de Cantabria o del norte en general y en más de una ocasión aquello se iba contagiando hasta que todo el mundo entonaba a coro… Ondiñas Veñen, Desde Santurce a Bilbao, Mi Bella Tierruca….. ¡Qué recuerdos y cuanta nostalgia!,  ¡con qué gusto y facilidad se canta en el norte!!. ¡Qué bella es Santander cuando se la mira desde la mar!!.

A mi tío en agosto le solían coincidir algunos días de vacaciones con los nuestros y era costumbre en él, siempre que podía,  darse un buen paseo por las mañanas a su manera, esto era, con un paraguas, un jersey al hombro y el bañador puesto por si acaso. Él sabia que en aquella tierruca, climatológicamente hablando, podía suceder cualquier cosa, desde amanecer nublado y abrir al medio día o todo lo contrario; nublarse, salir el sol y llover en un corto intervalo de tiempo. Como más o menos conocía a que altura solíamos plantar la sombrilla en cada playa, se hacía el recorrido entre Castañeda, Sardinero y Magdalena hasta que nos encontraba. Su aparición nos alegraba siempre, por su afabilidad y simpatía, no podía ser de otra manera. Él no necesitaba toalla, se secaba al sol y si lo tomaba era siempre de pie.

Comer en casa de los tíos era un auténtico deleite para el paladar. Mariuca acostumbraba a cocinar varios platos sin ningún tipo de lujo pero con el cariño que ella sabía imprimir. Algo tan simple como las sardinas abiertas y rebozadas con ajo y perejil o las croquetas de bacalao hacían que nos chupásemos los dedos. Mi tía en la apariencia podía resultar algo terca y hasta mandona, pero cuando se la conocía, era fácil concluir que lo que ella buscaba era lo mejor para ti. Podía hacerte cambiar de posición en la mesa varias veces, porque se intranquilizaba si no estabas sentado en la mejor silla o donde se pudiera ver la televisión mientras comías. Si consideraba que el sofá, al ser de escay, podía dar mucho calor, lo llenaba de pañitos de croché confeccionados por ella,  aún a pesar de que al levantarte los llevases pegados en la espalda o en el trasero. Podía repetir un montón de veces si necesitabas más azúcar en el café porque como ella lo tomaba con sal –era una de sus rarezas- se preocupaba de que el tuyo tuviera el grado de dulzor deseado o empeñarse tercamente en que comieras un dulce determinado al estar convencida de que era el que más te iba a gustar.

En ocasiones discutían entre ellos por estas situaciones y  Teodorín siempre disolvía la tensión con algunos de sus chistes y retruécanos, o como dijo una vez poniéndose de rodillas ante ella: “Mariuca, que tú eres la más belluca, por lo que más quieras, déjame comer y echarme la siestuca”. Ante hechos como este los dos renunciaban al enfado haciendo reír a los que les rodeábamos.


EN BRAZOS DE MI TÍO.

 

Como dije antes, el hogar era pequeño y sin ningún tipo de lujo. Ellos acomodaban su economía gastando en lo que les hacía felices. Es por esto que en aquella casa, por ejemplo, no había teléfono, pero se suplía con mucho humor. Que yo recuerde tenían dos aparatos de juguete que daban el pego, uno negro y otro rojo y, con ellos, gastaban bromas a los visitantes primerizos o se montaban numeritos cómicos al más puro estilo Gila. No tuvieron descendientes, pero en todas las habitaciones había muñecas que Mariuca vestía, elaborando ella la ropa, en función de la estación del año. Siempre fue como una niña grande y no dejó de sorprenderme cómo una mujer tan valiente, tan echada “palante”, tan libre y tan brava, fuera al mismo tiempo tan ingenua. Era feliz haciéndole ropa a sus muñecas o patucos y trajes a todos los bebés de la familia. Fue un corazón limpio y bueno que jamás aspiró a otra cosa. Con ella me pasaba como con los compadres de Osuna, que cada vez que me abrazaba, apretaba tanto que me hacía daño…. “¡ay mi niño, mi niño, mi niño, como le quiero yo!!.

Si, Mariuca era muy brava, ya lo creo que lo era. Nunca le faltaba al respeto a nadie, pero cuidado con que alguien se lo faltase a ella… Hasta casi entrada en la tercera edad, cuando tomaba los autobuses que llevaban al Sardinero, siempre cargaba con una piña de pino dentro de la bolsa de la playa. Solo tenía una razón para ello y esta no era otra que amenazar a todo aquel que pretendiera saltarse su turno en las largas colas que se formaban. Cuando esto se producía –era bastante habitual- se enfurecía y agarrando el arma vengadora, gritaba: “¡¡¡mira que te meto un piñazo como no te pongas a la cola, so sinvergüenza….,  golfo, que eres un golfo!!!. Así se las gastaba Mariuca cuando alguien no respetaba las reglas del juego. Siempre que he visto las célebres imágenes de Ruiz Mateos queriendo agredir con su puño al ministro Boyer, me he acordado de ella…., con su piña bien agarrada hacía el mismo gesto que el empresario jerezano.

Teodoro no le iba a la zaga a su compañera de vida. En más de una ocasión ante situaciones de abuso o tropelías de cualquier índole que presenciara en la calle, aunque no le afectasen directamente, no dudaba en meterse por medio para imponer orden. Si el hecho se prestaba al diálogo, él defendía al ofendido intentando poner paz y equilibrio, pero de escaparse algún mamporro que afectara al inocente, repartía de los suyos sin ningún pudor para protegerle. No soportaba ver a nadie victima de la iniquidad.

Ya se que a este tipo de personas hoy se las criticaría al “tomarse la justicia por su mano”. Nos hemos civilizado mucho, tanto es así, que cuando vemos cualquier situación de este tipo, en el mejor de los casos, avisamos a la policía aún a pesar de que cuando quiera o pueda hacer acto de presencia, la víctima haya sido robada o herida, insultada, vejada, humillada o hasta asesinada y siempre, eso si, presuntamente. Ya me hubiera gustado que un “tío Teodoro ” hubiera estado al quite cuando el atraco que sufrí en la Gran Vía. No obstante, aunque es una especie en clara extinción, “haberlos haylos”.

Desde que se jubiló, se dedicaron a viajar a través del IMSERSO. En esta etapa no dejaron de admirarme. Trenes, autobuses, aviones… a nada le ponían un solo pero. Allá donde iban comían y cenaban en los Hogares del Jubilado, lo que les permitía recorrer España ciñéndose a sus pequeños recursos. Mi tío nunca renunció a su madrileñismo, también le tiraba su tierra, por lo que cada vez que les salía un viaje a la capital se apuntaban sin dudarlo. Él y mi abuelo Paco nunca se entendieron bien. Sus caracteres eran muy diferentes por no decir antagónicos. Como espíritu libre que era, aceptaba citarse con su hermano mayor, pero sin permitir que éste acaparase todo su tiempo y disfrute. ¿Qué hacía Teodoro?, muy simple, le llamaba la víspera de volverse a Laredo, dedicándole solo unas horas del último día de su estancia en Madrid.

Nunca negó la dificultad que le suponía relacionarse con su hermano, de hecho ironizaba mucho sobre este asunto y lo hacía abiertamente incluso delante de su sobrino carnal, es decir, mi padre. En una ocasión riéndose me dijo: “hijo, tendrás que disculparme, pero es que mi hermano es insoportable”. Conociendo a Teodoro y su forma de entender la vida, yo le comprendía perfectamente. Eran como el día y la noche.

Con su hermana, la tía Rosario, mi madrina –otra persona absolutamente excepcional- Teodoro tenía una relación infinitamente más cordial. Entre ellos dos siempre hubo mucha más sintonía, de hecho, Rosario fue otro espíritu libre y ejemplar, sobre todo, si se tiene en cuenta el nivel de independencia que obtuvo tratándose de su época y siendo mujer. Por eso no me extrañó nada cuando vi al tío Teodoro llorar –la única vez- en el entierro de su querida hermana, la más pequeña de los tres.

JUNTO A LA SANTINA DE COVADONGA (algunos con auténtica cara de susto).

 

Algunas tardes quedábamos en ir a buscarle a la salida del trabajo mientras Mariuca,  a su vez, nos esperaba en el Paseo de Pereda sentada en algunas de esas sillas metálicas y de alquiler que se extendían a lo largo de las aceras. Más de una vez nos encontrábamos el taller con el cierre echado a la hora convenida y esto era porque antes de salir, se daba un duchazo todas las tardes. Siempre me llamó la atención como aquel hombre que trabajaba manchándose de grasa y sudando, de pronto se nos presentaba como un San Luis oliendo a colonia fresca y con una impecable sencillez. El único gel que él consumió en su vida fue el jabón Lagarto. Jamás vi a mi tío una uña negra.

Hay algo que nunca podré olvidar por lo que de conmovedor tiene para mi. Todos los años me llamaron para felicitarme el día de mi cumpleaños. Al igual hacían con mis hermanas, mis padres, mis primos…….. Teodoro siempre me decía lo mismo: “Ignaciete, muchas felicidades, que sepas que te he enviado una estampita……”. Un día o dos después recibía por correo un billete de cien pesetas. Era su humilde y certero regalo, probablemente, el más honorable que año tras año recibí.

Mariuca llenó el tiempo en la Residencia de Laredo haciendo patucos y vistiendo a sus muñecas. Falleció unos años antes que Teodoro. La última vez que vi a mi tío fue en agosto de 1994. Mis padres muchos veranos pasaron sus vacaciones en la ciudad de las tres notas musicales desde que los tios se habían trasladado allí. Fui un día a verles, también se encontraba mi hermana Mercedes y aproveché para disfrutar de mi tío abuelo. A pesar de que su estado anunciaba el final, el humor le seguía acompañando. Me despedí de él sabiendo que era la última vez. Un año después nos dejó para siempre.

Teodoro y Mariuca fueron personas sencillas y de gran dignidad, gente noble y auténtica. Formaron parte de eso que llamamos “pueblo”, pero nunca se posicionaron en la avanzadilla de la reivindicación  ni en nada que oliera a conciencia de clase. En ningún momento les escuché hablar de política o pronunciar discursos salvadores. A lo sumo, les vi defenderse cuerpo a cuerpo y cara a cara, cuando la vileza amenazó el devenir de sus vidas. Se conformaron con salvarse a si mismos, convencidos como estaban, de que en la distancia corta, en el ámbito más próximo, en el respeto a todos, en el vivir y el dejar vivir y en las “pequeñas” cosas, es donde se encuentraba la verdadera liberación.

Hay otra frase que le escuché al tío Teodoro más de una vez y que también se hace extensible a la tía Mariuca. Son cinco palabras que definen sus personalidades a la perfección. Siempre que por alguna razón, mientras se charlaba, surgía  cierta tensión, tristeza o malestar en alguno de los contertulios, él, con aquel gracejo que le acompañó hasta el último instante, decía: “bueno…., mejor, hablemos de amor”.

Imposible olvidarles.


CUARTILLA EN LA QUE DE SU PUÑO Y LETRA MI TÍO TEODORO TENÍA APUNTADAS LAS FECHAS DE NACIMIENTO DE TODA SU FAMILIA Y A LA QUE CONSULTABA TODOS LOS MESES. “CUMPLEAÑOS DE TODOS……”.  YO SOY EL SEXTO. PARA MI ES UN TESORO.

HABLANDOLE A EDUARDO

He de confesarte que llegué a creerme que lo de irse era algo que no formaba parte de ti. Sin embargo, esta vez lo has hecho y me cuesta asumirlo, Edu. Como no podía ser de otra manera, nos has dejado en una de esas fechas imposibles de olvidar, cosa que tampoco me sorprende. Nada mejor que haberte ido en un 11M para que tu partida vaya asociada a un día imborrable.…. Al fin y al cabo siempre te gustó dejar las cosas muy bien atadas.

La otra tarde, cuando llegaste en ese coche lleno de flores quise hacerme el fuerte sin mirar a Pepa. Con esto pretendía mantener el tipo aún sabiendo que se emocionaría en cuanto aparecieras, pero dio igual, no hizo falta que ella me contagiara. Cuando vi a Arturo con esa transparencia que le caracteriza sentí un profundo dolor. Nadie mejor que tú lo sabe Edu, él es la personificación de la bondad, lo transmite por sus cuatro costados, solo que esta vez, además, aunque con una serenidad digna de aprehenderse, estaba desecho.

¿A que no sabes lo que le dijo el sacerdote a Arturo?, pues le dijo que debías ser un persona muy querida porque no era normal ver a tanta gente en una ceremonia de incineración. Es que éramos muchos, Edu. Había tanta gente de pie como sentada en la capilla.

No me siento bien, amigo. Tengo la sensación de haberte ignorado demasiado. La última vez que hablé contigo por teléfono fue hace cuatro años y no os hemos visto desde el día que os casasteis. He perdido la cuenta…, ¿diez, doce años …?.  Está fatal, Edu. Se que no debo funcionar así. El caso es que me he acordado muchísimas veces de ti, pero lo voy dejando, lo voy dejando y…. Al final, no me despido como debería de personas como tú. No eres el único. Ya me ha pasado con más gente, sin ir más lejos, el 11M del año pasado. Pero no modifico…….

Se que tú no le das importancia a eso y que en ningún momento has pensado mal de nosotros, pero también se que habrías recibido una gran alegría si te hubiéramos dado una sorpresa. En fin, creo que nos salva la buena pasta de la que estás hecho y, por otro lado, pienso que de nada sirve lamentarse a estas alturas.

Pues si Edu, a pesar del tiempo transcurrido, yo a ti te quiero. Bueno, y Pepa ni te cuento. Hay personas que a uno le dejan huella y tú eres de esas. Haberte encontrado es una suerte por muchísimas razones, pero sobre todo, por lo aparte y auténtico que eres. Si hay algo de lo que nadie podrá acusarte es de haber sido un ser anodino. ¿Tú te has dado cuenta de que estábamos abocados a conocernos?. ¿Que durante un tiempo nos fuimos siguiendo los pasos hasta que Pepa nos presentó?.

¡Qué recuerdos….!!. ¡Eras imposible!. ¿Como me iba yo a imaginar que el tío que me guiñaba el ojo con sonrisa lasciva, o me mostraba la lengua cuando muchas tardes se cruzaba conmigo en la Avenida de Vinateros a finales de los ochenta era amigo de mi íntima amiga?. Resultó ser además que éramos vecinos y que nos separaban dos manzanas en el Moratalaz más viejo. Yo siempre salía del metro y tú entrabas. La verdad es que era verte y me echaba a temblar aunque en el fondo me hacías gracia. Una tarde al llegar a mi altura lo oí con absoluta claridad…, con tu sonrisa de vicio me dijiste: “Chulaaazo”. Me quedé muerto. Toda la timidez e intimidad que a mi me sobraban, a ti te faltaban.

¿Sabes otra cosa, Edu?, nunca me generaste mal rollo. Te temía, pero aquellas “manifestaciones” tuyas no me molestaban. Luego entendí que eran consustanciales a ti. Después de estos episodios, siempre me hacía las mismas preguntas: “¿pero este tío no se corta?, ¿a este tío no le habrán dado nunca un hostión?”.

Otro momentazo de nota, fue el que protagonizaste en la misma época dentro del metro. Esta vez sucedió en la línea la 1. Venía yo de ver a unas amigas y al abrirse las puertas del vagón en Puente de Vallecas, casi me da un pasmo. ¿Quién hizo su entrada como Atila?, tú. “No me puedo creer que este tío esté aquí”, pensé. Y cómo no, allá que emprendiste tus pasos hacia mi aún a pesar de que había asientos vacíos por un tubo. Una vez más tu mirada sonriente e intimidatoria…. Te sentaste enfrente y me hiciste un buen repaso de arriba abajo… Yo creo que decías cosas, pero afortunadamente gracias al ensordecedor ruido de aquellas tartanas, no pude oírte.

Estaba poniéndome nervioso cuando en otra estación del recorrido entró un chico que con camiseta y pantalón deportivos lucía bíceps, triceps y gemelos. Si te hubieran puesto un cohete en el culo, no hubieras saltado antes. Pusiste una mueca digna de foto y saliste escopetado a sentarte a su lado. Volví a escuchar según te levantabas el consabido “chulaaazo” -esta vez el convoy aún estaba parado- y yo no daba crédito. Allá que te fuiste. En esta ocasión no te pusiste enfrente sino bien pegado a él y mirándole como si te hubieras encontrado un lingote de oro en plena posguerra. Yo observaba atónito cada una de tus recaladas y hasta temí que el chaval te partiera la cara. Según salió del vagón, lógicamente, te levantaste y le seguiste…..

Al mudarme a Manuel Becerra, te perdí de vista una larga temporada y, viviendo aquí, fue cuando un día Pepa me llamó para decirme que contaba conmigo para un nuevo proyecto empresarial. Ella ya me había hablado del secretario que había contratado, de su peculiaridad y de cómo le había conocido. A los pocos días de mi cumpleaños quedé con ella y con Victoria en la oficina y tras pulsar el timbre, me quedé no muerto, sino “rematao”. El perseguidor de “chulaaazos” me habría la puerta porque él y no otro, era el famoso secretario. Claro, ella también te había hablado de mi, por lo que cuando me viste se te mudó “la color” –que se dice- y por tu tartamudeo nervioso entendí que esta vez, era yo quien te intimidaba. A pesar de todo ello, nos saludamos con una naturalidad bastante bien fingida y tras preguntarme si yo era Nacho me acompañaste a su despacho como un perfecto maestro de ceremonias.

Estábamos hablando de la nueva empresa las dos socias, Luis Miguel y yo, cuando apareciste en la habitación desplegando esa simpatía con la que te hacías querer. Pepa nos presentó formalmente y me resaltó tus grandes dotes profesionales. Tú te derretiste del gusto y nos ofreciste un café con pastas que todos aceptamos de buen grado. Sentí que necesitabas observarme y romper el hielo. Al cabo de unos meses, hablando de aquel momento, me lo reconociste. También pude percibir en aquel primer día, el ambiente de amistad y el cariño con que todos te trataban. Aquella mañana, después de la reunión, nos fuimos a la provincia de Segovia para que yo pudiera conocer La Posada de Sigueruelo, el lugar que había inspirado la creación de “Gentes de Bien”, la nueva empresa. Cuando salíamos de la oficina, recuerdo que me preguntaste desde tu mesa, mientras nos estrechábamos la mano, si íbamos a ser compañeros de trabajo, a lo que yo te respondí, que no lo tenía muy claro, pero que era probable. En cuanto nos subimos al coche le conté a Pepa las razones por las que te conocía y ella se reía sin parar. No le extrañó nada de lo que le conté. “Ya le irás conociendo, es la bomba, pero es un tío de puta madre”, me dijo. No se equivocaba en nada.

Eduardo, estoy convencido de que lo mejor que te pudo suceder en tu vida profesional fue que Luismi, tu compañero de instituto y hoy  mi cuñado, te presentara a Pepa cuando ella necesitó un encuestador. Eras tan bueno tanto por la calidad como por la cantidad de tus entrevistas, que ella se vio obligada a supervisarte más que a ningún otro. Costaba creérselo. La respuesta de los encuestados siempre era la misma. Eras un encuestador muy serio, educado y profesional que convertías esta experiencia en un placer.  Ser entrevistado por ti, era como hablar en confianza con alguien cercano. Sencillamente, eras el mejor porque estabas dotado de un talento especial para ello. Hacías de la encuesta algo tuyo.

Por eso, pasado el tiempo, ella te recomendó a aquella empresa –de cuyo nombre mejor ni acordarse- para la que trabajaba temporalmente como freelance y en la que muy pronto fuiste tan bien valorado, querido y respetado, especialmente, por quien era la jefa de campo, convirtiéndote en su brazo derecho y en un amigo incondicional hasta el último día, tu querida Salomé. Hubieras hecho una gran carrera en este Instituto de Investigación de no haber sido por que el director que, aun habiéndote ofrecido viajar a Argentina para encargarte de abrir campo allí, cambiase radicalmente de opinión, cuando le informaste con toda la honestidad del mundo, de que no podías asumir aquel viaje porque te estabas tratando del VIH. Este personajillo ignorante, homófobo y sin escrúpulos, no solo prescindió de ti, sino que te expulsó de la empresa.

En 1993 se había estrenado “Philadelphia”. Cuando me enteré de lo que te habían hecho, sentí un gran respeto hacia tu persona. Para mi te convertiste en el protagonista real de aquella película y siempre que la he visto –no pocas veces- he identificado contigo el papel magistralmente interpretado por Thom Hanks. En tu caso era real y la única diferencia con el protagonista, era que tú habías decidido no luchar judicialmente por tus derechos como trabajador, a pesar de los consejos que en esa línea, te había dado Papa.

No hay mal que por bien no venga. Por eso acabaste trabajando como secretario en Research Group. El buen hacer, la seriedad y la entrega te granjearon la fidelidad de un ángel de la guarda, tu otra amiga y antigua jefa, Pepa. Finalmente te reclamaban personas que siempre habían apostado por ti. Victoria,  por ser su socia y, Luis Miguel, por ser su hermano y tu compañero del San Isidro.

Ya trabajando en la nueva empresa,  el 25 de agosto de 1994, me demostraste por primera vez tu valía. Te curraste desinteresadamente el poderme dar una sorpresa que iba a ser decisiva en mi vida. Al mediodía te llamé para que le dijeras a Pepa que habiendo finalizado la prospección de alojamientos en Asturias,  acababa de llegar la pasada noche a Lugo y que cuando quisiera podía venir a Galicia –en eso había quedado con ella- para acompañarme en la selección de los establecimientos de turismo rural de aquella Comunidad.

Pero Nachete, si Pepa llaga a la estación de autobuses de Lugo esta tarde a las 20:00h”, me dijiste –  “¿Cómo?, ¿pero quien te ha dicho a ti que estoy en Lugo?” –  “Uy cari, una que es muy zorra y se entera de todo” –  “A ver, Edu, ¿me estás vacilando?” – “Nachete, que hace cuatro días le dijiste a la Pepa que entre ayer y hoy llegabas allí” – “ya tio, pero pensé que hasta que no os lo confirmara no vendría”.

Para que saliera de dudas, me soltaste el nombre del hostal en donde estaba hospedado. Tenías todo arreglado y los de recepción ya sabían que en caso de que yo no estuviera, ella llegaría preguntando por mi. Te habías puesto a llamar a todos los hoteles de la ciudad, hasta que encontraste aquel en el que yo me alojaba.

Una vez más me dejaste perplejo. Ante mis agradecimientos tú le quitabas importancia a lo que habías hecho: “por la Pepa hago lo que haga falta y, además, os merecéis estar juntos unos días…”. El “chulaaazo” al que le guiñabas el ojo en Vinateros, de pronto se había convertido en un compañero de trabajo con quien te implicabas, incluso, más allá de lo profesional. Supuse que sabías algo de las cartas que ella y yo nos habíamos cruzado, porque percibí tu interés en aquel encuentro: “Oye cari, como ella ya no te puede dar la sorpresa, ¿por qué no se la das tú y vas a buscarla a la estación?”. Estaba claro.

Al día siguiente nos trasladábamos al Pazo de Vilabade y veinticuatro horas después de su llegada, Pepa y yo dábamos fin a quince años de amistad incondicional, iniciando así nuestra relación de pareja. No se si llegué a decírtelo, Edu, pero contribuiste a aquello decisivamente y te estaré toda mi vida agradecido.

Para entonces tu salud ya era bastante delicada. De regreso en Madrid, recuerdo que un día al abrirme la puerta por la mañana te vi muy mala cara. No me dio tiempo a expresarlo, pues te abrazaste a mi llorando y diciéndome que ya no podías más, que no tenías fuerza y que cada día que pasaba te sentías peor. Me entristeció mucho verte así y traté en la medida de lo posible de aliviar tu desolación como pude. Hasta ese momento no había tomado consciencia del esfuerzo titánico que hacías cada jornada y de tu capacidad para ponerle buena cara al mal tiempo. Poco después tuviste que ser hospitalizado.

Fue por esta época cuando Pepa empezó a tramitar tu baja definitiva en la creencia de que tu estado de salud no tenía vuelta atrás. Ibas afrontando diferentes azotes que te sumían en un deterioro físico cada vez más notorio. Hay otra cosa que nunca te dije, Edu: una tarde fui a visitarte a casa y tu situación era preagónica. Estabas con oxígeno, suero y no se cuantas cosas más. Tu voz apenas se oía y en el color de tus ojos ya se percibía el final. Arturo estaba a tu lado asumiendo todo el cuidado que requerías. Me despedí de ti convencido de que era cuestión de horas. Cuando llegué a mi casa llamé a Pepa y haciendo un gran esfuerzo por no quebrarme, se lo comuniqué para que se fuera preparando.

Mientras todo esto sucedía, tú te encontrabas en un puesto avanzado de una lista de espera, la de todos aquellos enfermos que se habían acogido a un nuevo protocolo. Tus ganas de vivir y aquella nueva esperanza te fueron devolviendo a la vida a pesar de un sinfín de altibajos. Saliste del hoyo como un campeón y hasta volviste, si no a trabajar, si a cooperar con tu hermano Popi en su empresa.

En esa etapa en la que subías una pronunciada cuesta hacia arriba, nos dedicaste un día que quedó para la historia en nuestra memoria. Quedamos con vosotros un domingo para comer y luego acercarnos a la Feria del Libro. Como era habitual, Pepa y yo llegamos tarde y tú te cogiste un monumental cabreo. Nos cantaste las cuarenta con toda la razón del mundo a la vez que Pepa ironizaba sobre tu genio. Tu comicidad innata, tus caretos y tus comentarios hacían que aquel cabreo que, en verdad lo era, no nos impusiera el debido respeto. Te fuiste calmando a medida que probabas bocado, aún a pesar de lo que te había costado elegir plato y después de haber olido la comida…. ¡Anda que esa costumbre se las traía….!.

Como me temía no te encontraste con fuerza como para afrontar la polvareda y el calor de junio en El Retiro, por lo que propusiste tumbarnos en el césped  y reposar la comida. Pepa comenzó a darte un masaje para, de alguna forma, poderte resarcir de la “afrenta”. Te quedaste adormilado mientras charlábamos y según te despejaste, mira tú por donde, pasó un mulato mazas por delante de nosotros y casi se te desenrolló la cabeza del cuello por mirarle. El súmmum llegó cuando viste que bajaba las escaleras de los wc públicos y ni corto ni perezoso te levantaste como con un resorte y allá que fuiste…. No dábamos crédito a tu comportamiento y el bueno de Arturo, curado de espanto, se quejaba ironizando sobre ti y hasta riéndose… ¡Como te ha querido Arturo, Edu!. Al cabo de unos minutos, subiste las escaleras con cara de felicidad. La visión de aquel mulato, porque no pudo haber sido más que eso a razón del tiempo transcurrido, te arrancó de golpe el cabreo, el calor y el malestar que la enfermedad te producía.

Tu nueva alegría te transformó por completo y ahora nos querías invitar a vuestra casa, para ver las grabaciones que de todos los Festivales de Eurovisión tenías. Estábamos flipando, no solo por la mutación que habías experimentado, sino porque ignorábamos que fueras un friki. Lo que vivimos en tu casa no se puede expresar con palabras. Ahora, eras una auténtica enciclopedia con patas de la historia de este festival. Te lo sabías absolutamente todo: fechas, sedes, países ganadores, segundos y terceros calificados, puntuaciones, nombres de los cantantes, títulos de las canciones…. Todo esto, con una puesta en escena cómica hasta decir basta. ¡Alucinábamos…..!. Como siempre, Arturo también te secundaba en tu pasión eurovisiva y nosotros, literalmente,  nos meábamos.

Cuando ya no había más Eurovisiones que ver, vinieron las fotos de vuestras fiestas privadas y a pesar de que uno no padece de incontinencia urinaria, estoy seguro de que en algún momento la risa hizo que algo se me escapara, sobre todo, cuando empezamos a verte en más de una instantánea en plan zorrón, embutido en una funda de almohada de noventa, con taconazos y pelucones de destrozona.  Si a mi me dicen al mediodía, que íbamos a acabar congestionados a costa de las carcajadas, hubiera dicho que era imposible de todo punto. Había que tener mucho arte y muchas ganas de vivir, para sobrellevar tu situación de aquella manera.

Seguiste subiendo tu particular calvario y enfrentando diferentes capítulos propios de tu enfermedad, pero siempre salías adelante hasta que un día la noticia que nos distéis nos llenó de alegría…., ¡¡os casábais!!. Eso significaba  que a pesar de todo, tu estado de salud, en alguna medida, se había estabilizado.

Nunca podré olvidar la que liasteis aquella tarde en la Junta Municipal de Vallecas, bueno, ni yo ni nadie. Éramos muchos los que esperábamos con expectación vuestra llegada, cuando un impresionante descapotable rojo con asientos de color blanco en piel  -¿o los colores eran al revés?- aparecía con dos tíos de riguroso esmoquin a bordo. ¡No se podía estar más guapos!. Cuando aquel monstruo paró frente a la entrada de la Junta, os pusisteis en pie y entonces en aquel bólido sonó a todo volumen el YMCA de los Village People. Dentro del coche os pusisteis a bailar y todos los que allí estábamos nos arrancamos con aquel tema que venía que ni pintado por todo lo que simbolizaba. ¿setenta, noventa, cien invitados de toda edad, sexo y condición….?. Todos bailando y paralizando el sentido de subida de la Avda. de la Albufera. Estaba más que claro, ¡esa era la boda de Eduardo y Arturo!!. Mientras, la concejala, creo que del PP, esperaba en el salón. ¡Dios mio, qué impresionante fue aquello que le leíste a Arturo……..y como nos emocionaste a todos!

Luego nos fuimos distanciando, seguramente en la confianza que nos producía el saberte mejorado de salud y felizmente casado. ¿Cuántos años han transcurrido?, ¿doce?, no se, mi memoria me traiciona. A veces teníamos noticias de ti por Luismi y en alguna ocasión hablé contigo, pero lo cierto es que ni tu cáncer de pulmón, del que saliste como un jabato, ni tu posterior tumor cerebral los has podido compartir con nosotros. Este último ha sido el único enemigo que no pudiste vencer y yo se que no ha sido por falta de voluntad y coraje, sino porque tu organismo arrastraba un lastre de toxicidad a costa de las medicaciones, de tal dimensión, que ya no pudo defenderse.

Hay algo que no te voy a perdonar nunca: que te hayas llevado toda tu creación artística para entregársela a Bragui y a Apolo ¿Cómo has podido?. Mira que todos te habremos repetido hasta la extenuación que pasaras a papel o a un disco duro tus maravillosos poemas. No puedo decir que te haya leído porque tú, Edu, has sido uno de los poetas más grandes que yo he escuchado. Todo lo tenías en tu cabeza y no hacías más que dar largas.. “Si, ya lo haré”, pero nunca lo hiciste. Ahora andarás pululando y poniéndote a mil ante anatomías descomunales entre el Panteón Nórdico y el Olimpo. Esas deidades, sin duda, te lo van a agradecer a lo largo de toda la eternidad,  pero los que te hemos conocido estamos muy cabreados. Con esa terquedad tuya has privado a la humanidad de la obra de un genio y eso no se hace, Edu.

Recuerdo la cantidad de ocasiones en que entraste en mi despacho para conversar y contarme tus intimidades más zorronas mientras nos tomábamos un café –que si uno que te habías cruzado en la calle, que si los chulazos del andamio de la vuelta de la esquina- para terminar siempre recitándome algunos de tus magníficos poemas…… Edu, hubo muchos días que escuchándote se me ponía un nudo en la garganta que me impedía expresarte lo mucho que te admiraba. Eras un ejemplo de lo que es un ser humano lleno de vida: talento, creatividad, disparate, profesionalidad, rigor, genialidad, entrega, sufrimiento, lágrimas, risa…….., emoción… y algunos defectos, pero todos llevaderos y, en ti, absolutamente perdonables.

Te has ido y yo solo puedo estar agradecido por haberte conocido. Me imagino que oirías a Arturo el otro día cuando yéndote hacia el crematorio, nos abrazamos y casi me tiene que consolar él a mi: “he sido muy feliz, muy feliz, muy feliz, Nacho. Y esto no ha terminado, esto sigue”. Esas cinco afirmaciones no las voy a olvidar nunca, Edu. ¿Se puede decir algo más grande y más importante?.

Tengo que confesarte otra cosa que tampoco me atreví a decirte. Aquella tarde de la visita…, cundo salí convencido de que nunca más volvería a verte, tuve la osadía de dedicarte unos versos. Nunca tuve tu talento ni tu fundamento. Tu eres un poeta, yo un humilde amante de la poesía. Nunca te los entregué porque me daba mucho apuro que supieras que te había enterrado antes de tiempo. Aunque hayan transcurrido diecinueve años y como ahora disfrutas de una posición privilegiada, ya no me imparta que los conozcas.

 

LLENABAS EL ESPACIO CON TU VIDA

Y LOS QUE TE RODEÁBAMOS,

IMBUIDOS POR LA AMPLITUD DE TU ABARCAR

SABÍAMOS DE TU PENA Y ALEGRÍA.

 

PROVOCABAS TERNURA Y CARCAJADAS

EMITIENDO SENSATEZ Y DISPARATE…

PERSONAJE DE NÍTIDA ESENCIA,

POR TODOS DESEADA.

 

TUS MANOS FLOTABAN EN EL AIRE,

TUS CARAS HABLABAN POR SÍ SOLAS,

TU GESTO CONTUNDENTE IMPRESIONABA

Y, EN MOMENTOS PUNTUALES,

EL SENTIMIENTO DE TU HABLA

CORTABA EL RESPIRAR,

ELEVABA EL ALMA…

Y A VECES, HASTA ME HACÍA LLORAR.

 

AQUEL DECIR DE TU PALABRA…,

CONCENTRADO INTIMISMO VOMITADO

DE HONDURAS DE GRAN BELLEZA…,

¡¡LOS VERSOS DE EDUARDO…!!

 

Y OTRA COSA TE ADMIRÉ:

TU SER SINCERO Y SIN DOBLEZ,

SIENDO EL MISMO EN CADA INSTANTE.

TU ARROJADA VALENTÍA

Y EL VIVIR SIEMPRE A TU AIRE.

 

FUISTE SABIA RENOVADA

Y FUERZA CONTAGIOSA…

PUEDO PRESUMIR AHORA

DE QUE A TU LADO, CADA SEGUNDO,

FUE UNA REALIDAD GOZOSA.

                                                        (25 de febrero de 1997)

 

Solo te pido una cosa, por lo que más quieras, escóndelo y no se lo enseñes a los dioses de la poesía. Mientras tanto disfruta a tu manera todo lo que puedas y cuando te aburras, échanos un vistazo a los de aquí.

Tengo muchas ganas de verte y pocas prisas. No hace falta que te diga que en este asunto nunca se sabe. Yo te voy a recordar siempre y con mucho cariño mientras esté por estos lares. Te aseguro que hasta que me ponga en viaje, te llevaré en mi corazón y en mi mente. Te lo digo de verdad.

¡¡Un besazo enorme, amigo y compañero!!.

Sin palabras

 

D. MODESTO CLARÍN IGLESIAS, TODO UN EJEMPLO.

Don Modesto era un hombre muy respetado en el barrio. Representaba para sus vecinos lo que se entiende por una persona de orden y de conducta intachables. Además, dentro de su entorno más próximo, pertenecía a una élite social e intelectual, por lo que para muchos, era un referente.

Vivir en aquel céntrico y trabajador distrito madrileño a principios de los 70, era como vivir en un pueblo en el que casi todo el mundo se conocía. Ser profesor y director de uno de los colegios del barrio suponía todo un hecho diferencial que le situaba al mismo nivel que el farmacéutico, el párroco y los pocos profesionales liberales o artesanos de reconocido prestigio que allí residían.

Locuaz, buen conversador, atento y correctísimo en todos los aspectos visibles, D. Modesto Clarín, era parada obligatoria cuando los padres de los alumnos se lo cruzaban en la calle o al finalizar la misa dominical en el propio colegio. Hombre de profundas convicciones religiosas que comulgaba con gran devoción y recogimiento, escuchaba misa desde su silla con reclinatorio en un lugar preferente junto al altar. Observarle desde los bancos de la iglesia producía en todos los presentes más respeto si cabe. Solo un hombre piadoso podía mostrarse así. Muchos feligreses lo comentaban…., “daba gusto ver a un hombre tan devoto de su fe católica y saber, además, que era el responsable de la educación de sus hijos”.

Esta convicción tan solo era cuestionada por algunos padres –cuatro o cinco a lo sumo- que aseguraban saber de muy buena tinta, que el director era un ex jesuita que como muchos otros, después de haber sido formado en la orden, había abandonado los hábitos. Jamás se supo si esta afirmación era verdadera, pero lo cierto es que semejante tesis, reafirmaba en la mayoría el convencimiento de que se trataba de un gran cristiano así como esposo y padre de familia, por consiguiente, de un hombre esencialmente bueno. Una persona como el Sr. Clarín, garantizaba la educación de los pequeños y era el perfecto custodio de los valores tradicionales. En definitiva y, esto era lo más importante, daba seguridad y confianza a unos padres que lo único que deseaban era que sus herederos, el día de mañana, fueran hombres de grandes valores.

Será por casualidad o, más bien, porque el destino es movido por hilos invisibles a los que el hombre no sabe manipular, la tarde de un sábado, dos alumnos recibieron una información gratuita que, por no buscada, les dejó atónitos. Estos dos muchachos eran Antonio Valle de trece años e Iván Neila que andaba por los catorce recién cumplidos. Fue en un aula del colegio y tras finalizar una clase de matemáticas que un profesor en prácticas les había ofrecido generosamente, a causa de la dificultad que ambos tenían para afrontar las ecuaciones de segundo grado. Aquel día ellos dos y D. Heliodoro De la Rosa –así se llamaba este profesor- eran junto con el portero, las únicas personas que había en el colegio. Como el aprendizaje no les llevó más de hora y media, decidieron aprovechar lo que quedaba de tarde en amigable conversación.

De la Rosa era uno de los profesores más jóvenes del centro, por lo que los alumnos le mostraban cierta confianza. Además, la peculiaridad del docente respecto a sus formas, maneras e, incluso, sus vestimentas, suscitaba en todos ellos una ironía cómplice. A pesar de todo, era un maestro que no solía caer mal y que hacía gracia.

Iván y Antonio comenzaron a recordar anécdotas y situaciones pasadas provocando las risas de D. Helio. Al cabo de un rato, la conversación había desembocado en los muchos defectos y las pocas virtudes del profesorado…. Fue entonces cuando Iván manifestó abiertamente su animadversión por D. Modesto Clarín comparándolo con D. Ismael Hueso, el profesor más respetable que, según él, había en el colegio.

IVAN. No me negaréis que Hueso es el mejor profesor de todos y que con él se aprende un montón. Es verdad que impone mucho respeto y que con una mirada te fulmina, pero jamás le he visto pegar a nadie, ni humillar, ni insultar a los alumnos. Igualito que Clarín…, ¡anda que no es cabrón ese tío!.

ANTONIO. Sí, si yo estoy de acuerdo contigo, Neila… Otros se llevan la fama, pero éste a la chita callando….

I. Por cierto, estamos yéndonos de la lengua y no nos damos cuenta de que tenemos un espía

PROFESOR. Tranquilos, que yo no os conozco de nada, pero eso si, os ruego que midáis vuestras palabras…. No insultéis por favor.

I. ¿Estabas tú cuando lo de Juan Carlos Serrano?

A. Si, claro que estaba, se pasó muchísimo

I. Bueno, a mí me hace eso y te juro que ese tío se la carga. Desde entonces le he cogido un asco que no le puedo ni ver.

A. Es un hipócrita de mierda, tanta misa y tanto comulgar y……

De pronto los dos alumnos miraron al profesor y se silenciaron, temerosos como estaban, de estarle revelando unos sentimientos que pudieran acarrearles alguna consecuencia no deseada.

P. A ver, chicos, no os preocupéis. ¡Por favor, insisto, las palabras…!. Yo afortunadamente no lo vi, pero lógicamente estoy informado. Con respeto podéis expresar lo que os parezca, que a mi también me interesa saber lo que piensan los alumnos de este hecho. Imagino que no debió ser plato de gusto para todos los que estabais allí y, mucho menos, justo antes de comenzar un examen de fin de curso

A. Entonces, ¿podemos hablar del tema con libertad?

P. Sin ningún temor, Valle. Creo que ya me vais conociendo y si hay alguien indignado por cosas como esta, ese soy yo. ¡Ah!, y que conste que así estamos muchos profesores. Podéis estar tranquilos que yo, ver, oír y callar. Lo que no me ha quedado claro es si el chaval hizo o dijo algo que sacase a Clarín de sus casillas

I. Pero D. Helio, es que aunque hubiera sido así….

P. No, no, por supuesto. No quiero decir que eso lo justificase. Lo pregunto porque me parece increíble que un profesor se ensañe así con un alumno, sin más

I. Sin más. Yo le tenía a mi izquierda al otro lado del pasillo. Serrano ni habló, ni nada. A lo mejor hizo algún gesto o le pilló despistado. Clarín estaba repartiendo las hojas de examen con diferentes preguntas para cada fila y de repente empezó a gritarle diciéndole “¿y tú en que piensas?, ¡eh!, ¿en que piensas?”. “Te he hecho una pregunta, ¡habla!”

A. Serrano le miraba sin decir nada y con cara de no entender. Fue entonces cuando empezó a darle golpes en el hombro y como no le respondía el director se encolerizaba cada vez más. Hasta soltaba escupitajos por la boca. Serrano seguía sin hablar y se ponía cada vez más rojo

I. Claro, de la vergüenza que estaba pasando delante de todos. El chaval se cubría la cabeza y fue entonces cuando esa mala bestia le agarró por el brazo lo levantó y se lió a puñetazos con él hasta que Serrano se tiró al suelo y, ahí, le empezó a patear

P. ¡Dios mío, pobre chico!

I. Yo lo pasé fatal. Nos teníamos que haber levantado para defenderle. Fuimos todos unos cobardes.

A. Si, yo me puse muy nervioso y me acojoné..

P. A ver chicos, no es cuestión de fustigaros. No sois culpables, aquí solo hay un culpable.

I. Y hacer una cosa así justo antes de empezar un examen de fin de curso……. Estuve un rato bloqueado, no podía concentrarme.

P. Y el chaval, ¿qué hacía?

A. No se si lloraba o no, estuvo todo el examen con la mano apoyada en la frente tapándose la cara.

I. Si, no se le veía la cara y no hizo el examen.

P. Como para hacerlo…., ¡qué barbaridad!.

I. Todo esto es muy injusto. Ese tío se va de rositas y a Serrano sus padres le han sacado del colegio.

A. Y todos callados como putas.

P. Chicos, yo lo único que os puedo decir es que el resto de los profesores le han presentado una queja y me consta que, en concreto, el Sr. Hueso, tuvo una bronca muy fuerte con él y que le llegó a amenazar. Yo desgraciadamente estoy en prácticas y soy el que menos pinta. Aún así, también le he hecho llegar mi queja.

I. ¿No ves como Hueso es un tío de puta madre?.

P. La verdad es que es un tío de una pieza.

A. Pero, ¿no se puede hacer nada para quitar a ese tío de en medio?.

P. Esto no es París ni Londres. Esto es Madrid y, aquí, la gente como Clarín tiene mucho poder. ¿Quién va a echar a un director?, ¿el inspector….?, No me lo creo.

I. Yo no me he atrevido ni a decírselo a mis padres.

A. Anda, ni yo tampoco.

P. ¿No veis?, eso es por el poder que tiene. Pero se lo deberíais contar. Estas cosas cuanto más se sepan mucho mejor, que la unión hace la fuerza.

A. Es verdad, si es que estamos gilipollas, esta misma tarde se lo cuento a mis padres.

I. Yo también. Además, si lo ocultamos le estaremos haciendo un favor a él.

P. Exacto, le estaréis encubriendo.

I. Eso es lo que más me jode, con perdón, que con la buena opinión que tiene todo el mundo de él y…..

A. Por eso hay que contarlo. Que se sepa lo cabrón que es.

P. ¿Podéis dejar de insultar?. Está desquiciado. Se ha metido en un gran follón y le acercas una cerilla encendida y explota. Por eso lo de Serrano fue que la tenía que pagar con alguien y le tocó a ese pobre chico. Cualquier día vamos a salir en El Caso y, me callo, que estoy hablando demasiado.

Los dos alumnos dejaron de hablar por un instante al escuchar las últimas palabras pronunciadas por el profesor en prácticas. No eran tontos y sabían que Heliodoro De la Rosa acababa de insinuar algo que ellos ignoraban. Iván, que estaba dotado de un sexto sentido a la hora de intuir, como él mismo decía, “donde había chicha”, interpeló al profesor para que siguiera contando. Helio, en un principio, no quiso tirar más leña al fuego. Había tenido un desliz imperdonable que podía ocasionar un efecto devastador en su futura carrera e, incluso, perjudicar a los chicos.

Ante la insistencia de los dos, pero fundamentalmente de Neila, el joven maestro no sabía que decir para evitar tener que relatar lo que era ya un secreto a voces. El muchacho a costa de acosar con su pertinaz insistencia y llevado por el ambiente de confidencialidad que se había creado, sin pensarlo y queriendo hacer una gracia, puso la mano en la llaga. “Cualquiera diría que esté metido en un lío de faldas”.

No hizo falta más. El sobresalto en la cara del maestro y su enmudecimiento, denunciaban el hecho. La tensión se cortaba en el aire y el profesor quiso morirse cuando la voz de Antonio Valle, que hasta ese momento había mostrado mucha más cautela, sonó como una sentencia: “¿Que está liado con una….?”.

P. Yo no he dicho eso.

A. No, claro, lo he dicho yo.

I. Ya no tienes escapatoria, De la Rosa.

P. No puedo decir nada más. Chicos, vamos a dejarlo como está. Espero que todo quede entre estas cuatro paredes porque si no, se puede liar una muy gorda.

I. Nosotros vamos a ser una tumba, puedes estar seguro, pero deberías contarnos lo que sabes.

A. Si ese tío comulga delante de todos los padres, da palizas a los alumnos y estando casado se lo monta con otra, debería saberse.

P. Eso forma parte de su vida privada.

I. ¿De su vida privada…….?. Y sus rezos, sus comuniones y sus letanías, ¿de su vida pública, no?

P. No da palizas a los alumnos, que yo sepa a un alumno.

A. Ahora eres tú quien le encubre.

P. No puedo más, necesito salir y respirar aire, me estoy asfixiando.

I. De la Rosa, si no lo cuentas, nos vas a dejar con la necesidad de saberlo y al final nos vamos a enterar…

P. Está bien, pero, por favor, lo único que os pido es que mi nombre no salga a relucir.

I. Trato hecho, te lo juro. Jamás diremos de quien partió la información.

A. Yo también lo juro.

El profesor, llevado por su fe en los dos muchachos, por la necesidad de aclarar lo que ya no tenía solución y por hacer pública la injusticia cometida a terceros inocentes, conocida por muchos profesores, pero mantenida en secreto, comenzó a desembuchar………..

El respetadísimo y admiradísimo Sr. Clarín, el mejor ejemplo del barrio, el transmisor de los valores cristianos, el perfecto esposo y padre de familia….., llevaba meses manteniendo relaciones sexuales con una mujer viuda y que, a su vez, trabajaba como personal de limpieza en el colegio. Bastante más joven que él, tenía dos hijos de su matrimonio que estuvieron estudiando en el centro hasta que el director decidió apartarlos, no fuera a ser, que acabaran descubriendo lo que su madre y él se traían entre manos.

Los hermanos Soler fueron trasladados a un centro escolar a más de trescientos kilómetros de Madrid. Se trataba de tener vía libre sin moros en la costa que pudieran desbaratarlo todo. A pesar de esto, D. Modesto Clarín Iglesias tuvo algún que otro error de cálculo….

Había días que para evitar ser descubiertos, los apasionados amantes se citaban a una hora determinada y a oscuras, en un descansillo de la escalera de servicio, apenas transitada. El infortunio quiso que uno de esos días, quien bajase no fuera la madre de los Soler, sino una compañera suya. Él, convencido de que su presa acudía al encuentro, se abalanzó sobre la pobre mujer que sintió como dos garfios -que no manos- ebrios de lujuria atrapaban su cuerpo. El escándalo fue sonoro. Los gritos de la señora y los golpes para deshacerse del sujeto en cuestión se oyeron en todo un ala del colegio que, afortunadamente, a esas horas estaba libre de estudiantes y  casi de profesores. Lógicamente le amenazó con denunciarle, pero nunca se supo si realmente lo hizo o su forma de vengarse fue mucho más práctica. Al no haber encendido la luz, tampoco se supo con certeza, si era una costumbre en ella -cosa bastante poco probable- o lo que pretendía era descubrir al director por conocer de antes tan pecaminosa relación.

En otra ocasión, la esposa de D. Modesto, enterada de la infidelidad de su marido –se especulaba sobre la fuente de su información- se presentó en el colegio, con la intención de pillar a su marido en faena y ponerle en evidencia ante todos. Aquel segundo escándalo fue mitigado en la medida de lo posible por D. Ismael Hueso, que saliendo al quite, pudo convencer a la enajenada esposa de que retardara la hecatombe que se proponía. Ella se había presentado cinco minutos antes de las seis de la tarde, hora de salida de los alumnos y cuando, lógicamente, mayor concentración de padres había. Al mismo tiempo, el director se encontraba encerrado en su despacho con la amante. Parece ser que una vez despejado el terreno, la Sra. De Clarín, en un ataque imparable de celos y desesperación la emprendió a mamporros con la puerta del despacho, sin conseguir que los dos “pecadores” abrieran, a pesar de sus gritos y desafíos. Ante semejante espectáculo, tuvieron que acudir otros profesores, consiguiendo disuadirla, no sin esfuerzo, para que volviera a su casa y una vez allí, intentara poner solución al motivo de sus desvelos. Es muy posible que alguien avisara a aquella mujer de lo que estaba haciendo su marido en tiempo real…. Entre el domicilio de Los Clarín y el colegio, había a lo sumo y, a paso lento, tres minutos andando.

Cuando Helio De la Rosa terminó de relatar a los dos muchachos aquella historia, éstos sin salir de su asombro, apenas pudieron reaccionar. Aquello superaba con creces la mala imagen que del director tenían ambos. Nunca hubieran imaginado que además de ser un agresivo y un maltratador incapaz de controlar su ira, era un adúltero descerebrado que no tenía ningún reparo en aliviar su encoñamiento dentro del colegio que él capitaneaba y con una trabajadora del mismo. Lo de haber enviado a los hijos fuera de Madrid, les pareció de una vileza propia de un ser despreciable. El mayor de los hermanos, aunque por edad iba un curso por detrás, había departido y jugado en más de una ocasión con ellos en las horas de recreo. La realidad, como en tantas ocasiones, superaba la ficción. Estaban perplejos……

P. Bueno…, pues ya he cometido la locura… Que sea lo que Dios quiera.

I. No se ni qué decir… Menuda historia.

A. Es que cuesta creerlo.

P. Por eso os pido que a partir de ahora esto no salga de aquí. La solución no está en ninguno de nosotros. Toda prudencia es poca.

I. Tranquilo, de verdad, no te vamos a delatar.

A. Pero… ¿esa mujer?

P. Supongo que estará cegada por él. Es joven, se ha quedado viuda….., no tiene en quien apoyarse….., en fin…, prefiero no juzgarla. Ha debido sufrir mucho.

I. Pero son sus hijos…

P. Ya, pero tampoco sabemos lo que es mejor para ellos. Quien sabe, a lo mejor lo único que quiere es protegerlos.

A. ¿A ellos o a él?

P. Por lo poco que la conozco, creo que es una buena mujer que está atrapada en una pasión que no puede controlar. Me imagino que esto no durará mucho y que acabará mal.

I. ¡Joder…, con lo feo que es el tío!

A. Ya ves…., feo y viejo….., será que hace un trabajito fino.

P. Bueno chicos, vamos a dejar el tema, que veo que todavía vais a hacer chistes y la cosa es super seria.

Iván y Antonio se despidieron del profesor con la sensación de ser poseedores de una información secreta y de gran importancia. De entre todos los alumnos, de pronto, ellos eran los únicos que conocían en profundidad los trapos sucios y las miserias del venerado director.

Se fueron a sus casas en un estado de shock tal, que durante días no pudieron dejar de pensar en lo que habían escuchado. Fue tal el impacto y el compromiso adquirido con De la Rosa, que no volvieron a hablar del tema ni siquiera entre ellos. Eran demasiado jóvenes y, al mismo tiempo, lo suficientemente adultos, como para guardar herméticamente aquella confidencia.

Iván Neila, si se lo proponía, podía ver pasar desde el balcón de su casa a D. Modesto camino del colegio, pues vivían en la misma calle. Un día estaba asomado cuando vio al director y con lo que presenció, fue suficiente para creer sin fisuras lo que Helio le había contado. Según iba avanzando, cada pocos pasos D. Modesto se volvía para cerciorarse de que su esposa no le vigilaba desde las ventanas de su casa. Fue un movimiento repetido cinco veces. Estaba tan obsesionado en no ser descubierto por su mujer, que no se percató de que un alumno lo estaba haciendo por ella. El último giro lo realizó frente a la puerta de servicio –siempre cerrada- que daba acceso a la escalera del pecado. Sin dejar de mirar hacia su domicilio, sacó una llave del bolsillo de su pantalón y abrió.

Es lo que tiene estar pendiente, se descubre lo que pasa desapercibido cuando la mente piensa en otras cosas. Inmediatamente el alumno recordó la cantidad de veces que había visto al Sr. Clarín entrar, como todo el mundo, por la puerta principal, lo que le llevó a pensar que esta nueva forma de acceder al colegio, era  poco discreta y prudente ante la mirada observadora.

Neila y Valle abandonaron el centro un año después para cursar el bachillerato en el Instituto del barrio, sin saber en que situación quedaba aquella historia, pero lo cierto es que no la transmitieron a sus familias hasta pasados unos años. La madre de Iván, conocedora ya de los hechos, llegó un día a casa informándole de que en la peluquería, una vecina, le había sacado el tema.

Al parecer, algunas familias acabaron enterándose y como era de prever, la madre de los hermanos Soler no tuvo más remedio que irse del colegio. Por otro lado, Clarín y su esposa se debatieron en una ruptura irreconciliable durante mucho tiempo, aunque de cara a la galería, aparecieran como un matrimonio felizmente avenido.

Un día Iván, con 39 años cumplidos, se encontraba en una calle próxima a su antiguo domicilio, esperando a que un semáforo se pusiera en verde. Al atravesar la calzada se fijó en una pareja de viejecitos que a paso lento –casi arrastrando los pies- intentaban apurar el tiempo para que no se les cerrase el disco. Según fue acercándose a ellos, descubrió con asombro a D. Modesto y a su esposa que caminaban cogidos del brazo con una vulnerabilidad que producía compasión. Sus cuerpos se habían reducido considerablemente, estaban mucho más delgados y, en concreto a él, la gabardina le sobraba por todas partes. Ni siquiera se planteó un saludo a quien había sido su profesor y director, pues aquel sobresalto no despertó en Iván un impulso afectivo. En cuanto pudo y, a pesar de ello, se volvió y sintió tristeza al observar la dificultad con la que subieron a la otra acera. Realmente se movían apuntalándose el uno al otro y necesitándose.

Iván Neila les siguió con la mirada hasta que desaparecieron mientras le afloraban todos los recuerdos. Tuvo la sensación de que aquel matrimonio se había reconciliado de verdad y, ante la duda, lo deseó de corazón. Lo que veía o creía ver era el vivo retrato de dos ancianos que se amaban.

Durante aquella jornada el antiguo alumno no dejó de pensar en D. Modesto. Lo que hasta entonces era un sentimiento de rechazo hacia él, de pronto había mutado en aflicción y en una clara predisposición a entenderle.

Pensaba Iván, entre otras cosas, que el arrepentimiento verdadero forzosamente ha de sustentarse en una naturaleza noble y, por ello, siempre es digno de reconocimiento. Que la debilidad y la pasión al formar parte de la condición humana, aún dañando a terceros, nos obliga a comprenderlas aunque no se compartan. Al fin y al cabo, lo único que había diferenciado al Sr. Clarín de muchos en parecida situación, era su obstinada necesidad de mostrarse ante los demás como un hombre virtuoso y de moral cristiana. Por ello, mientras otros hubieran sido simplemente infieles a sus cónyuges, el viejo director era a la par que infiel, un hipócrita ante la sociedad.

Tras estas reflexiones y ya en su casa, decidió ponerse a escribir en su diario: “…….el empeño en dar una “buena imagen”; la necesidad de arrodillarse en un reclinatorio, misal en mano y comulgando a la vista de todos; el impartir lecciones de moral católica y buen comportamiento a diestro y siniestro; el juicio permanente al “fallo” ajeno; el señalar con dedo amenazante lo que se considera “inadmisible” o el acusar de pecador a quien entiende la vida de forma distinta….., traen como consecuencia para quien así ejerce, convertirse en un ser abyecto cuando el comportamiento incoherente ¬–que es lo verdaderamente humano- aflora en su vida. La contradicción, la incongruencia y la locura, más tarde o más temprano, hacen acto de presencia y no hay cosa más repugnante a los ojos de los demás, que descubrir “el pecado” en quien pretende ocultar una doble, triple, o cuádruple vida….. Si el Sr. Clarín hubiera sido un espíritu más libre, los que descubrieron el capítulo más oscuro de su vida, le habrían juzgado con bastante menos dureza……”.

En otro apartado del escrito se leía la siguiente frase: “Cuanta tristeza me produce, caer en la cuenta de que la persona de la que dependió mi formación en la infancia, fue alguien atrapado en tantos miedos. Un profesor jamás puede tener la mente cerrada porque su misión más importante consiste en abrir las mentes de sus alumnos”.

El recuerdo de Juan Carlos Serrano, siempre perduró entre todos sus compañeros, sobre todo, en aquellos que fueron testigos de la demencial agresión que sufrió de manos del protagonista de este relato. Tras aquel suceso, Serrano no volvió al colegio. Se supo que sus padres poco después cerraron el pequeño negocio que regentaban e, Iván, nunca volvió a encontrarse con él a pesar de ser vecinos.

Al margen de lo condenable que fue el incidente, rememorar a Juan Carlos siempre supuso para Iván un plus de melancolía. En párvulos se hicieron muy amigos y seguro que esta fue la razón por la que la primera felicitación de Navidad que recibió Iván Neila en su vida, fuera la de su leal compañero. Un sábado próximo a las fiestas sonó el timbre de su casa y cuando abrió la puerta no había nadie en el descansillo. Se oían, eso si, pasos que corrían en dirección a la calle. Aunque se asomó a la barandilla de la escalera, no pudo saber de quien se trataba. La madre que estaba detrás, vio que junto al felpudo habían dejado un sobre dirigido a su hijo. Cuando Iván lo abrió, apareció un Christma que mostraba una botella de leche en cuyo interior se encontraba el Misterio. El negocio familiar de los Serrano era una lechería. Durante muchos años Iván guardó con celo aquel presente entre sus objetos más valiosos. Para él, representaba el primer reconocimiento, siendo niño, de un amigo suyo.

Ya en la madurez, con la implantación de las redes sociales, Iván se puso a buscar como loco a su compañero del colegio. De todos los que encontró con su mismo nombre eligió a uno que también había estudiado en el mismo instituto y que por la foto del perfil, podría tener similitud con él. El supuesto Juan Carlos Serrano, a los dos días, aceptó la petición de amistad. Fue entonces cuando Iván se dio a conocer hablándole del colegio pero, aquel, no respondió nunca. A pesar de ello, de tanto en tanto, ha vuelto a meterse en su página y según van apareciendo nuevas fotografías, cada vez se convence más de que, efectivamente, se trata de su amigo de la infancia

Iván siempre se hace las mismas preguntas: ¿será que no quiere afrontar su paso por el colegio…..?, ¿será que el recuerdo de aquel maltrato sufrido ante la mirada de sus compañeros, le impide relacionarse con ellos, al cabo de los años?, ¿será que, sencillamente, su amistad está aparcada de por vida?, ¿será que no es él?, ¿será que no tiene ningún interés…..?.

Por otro lado y, con la perspectiva del tiempo transcurrido, lo único que le une a D. Modesto Clarín Iglesias es un recuerdo respetuoso y sin carga juiciosa. Después de todo aquello, a Iván Neila le quedó demasiado claro que dedicarse  a actuar de cara a la galería, además de no tener ningún sentido, es una pérdida de tiempo que requiere de demasiada energía puesta en conseguir, lo que es imposible. Somos lo que somos y, como decía Serrat,………………….

…………………………“Cuéntale a tu corazón que existe siempre una razón escondida en cada gesto. Del derecho y del revés, uno solo es lo que es y anda siempre con lo puesto. Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

ASÍ LLEGUÉ A AMAR LA MÚSICA

¿Cinco, seis años…..?. Por ahí andaría yo cuando un buen día apareció ante mis ojos en la pantalla de aquel primitivo armatoste, la imagen de un caballero muy elegante que movía con su mano derecha un palito, al tiempo que hacía gestos muy raros con la cara -a veces hasta cerraba sus ojos- y un grupo de señores sentados frente a él, todos ellos muy serios, tocaban instrumentos musicales, algunos de los cuales, eran tan grandes o más que mi televisor.

Nunca había visto una cosa así y esa música no me sonaba de nada, pero aquellas personas tan raras, debieron impactarme mucho, porque me quedé mirando y escuchando durante un buen rato. Llegué a pensar que el hombre del palito bailaba porque le gustaba mucho esa música, aunque su forma de hacerlo era muy rara……

– Mamá ¿este señor qué hace?
es un director de orquesta dirigiendo
– ¿qué es una orquesta?
un grupo de músicos que tocan a la vez
-¿los tienen que dirigir?
si, para que toquen mejor
– Pero, ¿ellos tocan mal?
no, tocan bien, lo que pasa es que el director hace que la música suene mejor
– ¿el director toca mejor que ellos?
no es que toque mejor, es que ha estudiado para saber dirigir
– ¿y les manda con el palo?
si, les manda un poco con el palo, se llama batuta
– ba….. ¿qué….?
Ba – tu – ta
– ¿batuta?, ah……!

Con lo que vi y con la explicación de mi madre, que miraba la pantalla mientras movía las agujas de hacer punto a toda velocidad, fue suficiente. Tuve la sensación de que aquello era algo muy importante, demasiado importante. El director y su orquesta se me quedaron adormecidos en la memoria, hasta que un año después, en el colegio, pasé junto a mis compañeros por una prueba de voz. Aquello se nos presentó como un juego y sin previo aviso, por lo que la naturalidad y la espontaneidad fueron las que determinaron, no ya el estado anímico, sino la voz de cada uno. Ojalá todas la pruebas a las que uno tiene que someterse en la vida, fueran así……


Entrada de mi colegio. Institución del Divino Maestro

D. José María, el que sería durante unos años el director del coro, nos reunió por grupos en un aula donde había un viejo y desvencijado armonio cuyos pedales chirriaban más de lo que sonaban sus válvulas. Nos hizo aprender una melodía muy fácil que con la sílaba “la”, íbamos cantando de uno en uno. Después de hacerlo, nos invitó a salir diciéndome que aguardara un momento.

¿Cómo te llamas?
– me llamo Ignacio
muy bien Ignacio, cánteme lo que te parezca
– ¿que cante una canción?, no se…..
si que sabes, seguro
– no me acuerdo de ninguna
pues venga, vamos a hacer memoria, yo te ayudo
– bueno
¿te sabes esta?
– no muy bien
y ¿esta otra?
– si, pero no se lo que dice
Ignacio, no hace falta que sepas la letra, si conoces la melodía con que cantes diciendo la,la,la, es suficiente. A ver esta, yo creo que esta si te la vas a saber…, escúchame, “la… la…la….”
Yo seguí acompañando al profesor cantando con un “la, la, la” quella canción que él a su vez tocaba, hasta que en un momento calló y ante mi duda, me animó a que siguiera. Me mantuve cantando unos segundos y de pronto dejó de sonar el armonio. Era el “Yesterday” de Los Beatles.

¡Muy bien, Ignacio!, ¡cantas fenomenal!, ¡tienes una voz muy bonita!!, ¡me gusta mucho!!
– ¿si?, gracias
dime una cosa, ¿te gustaría cantar con más compañeros del colegio?
– bueno…, si
es que verás, necesito más voces para el coro, ¿sabes qué es un coro?
– no muy bien
pues lo que te he dicho antes, un grupo de personas que cantan juntas
– ¿como las orquestas?
bueno, parecido pero sin instrumentos
– y ¿usted nos va a dirigir?
si, yo os dirigiré
-¿con la cosa esa que llevan en la mano que es como un palo?
no, esos son los directores de orquesta que dirigen con batuta y no todos
– si, eso, batuta
Yo os dirigiré con la cabeza mientras toco el armonio
– ¿eso se llama armonio?
así es, se llama armonio o harmonium, pero para nosotros armonio. En la capilla hay otro mucho mejor que este.
– ah, vale.


Armonio.

Sus últimas palabras me parecieron muy extrañas y según volvía a clase, me puse a imaginar como se podría dirigir a un coro con la cabeza sin encontrar la respuesta que me lo aclarara. Este pensamiento me tuvo absorto hasta que asistí al primer ensayo y, he de confesar, que me decepcionó bastante. A razón de lo que le había visto hacer al director de la batuta, pensé que el del coro tendría que mover la cabeza con mucha más velocidad y hasta brusquedad, pero lo que me encontré fueron unos leves movimientos con mirada incorporada, que marcaban las entradas de las voces. Esta forma de dirigir, definitivamente, me resultó bastante sosa.

Aun así, ensayar en el coro me divertía y se me hacia corto. De forma sencilla y, casi sin darnos cuenta, en el escenario de la capilla-teatro del colegio, los niños cantores íbamos interiorizando diferentes villancicos en la hora del recreo. Don José María llevaba razón, aquel armonio, era infinitamente mejor que el del aula de párvulos. Tenía una mayor resonancia y pronto me fui familiarizando con aquellos sonidos que producían un efecto elevador y muy placentero en mi ánimo. Me quedaba extasiado mirando las manos del músico y director sobre el teclado. Según lo recuerdo, las estoy viendo.

“Bueno, chicos, estoy muy contento con vosotros. Os habéis aprendido las canciones antes de lo que yo esperaba. Pero el Adeste Fideles no lo vamos a cantar como hasta ahora. La primera parte la cantaréis todos, la segunda uno solo acompañado por el resto, que de forma muy bajita entonaréis la música con la letra “u”. En la tercera volverá a entrar todo el coro”.

Dicho lo cual, señaló con el dedo índice de izquierda a derecha a todos los cantores que rodeábamos el instrumento, hasta que de pronto se detuvo en mi. “Tú vas a ser el solista, Ignacio”. No tuve tiempo de ponerme nervioso. Fue decirlo y comenzar a ensayarlo como él quería. Mi parte salió mucho mejor de lo que yo hubiera imaginado. En el transcurso de los meses fue dándome solos en más villancicos y en diferentes canciones para las misas que se celebraban todos los domingos a las diez de la mañana. Pero lo cierto, es que a partir de aquellas navidades, me convertí sin quererlo en el niño del Adeste Fideles.

Imaginaba yo entonces que los cantores éramos meros acompañantes de los actores, aquellos compañeros que todos los años representaban la obra de teatro de Navidad y que, lógicamente, tenían todo el protagonismo del evento. Por eso me sorprendía que al terminar la función, muchas madres y algunos padres, vinieran a felicitarme. Confieso que aquello me subía el ego y me hacía sentir muy bien. Al finalizar una ceremonia de Primera Comunión -otro de los acontecimientos en los que el coro tenía que lucirse- una señora me besó, dándome las gracias, con los ojos llenos de lágrimas contagiándome su emoción. Aquellas situaciones, sin que yo fuera demasiado consciente, me estaban mostrando un aspecto de la vida que yo desconocía. El hecho de cantar podía producir en quienes escuchaban un estado de ánimo y unas sensaciones muy agradables y hasta deseadas. Al cabo de los años, pude entender de lo que se trataba: si esto sucedía, era porque el arte y, especialmente la música, es para muchas personas, una necesidad de primer orden, una fuente de felicidad, una cantera de conocimiento, una forma de entender la existencia, una fuerza que energetiza……….

Hubo un año en que la ceremonia de Primera Comunión del colegio iba a coincidir en fecha con la de mi hermana Mercedes, por lo que me vi obligado a comunicárselo al director del coro. Al día siguiente, D José María me expresó con absoluta claridad, la importancia de mi participación, así como la imposibilidad de afrontar el repertorio si yo faltaba.  Por esta misma razón, mis padres recibieron una llamada telefónica con la intención de persuadirles de que el coro, ese día, no podía prescindir de mi. Ellos así lo entendieron y cuando aquella tarde llegué a casa, me convencieron de que no debía preocuparme. Había una diferencia de una hora entre el inicio de una celebración y otra. Eso significaba que en cuanto terminase la de mi colegio, tenía que salir corriendo en dirección a la de mi hermana. La finalización de una y el inicio de la otra coincidirían más o menos a la misma hora. En veinte minutos podría llegar a la comunión de mi hermana y, si nada se retrasaba, estaría a tiempo de verla comulgar. Así fue.

Gracias a esta situación, que yo viví como estresante y en cierto modo, injusta, aprendí también que lo que me traía entre manos, como niño cantor, era mucho más que un juego divertido. Entendí que años atrás, al decirle a D. José María “si quiero”, estaba aceptado una responsabilidad para con el colegio y su imagen. La vida me estaba enseñando que cantar bien -nada que ver con entonar notas- era algo que merecía la pena.


Fachada del Teatro de la Zarzuela.

Por aquel entonces, mis padres junto a unos amigos me llevaron una noche al Teatro de la Zarzuela a ver El Rey que Rabió de Ruperto Chapí. Esta vez, todo lo que había experimentado cantando se me reafirmó con absoluta rotundidad. Fue una noche verdaderamente mágica a la vez que divertida. Nunca había estado en un teatro ni tan bonito ni tan cargado de historia. Siempre agradeceré a Ernesto y a mi padre lo que me fueron contando camino del viejo Coliseo de la calle de Jovellanos, pues consiguieron despertar en mi una fascinación que, dentro del recinto, nada hizo desmerecer. Al atravesar sus puertas, sentí que aquel teatro al igual que lo que iba a presenciar eran verdaderamente importantes. Fue una sensación similar a la que se tiene cuando se entra en una gran catedral o en un gran museo pero con mucha más energía. Mi vocabulario todavía tenía muchas limitaciones, pero hoy no dudo al definir esa sensación. Aquella noche y de la mano de mis padres, entré en un lugar sagrado y, por consiguiente, de culto.

Unos minutos antes del comienzo ocupamos un palco y respiré ese ambiente tan único y tan gregario de los amantes del teatro lírico. Vi como muchas personas se conocían, se saludaban, se reían, bromeaban y, a pesar del creciente murmullo que se apoderaba de la herradura, llegaron a mis oídos comentarios sobre los cantantes o sobre el director musical o el de escena y, como no, sobre la crítica del ABC. Mis ojos y mis oídos no daban abasto….. La araña que colgaba del techo, la tapicería de terciopelo granate de las butacas, el oro viejo de los artesonados en los palcos y proscenio…….. Aquello, además de ser nuevo, ejercía auténtico magnetismo en mi.

Los músicos llevaban un rato afinando cuando de pronto se apagaron las luces y el foso quedó iluminado por los apliques de los atriles. Una gran ovación acompañó la salida del director de orquesta que tras saludar al público con marcadas inclinaciones de cabeza -así es como había imaginado dirigir al director de mi coro- alzó la batuta. Todos los recuerdos se me vinieron encima. ¡¡Por fin, un director con palito…!! y, esta vez, en vivo.

El Rey que Rabió, una de esas zarzuelas del genero grande no exenta de comicidad, ironía y crítica al poder -España lleva así toda la vida- me maravilló. Cuando el Coro de los Doctores apareció en escena, me reí abiertamente por lo que decía su letra y ante aquella forma de actuar de los cantantes, con unas gesticulaciones llenas de comicidad y exageración. En este momento descubrí que lo que hacíamos en el cole, podía aunarse, que no era necesario que actores y cantantes trabajaran por separado en un mismo espectáculo. Lo que yo tenía ante mis ojos y mis oídos, eran personas capaces de cantar mientras actuaban. Me pareció un trabajo muy complicado y en ese instante intuí que el teatro lírico era una manifestación artística que fusionaba varias disciplinas, todas ellas de igual relevancia.


Interior del Teatro de la Zarzuela.

Terminada la función, mi cabeza no paraba de rememorar las imágenes de lo que acababa de descubrir. Me sentía muy feliz y la zarzuela había irrumpido en mi vida con la virulencia de la seducción. Mis padres, así como Ernesto y Mari Loli, amantes del género, fueron los más perfectos custodios a la hora de presentarme un tesoro hasta entonces fuera de mi alcance y de mi conocimiento.

Pasada la media noche y cenándome un sándwich que me supo a gloria, en el Hontanares de la calle Sevilla, escuchaba a mis mayores comentar sobre lo que habíamos visto, mientras se debatían entre las risas que suscitaban las escenas más jocosas y sus sensaciones sobre los cantantes, vestuario o decorados. Me preguntaba en silencio, si yo algún día podría saber de zarzuela tanto como ellos….

Desde mi óptica de adulto, he de decir que aquellas personas, sin ser unos eruditos y sin tener conocimientos musicales, analizaban con un criterio y un fundamento que hoy, muchos no tienen. Cuántas veces he asistido a la zarzuela, al teatro, al cine, a la ópera…., acompañado de personas mucho más “formadas” que ellos, a las que no he podido arrancar nada que supusiera, no ya una crítica, sino una sencilla impresión, una idea o un posicionamiento ante lo que habían visto. El “si, esta muy bien” o el haberse quedado con lo más insignificante, lo he escuchado tantas veces, que me produce urticaria. Creo no equivocarme si afirmo que mis padres y sus amigos, en aquella época, no eran una excepción…………………………………..

No estaría de más preguntarse sobre qué le está ocurriendo a una sociedad que teniendo un acceso al arte, a la cultura, a la formación y a la información infinitamente superiores a la que tuvieron las generaciones anteriores, se maneja por la vida con tan poca hondura y con tanta zafiedad… ¿Cuál es la razón por la que la superficie suele sustituir al fondo…..?. ¿Por qué se llama arte a lo que no lo es….?. ¿Qué nos lleva a adorar lo banal y a huir de lo trascendente….?. ¿A santo de qué la imagen y la moda impuesta se han convertido en cartas de presentación obviando el contenido….?. ¿Por qué la mediocridad campea a sus anchas, mientras que la nobleza, el valor y la verdad en la creación artística son despreciadas…..?

Hay que padecer de mucha desnutrición mental para extasiarse ante una performance consistente en que una señora pinta de color negro y a brocha el sexo de un caballero desnudo, mientras ella, a su vez, tararea una cancioncilla con voz de cazallera. Llamarle a esto arte y decir que es innovador, es un insulto a la inteligencia, sobre todo, cuando a escasos metros de distancia, en un teatro de Madrid, una actriz como la copa de un pino, una diosa de la escena, llámese Lola Herrera, por ejemplo, lleva meses interpretando a diario una obra maestra de Delibes titulada “Cinco Horas con Mario”. La misma enfermedad deben sufrir los miles de individuos que guardan turno para asistir a algunos de esos “musicales” de temáticas absolutamente triviales que desde lo escénico, lo musical o lo vocal, nada aportan. Nunca el chundachunda, a través de megafonía, en muchos casos con música y voces pregrabadas y, en donde el pinganillo, es el protagonista de lo que sucede en escena, podrá ser arte. Cabrá llamarlo espectáculo, pero es mucha la honestidad que le falta para elevarlo de categoría, esa que no le es ajena, ni al teatro musical autóctono, ni a la ópera.

Por muy bien que canten, por mucho que nos los calcen a capón o que llenen recintos multitudinarios, esos jóvenes que aspiran a alcanzar el éxito fácil y rápido a través de fórmulas televisivas al servicio de los índices de audiencia y entregando su talento –por supuesto muchos lo tienen- a la tiranía de la industria discográfica más indecente, jamás podrán situarse en el plano de los cantantes-artistas. Si así fuera, ¿qué serían Bowie, Mercury, Sinatra, el mismo Nino Bravo o Edith Piaf…………, cuando lo que éstos han aportado desde el punto de vista de la creación es infinitamente superior e incomparable……?.

No se puede aceptar que una línea recta que atraviesa un lienzo blanco en diagonal de vértice a vértice, sea una obra de arte y, mucho menos, que semejante pedo, requiera de un texto adicional para convencernos de su genialidad…, ¡ahí es nada!. Si esto es arte, ¿con qué palabra debemos definir a Las Meninas, al Guernica o al Cristo de San Juan de la Cruz?. Cómo van a ser lo mismo que Serrat, Sabina o Cortez, esa caterva de niñatos que con voz lánguida, clónica o enronquecida a costa de apretar con lo que no se debe, se erigen en cantautores de versillos pueriles…..

Ante semejante confusión, ante la invasión del todo vale, ante la incapacidad para entender que el arte ha de aspirar a ser mucho más que un mero entretenimiento, ante la falta de escrúpulos que hace creer a muchos que se le puede dar el mismo tratamiento que a cualquier producto o que la industria ligada a la creación ha de ser como la fabricación en serie, uno no puede dejar de agradecer que existan manifestaciones artísticas catalogadas como de “minorías”. No es verdad que lo sean, pero mientras los que se mecen en la mediocridad, la masificación, la obtención de dinero fácil y la barbarie, lo proclamen para obtener adeptos, a muchos nos estarán haciendo un gran favor. Benditos Jazz, Flamenco, Opera, Zarzuela, Rock, Pop, Indie, Étnico, Teatro, Literatura, Poesía, Pintura, Musical……….., pero sólo si están llenos de verdad, de calidad, de esfuerzo, de búsqueda de la perfección, de novedad, de riesgo, de enseñanza, de emoción, de trascendencia…….

Podría seguir enumerando, aunque no creo que sea necesario. Sé que no estoy solo en mi forma de pensar y que los que militamos desde este lado, ni somos políticamente correctos, ni del agrado de muchos, sobre todo, de aquellos que se definen como artistas o creadores sin serlo. Entiendo que guste la mortadela, de hecho, está muy buena, pero empacharse con ella a costa de despreciar y/o ignorar los embutidos ibéricos, es algo que no tiene nombre. Luego vendrán los demagogos a decirnos que no todo el mundo puede pagar….. Otra falsedad… Desgraciadamente quien no puede pagar, no puede pagar nada…. Desde luego, no es el precio razonable ni barato lo que caracteriza al seudo-arte.

¡¡Qué grande les viene a muchos la excelencia!!!!

………………………………………………………Después de aquella noche, seguí cantando en mi querido coro con el convencimiento de que mi director, mis compañeros y yo hacíamos algo importante. Algo que movía los sentimientos y que activaba las sensaciones de quienes nos escuchaban, si no de todos, al menos de muchos.

La voz me fue cambiando y agravándose según fui creciendo y a eso de los doce años, tuve que abandonar, con mucha pena, aquel grupo infantil y humano de voces blancas, del que tanto había recibido. Recuerdo el abrazo que me dio D. José María y las palabras de cariño, agradecimiento, reconocimiento y respeto que me brindó ante todos. Me hice el fuerte como pude, pero al abandonar la capilla, camino del aula, un nudo en la garganta me asfixiaba. Decidí esconderme en los wc y allí me desahogué llorando a discreción. Fue la primera vez que sentí el peso de la edad.

Poco más o menos después de dos años, se constituyó en el colegio otro coro a tres voces dirigido por D. Inocencio, el profesor que impartía las asignaturas de letras. Éste era un mañico algo terco que se propuso sacar oro de las piedras y no lo consiguió. En esta agrupación, formada exclusivamente por los miembros de un curso, se abordaban otro tipo de canciones, podríamos decir paganas, desde una sardana hasta una nana, pero lo cierto, es que aunque me divertía, nunca sentí el apego, ni emanó de mí el cariño que me unía al coro de niños. Que yo recuerde, no llegamos a dar ningún concierto, por lo que deduzco, que aquel experimento había surgido por capricho del profesor y, desde luego, con muy poco interés por parte de mis compañeros que, además, casi en su totalidad, cantaban por obligación y no por devoción. Grave error, lo que nace sin predisposición, es muy difícil que llegue a buen puerto.


La Plaza Porticada de Santander.

Mi segundo gran impacto musical lo recibí en mi amada Santander y gracias a mi tío-abuelo, Teodoro, una de las personas más entrañables de la familia paterna, que siempre nos llevó en su corazón, aún a pesar de vivir desde los dieciséis años, alejado de su familia, en la capital cántabra. Fue tal su forma de empatizar con aquella tierra, desde que llegó a trabajar, que pronto se convirtió en alguien muy querido. Gozaba de la simpatía de muchos y su alta sociabilidad le reportó a lo largo de la vida, grandes amistades de todo tipo y condición. Amigos suyos podían ser desde gentes sencillas -así era él- a personas de la alta sociedad o que ostentaban poder. Por esta razón, a menudo disponía de invitaciones para muchos de los espectáculos de los entonces llamados Festivales de España, que se celebraban en la Plaza Porticada. El mismo lugar en que el legendario Ataulfo Argenta -castreño de pro y genio incuestionable que difundió la música a través de la radio como nadie hasta entonces- en 1953, dirigiera a la Orquesta Nacional de España, las nueve sinfonías de Beethoven durante ocho días consecutivos. Es de nobleza reconocer el trabajo divulgativo de su hijo Fernando, que durante años y, en televisión, consiguió que niños y adultos sintieran la música divirtiéndose. Generosa, a la vez que difícil tarea…. Pero, de casta le venía al galgo……..

Una mañana, mientras disfrutábamos en la playa de la Magdalena, apareció el tío para darse un baño con nosotros y me invitó a que esa noche le acompañara a un concierto porque a su mujer -la tía Mariuca- no le apetecía mucho ir. Me faltó tiempo para decirle que sí y aunque no supo avanzarme lo que íbamos a escuchar, me comentó que se trataba de una orquesta extranjera.

Poco antes de las 22:00 horas, el tío y yo -mi madre siempre le llamó Teodorín- entrábamos en la Plaza Porticada para escuchar música de Mozart. El programa, un bombón de los que hoy no se suelen ofrecer, las sinfonías 40 y 41. Los intérpretes, La Orquesta de Cámara de Viena, nada más y nada menos.

Disfruté una barbaridad. Aquella agrupación sonaba a gloria y la música del genio de Salzburgo, que yo apenas conocía, me pareció bella, alegre, vital, solemne, profunda y sutil. En una palabra, exquisita. Durante todo el concierto estuve recordando a aquel director que de pequeño había visto en la tele y me invadió la necesidad de agradecerle aunque solo fuera mentalmente, lo que había despertado en mí. Con el tiempo averigüé que se trataba del desaparecido maestro leonés Odón Alonso y supe que aquellas imágenes y lo que ahora se mostraba ante mis sentidos estaban directamente ligados. Igualmente me vinieron los recuerdos de mis años como niño cantor, de mis compañeros del coro, de mi querido director, del Rey que Rabió……. Odón Alonso, resultó ser cliente de mi padre. Que cosas tiene la vida…., me encantaba saber que los frac que vestía al dirigir y que tan bien le sentaban, estaban hechos por él….


Odón Alonso. Durante muchos años codirector titular de la Orquesta de RTVE.

A la salida, mi familia y la tía Mariuca, nos estaban esperando en una de las terrazas del Paseo de Pereda. Ante las preguntas de todos ellos, lo único que supe contestar es que me había encantado. Estaba flotando en una nube y sabía que este concierto no había sido fortuito en mi vida.

Aquella noche, ya en la cama, compartía mi felicidad con la almohada cuando afloró otro pensamiento que me hizo reír antes de despedirme de tan maravilloso día: de nuevo, la frustración ante la ausencia de batuta. La orquesta vienesa había sido dirigida por el concertino, es decir, marcando éste las entradas con la cabeza y, en ocasiones, con el arco de su violín. Vamos, igual que D. José María.

De vuelta en Madrid y afrontando el BUP, ya en el instituto, cada vez que disponía de algo de dinero, me lo gastaba en la compra de discos y pronto descubrí que no todos los compositores, ni directores me llegaban con la misma intensidad. Mi primera adquisición fue de piano y contenía una selección de nocturnos y mazurcas de Chopin, lo escuché hasta la extenuación. Fue entonces cuando por mediación de un amigo de mi hermana Milagros, me enteré de que en el Teatro Real, con un carné musical para estudiantes, se podía asistir a los conciertos de las orquestas Nacional y Sinfónica de RTVE por muy poco dinero. Exactamente 25 ptas los de la primera y 10 ptas los de la segunda. Me informé de cómo tramitarlos y en menos de un mes lo conseguí. En realidad, era una especie de libreta con cupones numerados y cada uno de ellos correspondía a un concierto de temporada. Para obtener las entradas, tan solo había que presentarse en taquilla con los cupones y te cortaban el correspondiente a cada día, canjeándolo por una localidad de estudiante. Gracias a este invento, pude asistir a infinidad de conciertos de pie y apoyado en el vano de unos grandes ventanales que permitían ver como mucho la mitad del escenario y en el mejor de los casos, al director. También existían butacas a tres niveles de altura, pero si uno se sentaba se perdía toda la visibilidad. Aunque éramos pocos los que asistíamos a este reducto del gran coliseo, pronto aprendí que aquellos ventanales estaban muy solicitados -cabíamos cuatro personas en cada uno- por lo que para conseguir buena posición, había que llegar pronto y quedarse en el lugar que se iba a ocupar o dejar el programa de mano o cualquier objeto que aclarara a los que vinieran detrás, que ese espacio ya estaba adjudicado. Tras la restauración del Real, las localidades de estudiantes, se han convertido en dos salas reservadas a las personas que llegando tarde, desean ver la ópera hasta el descanso a través de un monitor. Es lo que se esconde tras un tabique de rejilla metálica que se levanta detrás de la tercera fila de cada tribuna lateral, en el quinto piso.


Fachada trasera del Teatro Real cuando era sala de conciertos.

La primera vez que pisé el Real, fue un viernes. Tras salir del instituto a las seis de la tarde, me encaminé hacia el teatro sabiendo que en una hora comenzaba el concierto de la Orquesta Nacional, del que yo no sabía absolutamente nada. Los diez minutos de trayecto no estuvieron exentos ni de incertidumbre ni de miedo. Iba solo y como a escondidas -tan solo había informado a mi familia- y tenía la sensación de estar haciendo algo, no malo, pero si extraño o, cuanto menos, fuera de lo habitual para un chico de mi edad. No lo había compartido con nadie porque me daba vergüenza hacerlo. Si hubiera ido al fútbol o al baloncesto, se hubieran enterado todos mis compañeros y amigos pero, entre ellos, no conocía a nadie que tuviera inquietud por la música “clásica”. Al llegar a la Plaza de Oriente las puertas aún estaban cerradas, así que me di un pequeño paseo por la zona y al volver observé a muchas personas que se amontonaban en la entrada. Me sorprendieron la media de edad, pues todos ellos eran como mis padres o más mayores y el despliegue de elegancia, de joyas y de coches con chofer….. Pasadas unas semanas supe que el público de los viernes era el más recalcitrante y conservador.

Esto me influyó más, si cabe, acrecentando mis miedos e inseguridades. Creía ser observado por todos ellos -obviamente, no era así- y estaba demasiado desubicado. Di cinco o seis vueltas al edificio a paso rápido y sin atreverme a entrar. Me sentía muy pequeño ante todo aquello y afloraron temores a causa de mi desconocimiento, de mi escasa formación musical, ante el tipo de público que se concentraba aumentando en cada vuelta y ante el lujo del que hacían gala…. Decidí, por fin, situarme en una de las filas de “aficionados” que en la puerta principal esperaban turno para acceder. Cuando entregué mi entrada, el portero, uniformado con un frac lleno de entorchados dorados y con cara de sargento, me dijo que me había equivocado de puerta y que mi acceso era por el lateral de la calle Felipe V. En ese instante me fundí y pidiendo perdón, retrocedí abochornado y como pude entre las personas que se agolpaban para entrar. Al salir del peristilo tuve la sensación de estar liberado…, al menos tenía algo claro: ya sabía por dónde no debía entrar al ser un estudiante sin recursos. En el acceso para “pobres” había muy poca gente y aunque este portero lucía las mismas galas que su compañero, me ofreció una amplia sonrisa indicándome que tenía que subir al quinto piso. Ascendí peldaño tras peldaño por una escalera señorial adornada en sus descansillos con consolas Isabelinas, espejos imponentes, relojes de bronce y jarrones de Sevres de diferentes estilos. Una vez arriba, descubrí que el esfuerzo me lo podía haber ahorrado gracias a un ascensor que no había visto, pero aquella escalera con barandilla de bronce, me había mostrado que los del “servicio”, también podíamos disfrutar de cierto ambiente decorativo que, si bien era sobrio, no por ello dejaba de ser elegante.


Así era el edificio al que yo di vueltas en mi primer concierto.

Una vez en el piso, me topé con un simpático acomodador, igualmente entorchado -con el tiempo nos hicimos amigos- que me llevó a la zona reservada a los estudiantes. Busqué en el bolsillo del pantalón y cuando le ofrecí algo de calderilla me paró en seco, “muchas gracias, pero ni hablar. Es una vergüenza que los chavales como tú, tengáis que pagar”. Le agradecí sus palabras y le seguí con la mirada mientras se alejaba hacia el pasillo exterior bajando por una escalerilla. Cada paso que daba, sonaba a metal… Sus bolsillos estaban repletos de propinas.

Cuando me di la vuelta, el impacto fue brutal. Aquel teatro era verdaderamente monumental, enorme, mucho más que el de La Zarzuela. Imponía, ya lo creo que imponía…. La altura a la que me encontraba producía vértigo. A mi izquierda aquel escenario gigantesco y majestuoso con todas las sillas y las partituras de la orquesta colocados en diferentes alturas…, el podium del director…. A mi derecha se alzaba el anfiteatro, ese que hoy ha recuperado el nombre con que fue bautizado por los madrileños del siglo XIX: “El Paraíso”. Quince filas de butacas en ascenso. Si la primera de ellas arrancaba en el quinto piso -justo donde yo estaba- el que tuviera su localidad en la fila quince, ¿hasta qué planta debería subir?..

Allá donde ponía mis ojos, descubría algo nuevo y sorprendente. La sala se iba llenando y pronto distinguí la disparidad de públicos. El patio de butacas, la platea y el entresuelo eran de una ranciedad difícil de imaginar desde la óptica de hoy. Visones, astracanes, zorros, perlas, brillantes cuyos destellos, al reflejo de la luz, llegaban hasta mi…. Corbatas y trajes azules y negros por doquier. Al cabo de los meses fui informado de que la corbata era obligatoria para todo el que entrase por la Plaza de Oriente, por lo que caí en la cuenta de que aunque no me hubiera confundido de puerta en mi primer día, tampoco habría podido entrar. Aquellas gentes se manejaban como si estuvieran en sus casas. No paraban de saludarse formando corrillos entre las butacas y los pasillos y, a menudo, los hombres separados de las mujeres. Nunca hasta esa tarde había visto tanta inclinación de cabeza y tantos besamanos. Me entró la risa cuando descubrí que muchas de ellas se sentaban con los abrigos de piel sobre los hombros y que casi todas llevaban el mismo color de pelo, es decir, teñidas de rubio….. Por oposición, los hombres o no llevaban abrigo, o lo habían dejado en el guardarropa.

Según iba depositando la mirada en los pisos superiores, todo se iba normalizando. Al llegar al anfiteatro la uniformidad brillaba por su ausencia. Aquí la gente era mucho más sencilla y jaleosa. Había más color, más risas, más abrazos y mucha más campechanía. Con el paso del tiempo descubrí que en este entrañable gallinero también había más conocimiento, criterio y sentido musical. No dudo de que en las zonas nobles hubiera melómanos, pero de seguro, que en el anfiteatro del viejo Real, proporcionalmente, había muchísimos más.

Después de haber cotilleado todo lo que se ofrecía ante mis ojos, caí en la cuenta de que había ignorado mi propio espacio. Eché una ojeada y me percaté de que éramos muy pocos, exactamente once y una sola chica. Me reconfortó que todos fuéramos más o menos de la misma edad. Ahora, al menos, estaba acompañado…. Éramos, once “raros”.

Se apagaron las luces y aquella concentración de universos opuestos, enmudeció al unísono. A la vez, el escenario de los Caños del Peral, el más grande de Europa, fue potentemente iluminado. Los profesores de La Nacional ya ocupaban sus puestos y el concertino, en pie, emitió el consabido la. El escándalo sonoro de la afinación invadió al auditorio y, el público, aprovechó el momento para decir lo que no le había dado tiempo, mientras una minoría mandaba callar con el característico “ssss”. Siempre fue así….. Reinando de nuevo el silencio, diríase que sepulcral, apoyado en mi ventana, respiré un compás de espera con tanto respeto que me heló la sangre. Se abrió una puerta a la izquierda del escenario y rompiendo en aplausos hizo acto de presencia un hombre alto, corpulento, rubio, de mucha presencia que, andando con firmeza y decisión subió a la tarima mostrando una gran vitalidad. Hasta ese momento no había mirado el programa de mano. Leí: “Director, Rafael Fruhbeck de Burgos”. No sabía quién era…. Lo recuerdo y se me pone la carne de gallina.


Rafael Frühbeck de Burgos.

A partir de aquel día las tardes de los viernes en el Real se convirtieron en algo sagrado para mí. En mi tercer o cuarto concierto, según guardaba celosamente posición en el ventanal con más visibilidad, aparecieron por sorpresa dos compañeros del instituto, personas a las que acababa de conocer prácticamente, por lo que de pronto dejé de sentirme solo. Aquella coincidencia jamás me la hubiera imaginado. Lo viví como un regalo que me hacía la vida porque, yo, sin haberlo compartido con nadie, de pronto me veía integrado en un grupo de gente con la que además de estudiar, compartía una misma afición. Ahora éramos tres “raros”. Según transcurrieron las semanas se fueron sumando otros de forma espontánea. Estudiar en el Instituto Cardenal Cisneros me ayudó a entender que en el mundo proliferaban los “raros” y que afortunadamente no pasaba nada: José Pinel, Ricardo Moyano (un gran guitarrista y, hoy, profesor en el Conservatorio de Estambul), Antonio Morillas y su hermano (el primero escribía poesía y daba recitales), Pedro Guajardo (maravilloso pianista que estudiaba en el colegio Covadonga y que colaboraba con Antonio) y yo, que viniendo de cantar a lo largo de toda mi infancia, no imaginaba que volvería a hacerlo pasados unos años.

Pronto engarcé con los conciertos de la Sinfónica de RTVE (sábados por la noche y domingos por la tarde). Había veces que de no ir los viernes a los de la Nacional, hacía doblete el sábado, yendo por la tarde a ésta y por la noche a aquella. Entre medias un bocata de calamares y una caña en aquella bodega antigua ya desaparecida de la calle del Arenal, frente al teatro. A partir de mi segunda temporada como leal aficionado y, teniendo en cuenta lo casposo que era el público abonado a la Nacional, comencé a asistir los domingos por la mañana. Este día los precios eran populares lo que me permitía, por un poco más de dinero, comprar localidades más cómodas y con mejor visibilidad. Fue entonces cuando sin ningún temor, me dediqué a expandir mi secreto y a provocar en otros un interés por escuchar música clásica no enlatada. Mi hermana Milagros ya era una compañera asidua y yo tiraba de antiguos y nuevos amigos: Pepe García Arribas, Julio Herrero, Eduardo Martínez Vivancos, Jorge Rodríguez Díez, José Antonio Villabrille, Pepa Barral, Juan Mateo Segura, Juan López Moscardó, Isabel Anaya, Silvia Navas,………. Poder compartir con mis seres queridos aquellos momentos únicos e irrepetibles -esa es la grandeza de la música en vivo- me producía una gran felicidad. Casi sin darme cuenta, el Real se había convertido en mi segunda casa.

Poco a poco dejé de preocuparme si alguna semana no podía comprar entrada. En aquella época el aforo de la única sala de conciertos de Madrid, en gran medida, se regalaba. Además, los abonados del gran anfiteatro, por lo general, donaban las entradas que no iban a utilizar, sobre todo, si quienes las solicitaban momentos antes de comenzar un concierto eran jóvenes de mi edad. En las tres puertas del teatro era típico ver a gente que, llegando con bastante antelación, preguntaban a los que se disponían a acceder al interior, si les sobraban entradas. Así fue como yo puede asistir a infinidad de conciertos -muchas veces acompañado- incluso cuando nos visitaban agrupaciones y directores extranjeros de reconocido prestigio. Hoy, esto sería inconcebible. Hemos cambiado mucho. En aquel tiempo, siendo mucho más pobres, los melómanos no eran capaces de cobrar a un chaval que llevaba los libros de texto en la mano una entrada no aprovechada por sus cónyuges, amigos, hijos……. Muy pocas veces, fuera de taquilla, tuve que pagar el valor de una localidad.

Por si fuera poco y, gracias a aficionados que, lógicamente fui conociendo, me enteré que cuando no había suerte, lo más acertado era dirigirse a la puerta principal diez minutos antes del comienzo. Se trataba de apostarse junto a las cristaleras para que el superintendente del teatro, el Sr. Palacios, te viera desde dentro. Era una práctica cotidiana basada en la adhesión de un hombre que, teniendo la máxima responsabilidad desde el punto de vista de la seguridad, orden y cuidado para que todo funcionara a la perfección, no aceptaba que personas sin recursos o sin posibilidad de entrar, se tuvieran que quedar en la calle, habiendo butacas libres en la sala.

He de decir, que el Sr. Palacios llegó a tener una absoluta complicidad conmigo. Caballero de impecable estampa, expresión seria, refinados modales y calidad humana a prueba de bomba, según aparecíamos nos guiñaba un ojo, o nos hacía un gesto con la mano para que nos apartásemos a un lado y, otro, para que esperásemos. Después de esto, podía recepcionar a la Reina de España y tras besarle la mano y acompañarla al palco, regresar y lanzarnos una sonrisa…. Daba igual cuál fuera el alto rango, que ese día, “dignificara” el recinto. Él lo tenía clarísimo, mientras hubiera una butaca sin dueño, alguien con ganas de disfrutar de la música, la ocuparía.

Un instante antes de salir los directores a escena, preguntaba por radio a los responsables de planta y estos le informaban del número de localidades que había vacías. Para ellos era muy fácil detectar si seguirían desocupadas, sobre todo si pertenecían a abonados, ya que estos, no solían llegar tarde. Era entonces cuando Palacios nos iba dejando pasar diciéndonos a cada uno hacia dónde teníamos que dirigirnos a toda velocidad. Cuando ya no quedaban asientos, también ofrecía a los menos afortunados la posibilidad de ver el concierto a través de unos monitores de circuito cerrado destinados a las personas que llegaban tarde y que se encontraban en el foyer. En este caso se nos dejaba sentar sobre las gruesas y maravillosas alfombras de nudo español que en aquel entonces decoraban el suelo de mármol. Si llegado el descanso, llegaban los propietarios del asiento, los acomodadores nos buscaban otro lugar que bien podía ser de pie donde no se molestara, en una escalerilla o en el espacio para estudiantes si había sitio.

Hoy ya no quedan Señores Palacios. Es más, hoy alguien como él, no podría ejercer su profesión, porque además estaría infringiendo alguna de esas leyes absurdas que han nacido para perjudicar más que para beneficiar. Ante hechos como el que acabo de relatar, siempre me hago las mismas preguntas: ¿dónde están la solidaridad; la generosidad; el sentido de lo que es justo; el impulso de hacer felices a otros; el sentirse bien por tender una mano; el convencimiento de que el arte es patrimonio de todos; el querer ayudar porque si y punto, en muchos de los que sirven a una sociedad y a un sistema que se definen como democráticos?

Aquella España de los años 76, 77 y 78 venía de donde venía. No lo puedo afirmar, pero probablemente, el Sr. Palacios era un hombre puesto por el régimen anterior. Ejerciendo el cargo que ocupaba, sería bastante verosímil. Esta persona, que bien pudiera haber sido un adicto al Movimiento o, simplemente, alguien que velaba por preservar la seguridad, el orden y el “placer” de una burguesía elitista, claramente fascistoide, seudo intelectual, aferrada a los modos de entonces y, en gran medida, complaciente con el sistema político anterior, se mostraba con los más desfavorecidos de la forma que lo hacía. Quiero decir que hoy, el Sr. Palacios, con la que está cayendo en nuestro país, sería un hombre querido, respetado y admirado por esa multitud de melómanos que no pueden permitirse ir a un concierto clásico.


Alfredo Kraus. El Maestro.

Cuando Alfredo Kraus dio su inolvidable y último recital en el Real, ya como teatro de ópera, yo no tenía entradas. Se habían agotado a las dos horas de ponerse a la venta. Mi mujer me propuso ir por si teníamos la suerte de antaño. Una hora antes, estábamos en el peristilo del teatro preguntando si les sobraban a todos aquellos que nos producían un buen pálpito. Tuvimos varias ocasiones de poder comprar, pero las desestimaba porque no encontrábamos a alguien que nos ofreciera dos localidades que estuvieran juntas. Pepa nunca había escuchado a Kraus en directo y yo no estaba dispuesto a que en semejante acontecimiento estuviéramos separados. Finalmente nos quedamos sin poder escuchar al gran tenor, que moriría un año después. Aquella tarde, me acordé sin parar de Palacios, sobre todo, cuando el que representaba a la “élite culta” de los gobernantes del momento y presumía de ser familia de Isaac Albeniz, a la sazón, Presidente de la Comunidad de Madrid, salió para ordenar a los porteros que cerraran porque todos los que “debían estar, estaban”. Me refiero a un tal Gallardón. Éramos unos cuantos los que esperábamos un milagro, pero este sujeto embriagado de poder y encantado de sí mismo -a veces la legitimidad que confiere el voto hace que los elegidos deriven en estas patologías- impidió que pudiéramos disfrutar de aquel concierto en el teatro de ópera de la capital de la “consolidada democracia” española. Cuando vi aquel recital por televisión, pude constatar que había localidades vacías en el patio, platea y entresuelo. Que cada cual saque sus propias conclusiones…………….

Agradeceré infinitamente y siempre, por todo lo que me aportaron, al maestro Odón Alonso, a D. José María, a mis compañeros de la escolanía, a D. Inocencio, a mis padres y a sus amigos Ernesto y Mari Loli, a El Rey que Rabió, a mi tío Teodoro, a la Orquesta de Cámara de Viena, al maestro Fruhbeck, a mis amigos y amigas del Real, a las orquestas y coros Nacional de España y sinfónicos de RTVE, a los aficionados que me regalaron entradas y a los que me las cobraron.

Al Sr. Palacios, muy especialmente, por lo mucho que a cambio de nada me dio, porque gracias a él, pude disfrutar, además, de las mejores orquestas, directores y solistas a nivel mundial.

La música siempre me llegó a través de manos abiertas que pertenecían a corazones bondadosos. Por eso la amo tanto.

LÁSTIMA NO HABER SIDO JOAQUÍN SABINA

 

¡Si!, ¡dígame!

Respondió muy sobresaltada.

Tranquila Mercedes, soy yo, no pasa nada.

¿Estás bien..?, son las tres y media de la mañana.

Si, si, todo bien, es que verás, tengo que sacar dinero de un cajero y resulta que no me acuerdo del número de la tarjeta, es para que me lo des, yo te digo donde está, pero ten cuidado, que no se enteren papá y mamá.

¿Cómo?, ¿donde estás?.

En una cabina. Mira, tengo que coger un taxi para ir a casa de una amiga y me he quedado sin dinero”.

No entiendo nada. ¿Por qué no quieres que se enteren?

Porque se mosquearían por llamar a estas horas para esto. Ve a mi dormitorio y en el cajón de arriba de la cama mueble veras una agenda. Busca en la c y dime el número que aparece en Cándida Mata.

¿Cándida, qué?.

Cándida Mata, por favor, búscalo.

Mi hermana fue a por la agenda, pero como me temía, al instante volvió para decirme que no la encontraba.

Por lo que más quieras, encuéntrala, está allí seguro, es de color negro y está muy vieja, revuelve el cajón.

Te tiembla la voz. A ti te está pasando algo y no me lo quieres decir.

Que no, Mercedes, es que hace frío. Date prisa, al final se van a enterar……

Esta vez regresó con la agenda y comenzó a decirme la numeración. Según cantaba cada número, yo los repetía en voz alta.

¿Por qué gritas tanto?

Yo no grito, será porque no te escucho bien… Bueno hermana, ¡muchas gracias!. Perdona por haberte despertado.

Ten cuidado que me dejas intranquila

No te preocupes que estoy bien…. ¡Ah, sí se han despertado y te preguntan algo diles que era un bromista con ganas de molestar, por favor….!.

Vale, venga, no tar……..……….

A mi hermana se le cortó la comunicación de golpe.

 

 

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La madrugada del sábado me había acostado a las tantísimas y al despertarme a la hora de comer creí morirme por el dolor de cabeza y el resacón. Decidí levantarme para no dar argumentos a mis padres sobre lo que a menudo era un tema recurrente. Sabía que el hecho de quedarme en la cama, aparte de no ser entendido, abonaría el terreno para que me soltaran la consabida brasa de todos los fines de semana. Hice de tripas corazón y tras engullirme un Gelocatil, me senté a la mesa con sonrisa de tonto como si con eso fuera a evitar que se me notara.

Antes de llevarme la cuchara a la boca mi madre dijo lo que yo no quería escuchar “que mala cara tienes y que ojeras…… ¡Qué habrás hecho esta noche….!“. Respiré hondo y decidí no responder -sin duda, este era el primer envite de una tanda por llegar- y mantener la mirada perdida en el botijo de cerámica de Talavera que adornaba la campana extractora de la cocina.

Aquel sábado habían venido mi hermana Milagros y mi sobrino Sergio, razón de más para mantener el tipo y cumplir con mis obligaciones familiares a pesar del martilleo constante que sentía en mis sienes y de la sensación de mareo y angustia que me producía ver tanta comida.

Milagros y Mercedes me miraban discretamente de reojillo y yo intentaba responderles con gestos que ni siquiera era capaz de controlar, para que entendieran mi necesidad de complicidad. Sergio, ajeno a todo, no paraba de charlar focalizando así la atención de toda la familia, cosa que yo agradecía, pues estaba consiguiendo alcanzar todo el protagonismo de aquella comida.

Mi padre que no había dicho nada pero que observaba, de pronto me sorprendió con un tono irónico preguntándome si quería un “poquito” de vino. En mi casa solo se bebía en las grandes ocasiones, pero mira tú por dónde, aquel día se le ocurrió descorchar una botella y me faltó tiempo para rechazarlo con un rotundo “no” que atrajo hacia mi persona la mirada  de todos, “Claro, como vienes cargadito………..” – “no es eso, es que ese vino me pega mucho”. La segunda embestida -esta vez paterna- acababa de hacer acto de presencia ante las sonrisas irónicas y la simpática ocurrencia de mi sobrino, “Tito, ¿por qué pega el vino?”. Una vez más, Sergio, con la ingenuidad propia de sus cuatro años, volvía a acaparar la atención de todos los comensales.

Comí poco y calladamente dejando que el peque -parlanchín incansable- monopolizara todo el interés. No sabía el favor que me hacía…. Un poco antes del café, pedí disculpas y me retiré a mis aposentos alegando una fuerte jaqueca y adquiriendo el compromiso de incorporarme a tan consanguínea reunión lo antes posible. Según salí de la cocina, haciéndome el lonchas, escuché a mi madre como decía a mis hermanas, “seguro que para salir esta noche, no le duele la cabeza“. Me volví a acostar maldiciendo al puto garrafón que aquella madrugada, como en tantas otras, me habían calzado……

Debí caer en un profundo y amable sueño porque cuando mi hermana Milagros golpeó la puerta de mi dormitorio, yo desperté con gran sobresalto y mucho más sopor. “Te llaman al teléfono, Nacho”. Según me levanté tuve la sensación de encontrarme bastante mejor.

Dime 

¿qué pasa cuñao?

uf, estoy matao

tio no me hables, yo llevo dos Coca Colas…

estaba durmiendo, bueno, ¿y qué me cuentas?

hemos quedao a las diez en el Palacio de la Prensa, en Callao

¿hemos quedao….?

hombre claro, tú te vas a venir, no?

joder, Juanito, estoy muy perjudicao

venga tío no me seas flojo

pero, ¿con quién has quedao?

vienen Isa, Irene y Mateo. Puede que la prima de Irene también….

bueno, supongo que de aquí a las diez, estaré mejor…, la cabeza ya no me duele tanto, pero eso sí, hoy de tranqui, cenita y nada de copas..

no te preocupes, ellos, a última hora, se irán a bailar sevillanas 

joder, que obsesión con las sevillanas, no saben hacer otra cosa

ya sabes cuñao, se han puesto de moda

mejor, te advierto que me viene bien, así vuelvo antes a casa

qué pasa tio, ¿que me vas a dejar tirao?

ya te he dicho que hoy voy de tranqui

venga va…, nos vemos luego, voy a ver si duermo un poco

ok, luego nos vemos.

Decidí prepararme un café al estilo de mi casa, es decir, en vaso grande y bien cargado y cumplir con la palabra dada. Ya en el salón junto a mi familia, no pude evitar cierta sensación de culpabilidad por no haber podido compartir el día con mi sobrino, como él se merecía. En aquella época, Sergio, era la persona que más me alegraba la vida y por quién yo sentía auténtica debilidad. La verdad, es que con el paso de los años, esto último sigue teniendo la misma vigencia. Compartir tiempo y espacio con él…, conversar de lo que sea en torno a una comida, una cerveza o un café, es algo que me hace profundamente feliz.

Había anochecido cuando mi hermana decidió levantar el vuelo, no sin la protesta del peque, que llevaba un rato entretenido con su tío jugando no recuerdo muy bien a qué. Tras convencerle de lo tarde que era y de que se tenían que ir a casa, me despedí de ellos con mucho cariño, tomé un duchazo con agua fría para acabar de despejarme y comencé a ponerme todo lo guapo que mi limitado físico permitía.

Antes, cuando salíamos por la noche nos arreglábamos, éramos así de antiguos. Yo creo que esta costumbre está en extinción. He vivido durante años en la calle Huertas y es digno de ver al personal que por allí pulula en la noche los fines de semana…. Van exactamente igual vestidos que por la mañana y, algunos, hasta con la misma pinta de guarros, quiero decir, de haberse vestido sin quitarse las legañas….. Lo mismo ellos que ellas…. Como si se hubiera perdido el gusto por vestir dando cabida a una uniformidad que los hace clónicos…… y esa manía de llevar colores oscuros, cuando no de negro….. ¡Qué poco cromatismo se permiten a si mismos….!. Al final, uno llega a la conclusión  de que los únicos preocupados por la estética son los adeptos a las tribus urbanas – nos gusten o no- o los pocos bichos raros que  van quedando, pues es así como se les mira por ir arreglados. Lo peor de todo, para mí, es que en esa amalgama oscura y desaliñada, algunos abanderan la modernidad….Hablo de Madrid.

 

image  Plaza del Callao.

 

A las diez, Juan y yo estábamos en Callao y, como era de esperar, Isabel,  Irene y Mateo, nos tuvieron allí como pasmarotes un buen rato porque para eso iban en coche. Cuando aparecieron no les dimos opción. Juan ya había decidido donde cenábamos. Tocaba un italiano que habían abierto justo detrás, muy cerca de la plaza de los cines Luna. Irene, repitió su costumbre de complicarnos la vida a la hora de encontrar la mesa que a ella le satisfacía.  En esta ocasión, creo que experimentamos en tres posiciones distintas… En la primera las sillas eran muy incómodas, en la segunda, le daba el aire en el cogote y en la tercera y definitiva, despotricó toda la velada porque estábamos justo en el paso y, según su parecer, la gente que transitaba ni tenía educación, ni sabia andar sin molestar……… ¿Por qué será que en los grupos que funcionan en armonía, a veces surge una persona con este tipo de talante?.

El restaurante resultó ser bastante normalito, de hecho, nunca más volvimos y, al salir, propuse hacernos un Chicote por ser lugar tranquilo, diciéndoles, además, que yo me iba a retirar pronto. Al haber consenso general, incluso por parte de Irene, nos fuimos dando un paseo por Gran Vía, no digo que agradable, porque en aquel entonces, a partir de la media noche, lo que se veía distaba mucho de alegrar el ánimo. Chinos medio escondidos entre los coches vendiendo bocatas y latas de cerveza, gente drogada, algunos incluso, compartiendo portal y pinchándose, prostitutas -muchas de ellas travestis- vendedores de no se sabía que y, todo ello, envuelto en un halo de cutredad que hacía daño a la vista. Recuerdo lo sucias que estaban entonces las aceras de Gran Vía….

image  Chicote.

Una vez en el templo sagrado de la coctelería, eso sí, con el beneplácito de Irene, a la que le faltó tiempo para sentarse en el sillón almohadillado de la pared sin contar con nadie, nos aposentamos en una de las mesas que hay a la izquierda según se entra. En un alarde de lealtad a la palabra dada me pedí un café americano no sin aguantar los comentarios jocosos de Juan y de Isabel. Aquella noche todo lo que me pudieran decir, me resbalaba….. Al menos, eso creía yo.

Estábamos en amigable charla cuando la mesa de al lado se lleno de gente parecida a los especímenes que yo veía en la calle Huertas, solo que adelantándose una década en el tiempo. Oscuritos, muy oscuritos todos ellos, despeinados, mal vestidos y de aspecto sucio, con una necesidad clara de notoriedad, por no decir de llamar la atención deliberadamente, a razón del tono en el que hablaban, del volumen de sus risas y de la actitud de superioridad.

Nosotros, que nos caracterizábamos por no dejar a títere con cabeza, cuando la peña no nos molaba, comenzamos a ponerles como los trapos -nunca mejor dicho porque así era su indumentaria- al unísono y de forma espontánea. Eran cuatro hombres y dos mujeres. Supongo que por mi estado catatónico, de pronto caí en la cuenta, “pero ¿os habéis percatado de que ésta de aquí es la diseñadora XXX?” “joder Nachete, eres un hacha” – “pero si es lo primero que hemos dicho cuando han entrado…., tío”“¿si?, pues no me he enterado”. Por unos instantes mis amigos de despacharon conmigo descojonándose literalmente, hasta que Mateo volvió a la carga contra ella.

No miento si digo que su cabello llevaba días sin lavar y que en su vestido de diseño, bastante soso por cierto, había hasta lamparones. Me privaré de decir todo lo que salió de nuestras bocas y lo que nos pudimos reír a costa de este grupo de esnobistas hasta el punto de competir en carcajadas con ellos. Lo digo porque en nuestra mesa, más de uno tuvimos la percepción de que alguno nos miraba con mala cara. Mateo, que en este tipo de situaciones se salía, empezó a decir, “no, si todavía vamos a salir a hostias, ya veréis…” – “¡uy que miedo, ese como me ha mirado!” – “mañana salimos en El Caso: XXX, despeiná y algo guarrilla, magullada en Chicote por cinco macarras ……..”.

image  Perico Chicote en su amado e importante museo.

 

En estas estábamos cuando la susodicha se acercó a nuestra mesa y en voz baja le pregunto a Juanito si teníamos papelillos…. Mi colega, que cuando se reviraba era de temer, se la quedó mirando fijamente y con una sonrisa maléfica le dijo, “¿cómo?”, ella se lo repitió y entonces el cabronazo le soltó, “no, ¿me has visto tú a mí cara de porrero?”. Se nos cortó la respiración. XXX se disculpó de forma bastante tensa, “bueno vale, no te molestes…, perdonad si os he ofendido” “acepto tus disculpas, porque efectivamente me molestas….“. Siguió pidiendo por las demás mesas.

Joder tio te has pasado cien pueblos..

me da igual, no tengo porque consentir a esta tía que es un personaje público, que me entre así

pero Juanito, hombre, que todos hemos fumado alguna vez

si, pero en privado y sin dar la nota….

bueno, venga, no te pongas así

no, es que me da mucha rabia que estos personajillos que luego salen en la tele que parecen que están por encima del bien y del mal, se comporten  de esta manera, imagínate la imagen que está dando la tía…., ¿y sus hijos?, ¿y su marido?

bueno, pues bastante que le importará a su marido…., si es un indecente…

me da igual, ella no me conoce de nada….

Notamos como Juan se estaba alterando con nuestros comentarios y no insistimos más sobre el tema. Justo en ese momento, la protagonista de nuestra discusión apareció con los papelillos y allí mismo se liaron los porros. Mateo e isabel se pusieron las servilletas de papel a modo de mascarillas, diciendo que empezaba la fase de la peste a porro. “Bueno, pero es porro de diseño, no te quejes”. Irene -milagrosamente la más callada de los cinco- no hacía más que mirarles y repetir, “pero que descaro tiene esta gente, ¿no?”, “pero los camareros ¿no les dicen nada?, que esto es Chicote, por favor…” “pues ese es el problema, Irene, que no les dicen nada por ser ella…, yo no vengo aquí a oler a porro, para eso me voy a El Sol o a Malasaña….”.

No sé si porque notaron nuestra incomodidad o simplemente porque habían decidido irse, lo cierto es que pagaron y salieron. Cuando celebrábamos su partida, dos matrimonios se acercaron para sentarse y al percibir el olor decidieron irse a otra mesa……. Como nos miraron, Juan que seguía algo ofuscado, les aclaró que no éramos nosotros sino “una modistilla muy famosa que acababa de salir”

image Los tiempos en que  Ava Gardner y Frank Sinatra se divertían en Chicote.

 

Seguíamos en amigable discusión sobre el tema, cuando Isabel propuso lo que todos esperábamos, ir a bailar sevillanas. Juan prefería irse a casa, cosa que me extrañó, yo dije que estaba muy cansado y que no tenía cuerpo para más, por lo que pagamos y nos dispusimos a abandonar Chicote encantados de la experiencia y de lo mucho que íbamos a divulgar lo acontecido. Estuvimos un rato en la puerta del establecimiento, pero ya en la calle, comentando los últimos estrenos de cine y lo que nos apetecía ver, hasta qué ellos tres se despidieron.

Juan y yo anduvimos escasos metros calle abajo y decidió coger un taxi que le llevara a su casa. Nos despedimos hasta el próximo fin de semana y cruzó la Gran Vía por las bravas, pues le convenía más la dirección de bajada. Fue subir a la acera y aparecer uno. Yo me quede en el borde de la de Chicote para tomar otro. Éramos muchos los que estábamos en la misma situación, por lo que seguí bajando unos metros en la creencia de que sería más fácil pillar uno libre. No pude avanzar demasiado. Sin poder reaccionar y fuera de toda previsión, sentí un golpe en ambos costados mientras el taxi de Juan se alejaba hacia Cibeles. Mis brazos fueron sujetados con fuerza y la voz de un individuo al que no podía verle la cara me susurró al oído, “esto es un atraco, sabemos que llevas pasta, obedece si no quieres que te matemos”.

Me quedé paralizado, aunque todo fue tan inesperado que necesité unos segundos para creerme lo que me estaba sucediendo. “Anda como si no pasara nada, somos tres colegas” – “no hagas gilipolleces por que esto que tienes aquí es una pistola”. Según lo estaba diciendo sentí la presión de un cuerpo extraño en mi costado derecho. “Y eso otro, una navaja”, en el otro costado la sensación era muy parecida.

No tuve más remedio que obedecer a la vez que buscaba cruzarme con alguna mirada de los muchos viandantes que transitaban. Era como si todo el mundo fuera ajeno a mi atraco. Nunca he creído que nadie viera lo que me estaban haciendo, pero en aquellos años el miedo campeaba a sus anchas, de eso se valían todos los delincuentes que invadieron Madrid en la década de los 80

Cuando pude esbozar algo, ahora sí, literalmente aterrorizado,  les dije que no me hicieran daño y que solo tenía dinero para volver a casa en taxi. “Vas mal chaval, no seas hijo de puta que te la estás jugando, sé que llevas pasta, acabas de pagar con cinco mil pelas en ese antro de pijos”. Aquello me paralizó más todavía, era la prueba de que habían estado demasiado cerca de mi dentro de Chicote.

Hicimos un giro a la izquierda al llegar a la calle Víctor Hugo y fue allí donde me obligaron a sacar la “pasta”. Les dije que no podía porque me tenían los brazos inmovilizados. El que supuestamente empuñaba la pistola me preguntó dónde la llevaba y le indiqué el lugar. Él mismo metió su mano en el bolsillo interior de mi americana y se apoderó de la cartera. Según me soltó para sacar el dinero el otro individuo absolutamente fuera de sí -estoy seguro que en pleno mono- y con la criminalidad marcada en su rostro, me agarró mucho más fuerte y esta vez sentí la presión de la navaja a la altura de los riñones. Al apoderarse de la cartera, supe que aquello no había hecho más que empezar. “¡Anda!, ¡mira qué sorpresa, tenemos tarjeta, colega!” – “ya te digo…, el festín que nos vamos a dar ¿qué no?”“¿verdad que si, pijo de mierda?”.

Me volvieron a inmovilizar los brazos y empezamos a deambular en busca de un cajero. Yo sabía que el más próximo estaba en Barquillo esquina a Augusto Figueroa, pero en la esperanza de que aquello pudiera tener otro final no dije nada, mientras me llevaban sin rumbo fijo por diferentes calles. Cuando subíamos por Reina, arriba del todo, apareció una patrulla de policía, por lo que hicimos un giro brusco acelerando el paso y me metieron por Infantas, para seguir luego por Libertad, San Marcos, Barquillo y así hasta llegar a la esquina con Figueroa. Durante todo aquel trayecto me sometieron a todo tipo de vejaciones verbales pero, lo peor de todo, es que les tenía que decir que por mi estado de nervios, no podía recordar la clave de la tarjeta. Desde hacía un rato intentaba memorizarla y no podía. Mi mente estaba absolutamente bloqueada.

Fue yendo por San Marcos cuando lo expresé, sabiendo que aquello podía suponer la peor de sus reacciones. Lo hice en este tramo del recorrido porque me pareció que había la suficiente gente como para que no me mataran allí mismo. No sé cómo se las arreglaron, pero me tiraron al suelo entre dos coches y por primera vez vi la pistola y la navaja sin que nadie o al menos, que yo notara, pasara por delante. No me apuntaron con ninguna de las dos pero se encargaron de mostrármelas con auténtica saña. Temí verdaderamente por el que portaba el arma blanca, su ansiedad iba en aumento, de hecho, el pistolero, de alguna forma era quien llevaba la voz cantante y controlaba mucho más. “Mira chaval, ¿tú nos has tomao por gilipollas?, ¿te crees que nos vamos a tragar esa trola?, ¿ves lo que tengo en la mano, eh…?, ¡pues canta el número, cabrón!”. Todo esto lo decía sin dejar de mirar a derecha e izquierda y con una especie de sonrisa que me helaba la sangre. Me obligaron a levantarme y una vez más empezamos a andar…. “Tio, ¿sabes si hay una plaza por aquí y acabamos con él?”, dijo el de la navaja.

A pesar de que todo mi cuerpo temblaba todavía tuve el arrojo de ofrecerles una salida. Se trataba de llamar a mi casa para que alguien de mi familia me diera el número que yo tenía apuntado en una agenda…. “Tú lo que quieres es llamar a la policía, pero ¿tú eres gilipollas o que, chaval?”, “este menda es un listo, quiere tendernos una trampa”. Insistí en que era verdad y les propuse que entraran conmigo en alguna cabina de teléfono para que vieran que no les engañaba. Querían encontrar el cajero porque pensaban que amenazándome, les cantaría el número.

Viendo la ruta que habíamos tomado, supe que nos íbamos a topar de bruces can Caja Madrid. Lo que yo no sabía es que en la misma esquina frente al cajero, había una cabina. Para mí fue como un milagro, y aproveché para convencerles de como lo iba a hacer y de que historia contaría a quien respondiera, de forma que pareciera algo normal. Lo cierto es que accedieron, advirtiéndome, eso sí, de que si no era como les había dicho me matarían allí mismo…..

Fue el de la pistola el que cortó la comunicación según me despedía de mi hermana cuando el otro, que se había quedado a medio entrar con la puerta abierta, se hubo apuntado los números en la palma de la mano con un bolígrafo que yo mismo les cedí -un Cross de oro- que ninguno de estos dos engendros supo apreciar, pues se me devolvió de inmediato tras cumplir su misión.

Me metieron en el cajero, que para cúmulo de males, estaba como en penumbra y me tiraron al suelo. El de la pistola decidió que la operación la hiciera el otro, probablemente porque no se fiaba de dejarle custodiándome. Como no podía ser de otra forma, el navajero se equivocó y mi temor se agudizó. Era tal su estado que me vi obligado a decirle que después de tres intentos se tragaría la tarjeta y aún tuvo la vileza de responderme que le daba igual, que así terminarían conmigo por la guerra que les estaba dando.

Sacaron treinta mil ptas., el máximo que se podía. Les pareció poco y el de la pistola -esta vez apuntándome a la frente- me comunicó que se quedaban con la tarjeta y que si se me ocurría bloquearla, como tenían mi dirección y mis datos, podían aparecer por mi casa, beneficiarse a mi madre y a mi hermana (textual) y darnos un susto.

Estos dos hijos de la gran puta, ni siquiera se plantearon que la dirección que aparecía en el DNI no estaba actualizada y que de hacer algo así, ellos mismos se estarían delatando. Por primera vez desde que me los topé, sentí como me hervía la sangre y una cólera incontenible se apoderó de mí. Tirado en el suelo empecé a gritar que me mataran, que dispararan ya, que me dejasen morir….. “¡¡No puedo más!!, ¿qué queréis que haga?, ¡¡dispara ya, hostia!!, ¡¡ mátame de una puta vez!!, ¡¡dispara y acaba con esto que me estáis volviendo loco!!, ¡¡dispara!!.

Me sorprendí a mí mismo sollozando. Supongo que fue la única manera que encontré de descargar toda la tensión acumulada, pero no fue un acto del todo inconsciente. Algo me impulsó a hacerlo, probablemente, la intuición de que con ello, podía acelerar el fin de aquella pesadilla. Pasé muchísimo miedo, pero no llegué a tener en ningún instante el convencimiento de que me fueran a matar.

No se esperaban esa reacción y yo creo que, efectivamente, les paralizó. El de la pistola me agarró de un brazo y me ayudó a levantarme. Creo que le hizo un gesto al otro y salimos a la calle subiendo hacia Hortaleza. No recuerdo si una vez fuera contuve el llanto pero si noté que ahora mis brazos tenían más movilidad. Uno de ellos me dijo que me tranquilizara, que todo iba a acabar bien, porque en el fondo había sido un “buen chico”. Sentí auténtico odio hacia él. Yo subía la calle como un autómata, me parecía estar controlando la situación, pero al mismo tiempo sabía que esa escoria humana podía retractarse y volver a la carga. Muy cerca de Hortaleza les pedí mi cartera y no respondieron.

Ya en la esquina, me preguntaron si quería irme con ellos y sus colegas de birras y, en esta ocasión, fui yo el que no respondí. No podía creerme ni tanto desvarío, ni que hablaran en serio. El cabecilla paró un taxi a la vez que me decía que me dejaban ir porque les había demostrado tener “un par de huevos”…. De nuevo la cólera me invadió pero preferí montarme en el coche. Afortunadamente la ventanilla estaba medió abierta y por aquí me pasaron la cartera con todo dentro y veinte duros para pagar. Después de todo lo acaecido, hasta me pareció un gesto de cortesía.

Se metieron en el taxi que venía detrás y le dije al conductor que vigilara si nos seguían, que tomara la matrícula y a poder ser el número de licencia y que llamara a la policía, contándole que me acababan de atracar. Al igual que yo, él pensó que el siguiente palo se lo darían a su compañero. Fue el segundo milagro de la noche, llevaba la emisora de radioaficionado en el coche. Antes de que llegara a mi destino la policía ya estaba avisada.

Cuando entré en casa todos dormían por lo el temor de encontrar a mis padres esperándome desapareció. Me tomé un vaso de leche fría con la cabeza como un bombo y me acosté de inmediato. Dormí profundamente.

Desperté a la hora de comer y a mi hermana le faltó tiempo para preguntarme, por lo que no tuve más remedio que contárselo. Se quedó muerta. Mis padres acabaron enterándose, pero a ellos les transmití una versión infinitamente más suave.  Aquella tarde tenía dos opciones, quedarme en casa alimentando mi miedo a salir en la oscuridad o tirarme a la calle y volver a hacer el mismo recorrido del día anterior. Decidí la segunda y, cuando llegué a Chicote, pregunté a todos sus empleados si la noche anterior habían visto a dos individuos de las características de aquellos indeseables. La respuesta fue negativa en todos ellos. Me tomé un cubata para hacer tiempo, echando de menos a la diseñadora y a sus amigos. Después me dediqué a revivir el secuestro-atraco de la noche anterior paseando por todas las calles en las que viví aquel infierno. Sabía que no me los iba a encontrar y, así fue. Una vez de regreso en casa llame a Juanito y le conté….. No daba crédito a lo que escuchaba. “La próxima vez que cojas un taxi, gira la cabeza hacia atrás hasta que dobles la esquina…”“joder cuñao, que hijos de puta, es que me cuesta creer que te haya pasado esto…” – “pues da gracias, porque de haber pillado el taxi yo ante que tú, ya sabes a quien le hubiera tocado…” .

Muchas veces he pensado que aquella pistola pudiera haber sido de mentira. No entiendo de armas, pero daba el pego, ya lo creo que lo daba….

Al fin de semana siguiente volví a salir con mis amigos, como si nada hubiera sucedido.