MI TÍA AMPARO

Es de aspecto frágil, de gesto serio y sereno. Su mirada es fija y limpia, por lo que ni esconde ni evade. Su tez clara y el cabello gris. Su imagen emana personalidad aunque ella dice que no la tiene. Es elegante por dentro y por fuera. Los conflictos la pueden, por eso los evita. Es discreta, prudente y aunque conmigo no deja de hablar, ha callado en demasiados momentos de su vida, como suelen hacer las personas inteligentes, como callaba mi abuela Carmen… Por eso sus silencios dicen tanto.

Desde hace cuatro años está viviendo un nuevo renacer. La vida le ha sorprendido con lo que nunca imaginó y, en el fondo, siempre deseó. A sus 76 años se está descubriendo a sí misma y a los que siempre se mostraron próximos. Sus miedos y sus secretos se han evaporado. Sus intuiciones se han revelado con un sí rotundo. Ahora disfruta de una liberación antes desconocida y ya ni guarda, ni oculta. Arde en deseos de saber, agradece que su historia pueda ser conocida por todos y pregunta sin reparo a quién pueda darle pistas. Se siente orgullosa de su nueva familia y, no deja de sorprenderse jubilosamente, cuando descubre que las grandes celebridades de Utrera, Lebrija o Morón, llevan su misma sangre.

La quiero con devoción y ella a mí también. En estos cuatro años nos hemos dedicado largas y profundas conversaciones. Hemos tenido la gran suerte de reconocernos mutuamente, de perseguir los mismos objetivos vitales, sintiendo de forma muy similar y confesándonos lo que pertenece al mundo de nuestras emociones. Ambos disfrutamos ahondando y desdeñamos las relaciones basadas en lo banal. Nos encanta parecernos tanto y confieso que a mis 57 años, es una de las personas con las que mejor me relaciono y, eso, que casi no nos hemos visto.

Es sensible y noble. Su espalda sostiene el peso dilatado de la coherencia y del rigor. Su historia significa compromiso, responsabilidad y un sentido del deber desmesurados. Nació para agradecer y eso es lo que ha guiado toda su existencia. Es la protagonista de una vida difícil que acepta sin cuestionamiento. Su familia la quiere y la respeta, algunos de sus miembros, con una intensidad que conmueve.

Rezuma el sabor de la baja Andalucía por los cuatro costados. Hablar con ella es un placer para los sentidos. A su lado uno recupera las formas, los giros, las palabras, las entonaciones, las melodías y cadencias del habla y ese humor utrerano de ayer. De su boca jamás saldrá ni el chiste fácil ni el típico tópico, pues su gracia refinada y ocurrente también la identifica. Es culta y ama las artes, especialmente las escénicas, pero además, se conduce a través de esa otra cultura de la que habló Lorca y que no todos poseen, la de la sangre.

De tradición conservadora, exhibe en sus razonamientos, que los tiene y muchos, una mentalidad abierta y poco prejuiciosa. Muestra ese talante de las personas que piensan y reflexionan, por eso, entiende a los demás y si no comparte, lo hace desde el respeto y la amabilidad.

Es portadora de un señorío que la distingue. Vive empeñada en una soledad elegida porque “no quiere molestar”. Sus achaques y su vejez, dice, no pueden suponer una carga para los demás. Sin embargo, estoy convencido de que en la convivencia, difícilmente puede incomodar a nadie.

En ella, por pura compensación, se ha encarnado el milagro de la evidencia. Sin haberla conocido es, de las tres hijas, la que más se parece a su madre. Sus rasgos, sus gestos, sus exclamaciones, el color de su voz, sus golpes divertidos y esa rebeldía innata que se manifiesta ante las goteras de su salud, ese nerviosismo ante todo lo que suponga un cambio en la rutina…; ese temblor…. Cuando miro o tomo sus manos estoy viendo y estrechando las de mi abuela Carmen.

Desde muy niña intuyó que alrededor de su vida rondaba un misterio, que un secreto no revelado la diferenciaba. Por eso ocultó su instinto en lo más hondo de su interior entregándose a aquellos a los que debía agradecimiento de por vida. Se dio con la generosidad de los que no se reconocen a sí mismos otra misión y hasta con el desprendimiento de los que no se saben merecedores de derechos. Vivió por entero para ellos y renunció a todo lo que pudiera suponer una mínima fisura en el amparo al que se debía.

Su dignidad no es entendible para los débiles que atacan o se ocultan para protegerse de su propio miedo. Su dignidad es la de los fuertes que viven amando, sonriendo, agradeciendo al inspirar el perfume de una flor y acariciando a quien se cruza por el camino. Su grandeza es la de los desarmados que no tienen ninguna necesidad de amedrentar ni de destruir.

Es respetada por todos sus vecinos. Me consta que estos pronuncian su nombre con la máxima deferencia y cariño. Desde el boticario al camarero o los socios del casino. Recuerdo como en nuestro primer viaje a Utrera, tras conocerla, el encargado del hotel nos llevó en coche hasta su domicilio. En el breve trayecto nos preguntó si éramos familia de doña Amparo. A mi aquello me gustó y, si no fuera porque soy su sobrino, ese tratamiento me surgiría de forma espontánea ante ella. Reconozco que esos modos de la educación de antes me agradan mucho.

Mi tía Amparo es un regalo ilimitadamente importante que se me ha concedido y, he de decir, que haberla conocido es el hecho más trascendente de mi madurez avanzada. Gracias a ello, mi vida tiene mucho más valor y ha cobrado un sentido que nunca supuse podría alcanzar. No sé porqué me ha tocado desempeñar esta posición, pero cada día que pasa me siento más feliz en nuestra comunión, no solamente por lo afortunados que nos hace sentir a los dos, sino también, porque ha facilitado a los miembros de la familia que así lo han deseado, relacionarse con ella liberándose de lo que durante setenta y tres años fue un compromiso de silencio y de no darse a conocer.

Es un hecho crucial porque nos ha absuelto a ella y a muchos colocando todo en su sitio. Porque una situación anómala se ha normalizado. Porque un pedazo de persona como es ella, ha podido entender con claridad todos esos años transcurridos de vacío, forzada aceptación y silencio.

Setenta y tres años de sufrimiento callado; de cargar a sus espaldas un sentimiento de deuda con aquellos que la acogieron; de sonreír por fuera al mismo tiempo que su corazón, a veces, lloraba por dentro; de intuiciones confirmadas a medias; de saberse niña adoptada y, además gitana, a escondidas y gracias a la imprudencia o a la perversidad de alguno; de custodiar el secreto por si no se sabía, ignorando que era conocido por muchos; de no incomodar preguntando; de no entender el porqué de aquello al no tener la explicación sincera de nadie; de pedir fotos a escondidas; de buscar a una madre por la calle más larga de Madrid tras recibir una información errónea y fracasar en el intento; de no compartir, salvo con alguna amiga íntima, lo que fue la constante de su vida, esto es, la necesidad de conocer la verdad.

Setenta y tres años rehuyendo de algo o de alguien que pudiera revelar su secreto; de esquivar en los momentos más comprometidos a aquellos en los que ella se reconocía para no evidenciar; de aceptar también –cuando se podía- con absoluta discreción y sin indagar, los gestos, las palabras y las formas cariñosas de personas con las que supuestamente no había nexo alguno; de relacionarse desde muy niña con aquellos a los que se arrimaba sin saber que eran de su propia familia.

Mi tía Amparo es una resiliente, una heroína anónima, una honorabilidad de las que ya no se llevan. Su pundonor es tal, que me conmueve y me hace sentir pequeño. Toda ella es una fuente de aprendizaje y de referentes que además de cultivarme, me llenan de fuerza y de significado. Me siento pleno porque haberla conocido ha supuesto su entrada definitiva en la familia biológica, esta maravillosa familia que es la de mi amada madre. Nunca imaginé que habiendo nacido y crecido a tanta distancia de mi raíz materna y en un contexto tan diferente, pudiera acabar aportando a mi parte gitana de tan extraordinaria manera.

Gracias a nuestro encuentro, puedo decir proyectando mi voz y con la cabeza bien alta que, por fin, el tabú dejó de existir. Mi tía Amparo es por derecho y por ética un miembro más de la familia de los Pinini y, lo es, no solo porque sea bisnieta de Fernando Peña Soto y Josefa Vargas Torres, sino también y, esto es lo más importante, porque ella no quiere renunciar a serlo ni los familiares de sangre que desde el anonimato se relacionaron siempre con ella, tampoco.

Este es el fruto del cariño y el afecto incondicionales que siempre le mostraron Fernanda y Bernarda, Pepa, Inés, las Pirras…. El tío Manuel cuando la invitaba siempre que entraba en su bar acompañada de amigas y ella no entendía la razón…, las primas Pepa y Antonia. Pepa de Benito, su primo Diego a quien le bastaba verla con una bolsa de la compra para que se la llevara hasta la puerta de su casa y la mujer de este, Juana. Su primo José y su tía Juana Loreto, Juanilla como ella la llama, a la que con cinco años vio bailar en su casa y se escondió detrás de unas cortinas porque presintió que algo muy poderoso le unía a ella. Y así un largo etcétera que hoy se ha acrecentado con más y más familiares para regocijo de todos.

Ahí están los saltos a Utrera que desde Morón y para estar con Amparo, ha hecho su prima Antonia con sus hijas María Antonia, Paqui, Gracia y María, acompañada ésta de su marido, Juan. Milagros, la hija de ambos también con su marido, Diego. La prima María Gracia (la nena)… Qué emocionante fue el momento en que su prima Antonia con la voz entrecortada le relató cómo de muy joven cada vez que iba a Utrera se asomaba a su calle, la Vía Marciala, por si la veía. Necesitaba conocerla.

¿Cómo no vamos a ser felices sabiendo que a los pocos días de nuestro encuentro, los primos Diego y José Jiménez Núñez se presentaron en su casa rompiendo a llorar en el instante que la pudieron llamar prima por primera vez?. O cuando su primo Luis “El Marquesito”, quiso quedar a desayunar con ella, junto a mi mujer y a mi.

¡Tantos años de silencio…, con lo fácil que hubiera sido!

Su entusiasmo cuando conoció a sus sobrinas carnales Mercedes y Milagros…. La alegría que siente cada vez que sus sobrinos Gracia, José, Chon y María Antonia aparecen por su casa o se encuentran en la calle. Lo importante que fue para ella entrar por Feria en las casetas de José y Diego (Alegría 76) y de Luis –siempre con cierto reparo- o cuando conoció al primo Javier Suarez. La misma satisfacción que recientemente ha experimentado al encontrarse con sus sobrinos Gaspar Jiménez y Gracia Gómez o con su tía Antoñita Bella y sus primos Diego, Macu y Rosito.

Que la persona que le atiende actualmente en su casa sea una nieta de Águila (hermana, ésta, de Fernanda y Bernarda), no es más que una muestra de cómo, por fin, el destino está poniendo las cosas en su sitio.

Por fuerza tengo que alabar a los descendientes de la familia adoptiva ya que no solo han facilitado el encuentro sino, que además, han experimentado junto a nosotros la misma alegría y satisfacción. Por eso nos han querido conocer, nos han abierto las puertas de su casa y así hemos podido celebrar de forma sincera y natural la normalización de una situación que no tenía sentido, entre otras cosas, porque una familia y otra se conocían desde siempre. Nunca podré agradecer suficientemente el recibimiento, el respeto y la amabilidad que todos ellos nos brindaron. A Nati, Ricardo, Loli y Curro, Mercedes y Juan, Luis Miguel y Rocío, María José, Aurora, Maruja…. y a cuantos no pudieron estar presentes, solo les puedo expresar mi estima y mi consideración más sinceras. Ellos también son coautores de nuestra felicidad. Hay un dato muy simpático que demuestra la naturaleza noble de estas personas, cuando desde entonces, algunos, cariñosamente, llaman a la tía, “pinina”.

De igual forma quiero mencionar en este escrito a los miembros de mi familia, que son la suya, por haberse volcado voluntariamente para que esto pudiera suceder. Sin su colaboración no hubiera sido posible.

Doy las gracias a mis tíos Luis y Diego Núñez Peña por habernos lanzado a mi hermana Mercedes y a mi la noticia de que teníamos una tía carnal viviendo en Utrera. De inmediato me resonaron palabras que había escuchado en mi casa de niño. Aquellas cervezas en “El Arco” han sido las más fructíferas de mi vida. Ahora entiendo porqué sentía tanta necesidad de reencontrarme con mi familia materna después de tantos años. Que fuera a nosotros a quienes se lo revelaron, no fue por casualidad. Como tampoco lo fue que mi madre en los últimos días de su vida, entre sueño y sueño (tratada ya con morfina), una tarde me confesara que estaba feliz por haberse reencontrado con su hermano Paco y con sus primos de Barcelona, pero que se iba con la pena de haber dejado pendiente “algo con una persona de su familia”. En aquel momento no supe a qué se refería. Hoy, tras el encuentro con mi tía, quiero creer que esa pena ha desaparecido.

Doy las gracias al tío Diego Jiménez y a Juana, su esposa, que con 89 y 90 años, al día siguiente, en el casino, nos informaron con detalle sobre la vida de Amparo.

Doy las gracias a mi prima Gracia Jiménez Loreto por haber sido ella la que propició el encuentro. Tras una conversación telefónica que mantuvimos, se puso en contacto con su amiga Loli, que a su vez es sobrina de Amparo, para abonar el terreno. Aprovechando que viajábamos a Sevilla por motivos de trabajo, me llamó según estábamos en carretera para decirme que si quería conocer a mi tía, no tenía más que decírselo. Doy las gracias a sus dos hermanas, mis primas Chon y María Antonia, que junto a ella, quisieron acompañarme aquel día. Si la presencia de Pepa, mi amada compañera, en aquel momento y como siempre, fue un bálsamo y un gran refuerzo, la forma en que las tres hermanas nos apuntalaron es algo que jamás podré olvidar. Ellas fueron testigos y parte del instante en que mi tía y yo nos miramos a los ojos por primera vez. Ellas junto a nosotros la abrazaron llamándola tía y lloraron con franca emoción ante sus palabras llenas de serenidad y autenticidad.

Doy las gracias a mis tíos José Jiménez y Juana Loreto por el apoyo y la alegría que nos entregaron el mismo día mientras comíamos juntos.

Y doy las gracias, en fin, a todos aquellos que desde entonces se han acercado a la tía Amparo diciéndole, “yo soy de los tuyos”.

Sé que miembros de mi familia más directa sienten incomodidad ante este acontecimiento. Me apena que no puedan compartir con todos los demás la alegría que supone la llegada de Amparo y que no se permitan la oportunidad de conocerla. Respeto las razones que les llevan a mantener esa postura, aunque no las comparto. Durante los últimos cuatro años he deseado que esa situación cambiara y no me resisto a dejar de creer que, algún día no lejano, nuestro regocijo sea compartido también por ellos. Quiero a toda mi familia y solo hay una razón para ello: es en la que he nacido. Este es el mayor legado que recibí de mi abuela y de mi madre.

No quiero terminar sin decir algo que para mi es de vital importancia. Mi tía Amparo es en tan gran medida, mi tía, que cuando fuimos a la residencia de ancianos (estaba allí ingresada convaleciente de una operación de cadera), antes de que una de mis primas me la indicara, ya la había visto. Fue mirarla y saber, sin dudarlo, que era ella. Lo que yo sentí solo lo puedo expresar con cuatro palabras: fuerza de la sangre. Tras una hora escasa me despedí de ella ahogado por la emoción y acariciando su cara como si la conociera de toda la vida.

Tampoco creo que sea solo obra de la casualidad que la silla de ruedas que la adjudicaron fuera la que años antes paseó a Pepa de Utrera, otra de sus tías, como así rezaba el nombre que llevaba escrito. Aquel día, Amparo tomó consciencia de que pertenecía a su familia.

Agradezco infinitamente al destino por haberme concedido esta gran oportunidad, una de las más sustanciales de mi camino. Una experiencia que, además, me reporta la satisfacción de sentirme bien conmigo mismo. Nadie como yo, sabe, cuando mi corazón late en paz.

Tía Amparo, has sido la primera en leer este escrito. Hoy, 9 de agosto, has alcanzado tus 76 años. Poderte felicitar de esta manera me llena de satisfacción. Te deseo salud, paz y bienestar. ¡Quién nos lo hubiera dicho….! ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

 

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UNA DECLARACIÓN DE AMOR. CARTA A PEPA

 

Amada compañera

Si hoy estoy aquí es porque soy inmensamente afortunado y, lo soy, porque cuando se recibe el amor que tú me das, no se puede esperar nada mejor de la vida.

Se que me amas por lo bueno que en mi habita, pero no seré yo quien lo desvele aquí, pues sobre eso, seguro que tú sabes, incluso, mucho más que yo.

Prefiero compartir  con nuestros amigos y familiares lo que cada día me sigue enamorando de ti  porque va mucho más allá de lo que es el sentimiento que responde al gesto bello, a la palabra cariñosa, a la caricia, a la entrega, al momento compartido, a la atracción física e, incluso, a la pasión.

Afirmo con absoluta rotundidad que contigo pisé los abismos y toqué las más altas cumbres porque a tu lado es como más y mejor he sentido.

Después de haber degustado durante tanto tiempo de tu alegría, tu templanza, tú escucha, tu generosidad, tu silencio, tu luz, tu emoción, tu fuerza, tu tristeza, tu sonrisa, tu dolor, tu inteligencia, tu apasionamiento, tu capacidad para ahondar en las cosas importantes de la vida o en la enorme complejidad de lo humano…….., estoy convencido de que eres la parte que me falta, ese eslabón que se me engarza con el deseo del encuentro y con la fusión del placentero abrazo por el que uno, necesita detener el tiempo.

Me has amado en la discordia o cuando fui tu opuesto; en la distancia, en la separación y hasta en la ruptura. Me has amado también tras enseñarte mi miseria y mi oscuridad; en mis contradicciones, en mi mal talante y en mis geminianos cambios de carácter. Además, me sigues amando cuando no te acompaño en algunos momentos que te entusiasman o cuando expreso lo contrario a lo que te gustaría oír. ¡¡Gracias, Pepa!!.

Gracias por amarme siendo tú pura ilusión al ser yo absoluto escepticismo. Por seguir ahí después de tantas idas y venidas, con mis continuas cuestas arriba, mis constantes agobios y mis miedos, situando a mis defectos, tantas veces, en lo puramente anecdótico. Gracias por amar también a mi gente ofreciéndote a ellos con tanta plenitud. Por amarme cuando sin ningún pudor, te muestro lo que a todos oculto: ese niño gamberro que llevo dentro; por hacerlo potenciando lo que yo ni me reconozco. Pero, sobre todo, Pepa, gracias por amarme porque sí, porque te sale de dentro y sin renunciar a como eres. Por saber que a pesar de nuestras diferencias tu galaxia y la mía pertenecen a un mismo universo….  Buscando en mi el tacto que te electriza, la mirada en la que te reflejas, la sonrisa en la que te meces, el abrazo que te cobija y la lágrima que empapa tu mirada.

Hoy puedo decir que no me equivoqué cuando en los primeros días de aquel lejano octubre de 1978 al abrirse una puerta me encontré con dos luceros de un verde transparente adornados por una espléndida amabilidad que me llenaron de dicha. Hablo de tus ojos y de tu sonrisa que siguen siendo los mismos, solo que 39 años después. No me equivoqué, Pepa, cuando en aquel mismo instante supe, porque lo sentí, que eran vitales para mí. Tampoco me confundí cuando acepté de buen grado lo que el destino nos deparaba. Por eso te ascendí al altar de la amiga sagrada, de la amiga del alma, de la amiga intocable… Al fin y al cabo, me educaron para ser, como dice la célebre zarzuela, “un caballero español”. Si a esto le añadimos que uno es raro sin más, es fácil encontrar la razón de mi llanto exento de acritud en tu boda con Javier o el que me produjo, años después -fuiste testigo- la tristeza al saber que os divorciabais, pero también, mi alegría emocionada cuando me faltó tiempo para conocer a Andrea, vuestra recién nacida hija. Nada diferente de lo que hiciste cuando una mañana apareciste con aquel oso de peluche que protagonizó los primeros años de la infancia de mi querido sobrino Sergio.

Así transcurrieron dieciséis años durante los cuales ambos anduvimos por diferentes caminos, pero, eso sí, llevándonos prendidos siempre en nuestro corazón y en nuestra mente. Yo me dediqué a vivir la vida como Dios me dio a entender, pero cada vez que descolgaba el teléfono y escuchaba tu voz, te convertías en lo único importante, a pesar de saber que en muchos aspectos éramos absolutamente dispares. Por acudir a tu reclamo, nunca dudé en dejarlo todo.

Gracias a esa forma de aceptar, sin esperar nada, se produjo el instante  que cambió nuestras vidas, cuando una fuerte discusión despertó por primera vez mi ira contra ti al sentirme fiscalizado por tu juicio. Una vez más el llanto me invadió, pero esta vez, sofocó la cólera. Necesitaste abrazarme y aquel gesto lo transformó todo. Tanto es así que aquella misma noche me escribiste una carta llena de emoción en la que me declarabas tu amor. Yo te respondí después de requeteleerla durante diez días, ni se sabe cuántas veces.

Al cabo de una semana nos encontrábamos en Lugo y un ángel sexuado, femenino, cordobés y de adopción gallego, llamado Teresa, nos abrió las puertas de su magnífico pazo, para incitarnos, supongo que por pura intuición, hacia el instante más deseado a la vez que temido, desoyendo mi petición de “una habitación con dos camas”. Al llegar la noche lo que nos encontramos fue una imponente habitación con cama de matrimonio y dosel…. Como adorno, sendos bombones encima de la almohada. Blanco y en botella…..

Mereció la pena esperar. Tener durante dieciséis años una amiga del alma y aceptar las cosas como venían……  Porque aquella noche, en el mejor marco de los posibles para los dos, sentí que ese amor era el que nos merecíamos porque estaba lleno de confianza y sinceridad. Sentí que ya nos conocíamos  en la intimidad y que compartíamos una misma piel. Tal y como yo siempre había intuido. Era verdad lo que presentí cuando se abrió la puerta. Habíamos nacido para encontrarnos y amarnos. De hecho, antes de que nuestras miradas se cruzasen por primera vez, sin saberlo, nos estuvimos siguiendo los pasos durante años…. Pero en el Pazo de Vilabade, además, tú te reconociste en mi y yo me reconocí en ti.

Pepa, eres lo más importante que me ha sucedido y mi mayor hallazgo. Te amo sin fisuras. Eres mi vida, mi yo y mi todo.

Nacho.

 

¿HEREDAMOS O SUBIMOS AL MONTE CALVARIO?

Desde hace unos meses mis hermanas, una tía carnal, un primo y yo, estamos tramitando el suplicio que supone poder heredar en España. De todos es sabido que el Impuesto de Sucesiones y Donaciones o el del Incremento de Valor de Terrenos de Naturaleza Urbana -con lo fácil que es decir plusvalía- son un robo a mano armada. Si bien esto me hace detestar al legislador, como nos sucede a casi todos –aunque más de uno estará encantado porque de todo tiene que haber- lo que me ha sacado de mis casillas es que después de haber cumplimentado un sin fin de impresos y escritos en los que siempre se me piden el DNI, mis datos personales y mi firma, la Consejería de Hacienda de esta Comunidad Autónoma (la de Madrid), me ha enviado correspondencia a mi antiguo domicilio por lo que deduzco que, en dicho organismo, no se han enterado de mi actual dirección.

¿Funcionario de turno?, ¿caos administrativo?, ¿impresos modelo vaya usted a saber, que nadie lee o que el sistema informático no codifica en su totalidad….?. En definitiva, he soltado miles y miles de euros para poder heredar de una tía fallecida y la entidad que me obliga a pagar el impuesto de sucesiones como condición ineludible para obtener lo que me pertenece, no se ocupa de contrastar la dirección que aparece en todos los estúpidos papeles que me exige e insta a presentar.

Obviamente me enteré del error cometido por la entidad oficial “incompetente”, supuestamente a mi servicio, al informarme el inquilino que reside en mi anterior domicilio de que me había llegado un aviso de Hacienda. Como ignoro de lo que se trata y la palabra “hacienda” es como decir “el diablo”, al día siguiente  sin pensarlo me pongo en acción. La recogida del certificado me supone perder una mañana y hacer 120 kms. Cuando abro el sobre en la oficina de correos descubro que el mensaje de la carta versa sobre el impuesto de sucesiones y que dicha información ya se me había dado verbalmente. Lo que más me enfada es que con anterioridad y, en escrito firmado por todos los herederos, habíamos dado orden de que cualquier comunicado de Hacienda fuera enviado al gestor que nos está llevando todos los interminables temas de testamentaría. Y lo peor, que dicho escrito nos lo solicitó el propio organismo ante nuestra decisión de que el interlocutor fuera él. Les entró por uno y les salió por otro… Al igual que yo, la mayoría de mis parientes tuvieron que movilizarse para recoger el mismo papel.

Cojo el coche, me voy a la correspondiente delegación autonómica y pido explicaciones. Nadie sabe nada; me desvían a la planta de arriba; ni un solo funcionario entiende porqué me han enviado esa carta y mucho menos a esa dirección; todos ellos son inocentes….. Estoy aturdido, agotado y las ganas de orinar me paralizan. Pregunto por los aseos al primer vigilante que me encuentro, un armario de cuatro por cuatro que me mira con cara de no entender castellano. Como veo que su capacidad de reacción no ayuda a retener lo que a todas luces es un ataque de incontinencia consciente, le pregunto con cierto tonillo de hartura por los servicios. Señala a la pared situada a mi espalda y verbaliza un “a la derecha”, vamos, el nota es encantador. Termino y tras enjuagarme las manos, porque no hay jabón y secarme con la ropa porque la maquinita de aire tibio no está por la labor, salgo y miro a mi alrededor. Me he quedado solo en la planta. Casi todos los trabajadores están recogiendo. Salgo a la calle con la sensación de ser un idiota incorregible. Una vez más el Estado en forma de organismo oficial me ha dado por detrás y sin vaselina.

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Vuelta al tema de la testamentaría. A los herederos anteriormente mencionados, se nos impone la apertura de una cuenta no corriente –entrar al detalle no viene al caso- en una conocidísima entidad bancaria de “este país” (al menos por ahora). El día que me dirijo a la oficina más cercana me atiende un caballero de aproximadamente dos metros de estatura, manos como raquetas, tochoRolex en una de sus muñecas que es como el doble de la mía y tres pulseras con los colores nacionales en la otra (¿tendrá que ver todo esto con la proximidad a esa cosa que ya no se sabe muy bien qué es y que medio metro de dictador con voz aflautada se construyó como mausoleo a costa de mucha sangre, dolor y lágrimas?). La verdad, es que ni pega en un banco como este. Su camisa, aunque no está planchada, luce en sus puños sendos gemelos con la bandera españolísima –supongo que, portando solo los tres brazaletes, no se sentirá suficientemente español- y en ella destaca con una contundencia que sobrecoge el símbolo de Ralph Lauren… ¿Será del mercadillo de Majadahonda?. Pondría la mano en el fuego. Me pega todo que este individuo sea un aparentador de facha, es decir, de esos que tienen  que adornarse con la simbología nacional porque su concepto de patria es de una banalidad que insulta. Lástima estar solo que, si no, me jugaría una cena a que si le pregunto lo que significa la palabra España, no tiene ni zorra.

La gestión se prolonga durante más de una hora en la que las dudas que muestra y las consultas constantes a su jefe protagonizan el acto. La inseguridad que me va transmitiendo me pone en alerta, gracias a Dios (y eso que no creo mucho que se diga). Al día siguiente cuando entro en la supuesta cuenta desde mi casa, descubro que no hay nada dado de alta. Vuelvo al banco y explico al susodicho lo ocurrido. Escucha con cara de haba reemplazándome a esperar al director que, cómo no, está desayunando. Media hora aguantando a pie firme en la que me repite tres veces que no entiende lo sucedido y que todo se hizo correctamente.

Aparece el apuesto director luciendo un moreno de lo más serrano. Viste el uniforme nacional, es decir, traje azul marino, aunque en su caso bastante más modernito que el que lleva el abanderado. Ni un detalle que denote gusto por vestir. Lo dicho, un uniforme de trabajo. Se deshace en sonrisas y buenos modales. No me estrecha la mano, más bien me la estruja y se esfuerza por aparentar interés, a la par que despliega una batería de encantadoras y solícitas maneras escuchando mi relato.

Ya estoy sentado en su despacho cuando me dice que no me preocupe de nada porque lo va a hacer él “a capón y directamente”, lo que me lleva a imaginar que la gestión del subordinado no fraguó porque se hizo con mucha suavidad (a pesar de sus manazas) y dando un rodeo. Eso de tener que aparentar ser tonto para llevarme bien con los verdaderamente idiotas, cada vez me revienta más…..

Comienza un largo proceso en el que se me somete a un tercer grado. Cualquier parecido con lo que viví el día anterior es pura coincidencia. Empiezo a estar hasta los mismísimos. Me da por mirar hacia atrás y colisiono con los ojos bobalicones del paladín de guerra. Se sobresalta y yo me descojono por dentro. Debe tener una gruesa colección de gemelos patrios porque las banderitas que hoy adornan sus puños son otras. De traca.

Pierdo la cuenta de las veces que firmo en esa cosa nueva que llaman tableta hasta que el morenazo me confirma que ya está todo listo. Me anuncia que seguramente recibiré una llamada para hacerme una encuesta de calidad y que, por favor, les evalúe bien ya que hay mucha competencia en su banco. Llega a decirme sin ningún pudor que una puntuación por debajo de 9 es interpretada por sus superiores como bastante baja. Le pregunto si es consciente de las molestias que me han causado y se justifica echando la culpa al sistema informático sin dejar de pedirme un millón de perdones……. No he recibido ninguna llamada en ese sentido.

Lo cierto es que han pasado quince días y ahora no puedo acceder a la supuesta cuenta porque se me dice que la contraseña no es válida después de haberla registrado allí mismo y sobre la marcha, es decir, “a capón”.

En otra entidad bancaria tristemente famosísima cuyo nombre empieza por B de burro y termina por A de arcada, los sufridos herederos también hemos vivido nuestro episodio particular. Aquí nos obligaron a abrir una cuenta mancomunada ofreciéndonos todas las facilidades porque, ya se sabe, “el cliente es lo primero”. Se trataba de que pudiéramos firmar cada uno desde la oficina más próxima a nuestros domicilios para evitar tener que desplazarnos a la de mi tía fallecida.  De momento, todo muy bonito. Empezamos a firmar y, de pronto, un gestor se da cuenta de que cada vez que un heredero estampa su rúbrica, desaparecen las de los que lo han hecho con anterioridad. ¡Magia!.

A partir de ahí, un cubo de comprobaciones, un saco de consultas al resto de compañeros de oficina, un canasto a rebosar de llamadas telefónicas…… Afortunadamente un lumbreras que no se encuentra en mi oficina decide que hay que ponerse en contacto con los informáticos, pues es un fallo de la aplicación. Al cabo de unos minutos se me informa de que para evitar que los garabatos se vayan de paseo tenemos que firmar todos en el mismo día. Lo cierto es que sea verdad o mentira el argumento justificador, hemos tenido que ir tres veces a pintarrajear la pantalla supertecnológica.

Hay un tercer banco en el que también hemos tenido que gestionar nuestra herencia. En este caso se nos convocó en su central madrileña. Un barrio inmejorable, de los más elegantes de la ciudad, todo glamour.  Siempre el mismo trato cargante y demodé. Sonrisas por doquier, tonos de voz apianados y siseantes que pretenden hacerte creer que estás con gentes de bien, educadísimas y dispuestas a hacer lo indecible por defender tus intereses y tu prosperidad económica. Toneladas de mechas y de bisutería Tous. Gominas y cuellos italianos por un tubo. Perfumes empalagosos que en verano deberían estar prohibidos y, en definitiva, una virulenta pereza que se apodera de mi y que me empuja a salir corriendo.

Cada heredero tuvo que enfrentarse a firmar cinco veces en cada uno de los doce documentos que nos pusieron sobre la mesa – por supuesto, obligadamente- y, para no ser menos, la aplicación tampoco funcionaba. Cuando decidió ponerse en acción, la impresora se atascó ante la avalancha de copias en papel. En total dos horas y media en las que se nos ofrecieron como compensación sendos caramelos no aptos para diabéticos y una frase que creo no olvidaré nunca: “acabáis de talar un árbol entero” ¡Tanta fineza y a la vez tan cutres y casposos…..!. Asquito.

Qué decir del responsable de la gestoría que nos lleva la testamentaría…. Elegido por ser el mismo en quien mi tía depositó su confianza en vida y, sin dejar de reconocer que es un hombre cercano, amigable y simpático, lo cierto, es que ha nadado en errores, por lo que “y vuelta la burra al trigo”, hemos tenido que acudir a sus oficinas más veces de las debidas.

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Nada diferente de lo que sucedió en la prestigiosa notaría -por supuesto, en el barrio de Salamanca- el día de la firma de la escritura de adjudicación. En este caso las equivocaciones afectaban a la situación laboral de algunos herederos y, cómo no, a algunas de las direcciones fiscales de los mismos. Divertidísimo: una heredera jubilada aparecía como desempleada y más lindezas por el estilo. Eso sí, el ilustre notario, Mont Blanc en mano, hizo acto de presencia como un actor hollywoodense, vestido al detalle y con muy buen gusto. Todo un gentleman. En un contexto tan uniformado, hipócrita y hostil como el referido, la estética con enjundia, no deja de ser un placer para los sentidos y se agradece.

Todavía no hemos terminado. Nos quedan algunos pasos y la subida al monte va haciendo mella. Prefiero no pensarlo…….

 

Moraleja: Si no quieres ser más esclavo del Estado y de la banca de lo que ya eres, renuncia a tener propiedades, a heredar lo que te pertenece a costa de pagar impuestos vergonzantes y a ser una marioneta para las finanzas. No poseerás, pero serás absolutamente libre y te conducirá la dignidad. Ya se que muchos no entienden esto. Yo estoy convencido de ello, otra cosa es que lo practique…. De borregos están llenos los rebaños…. Al menos, soy consciente.

 

Resultado de imagen de fotos de ovejas negras en rebaños

 

 

FRANCISCO JOSÉ Y CRESCENCIO. (En torno a los quince años).

 

En torno a los quince años queremos disfrutar vigorosamente hasta el último resquicio de cada día sin que nada ni nadie nos lo impida. Solo pensamos en el hoy porque nuestra biología y nuestra mente han roto con el pasado. La sexualidad que hace nada nos acaba de sorprender se coloca, sin pedir permiso, en el habitáculo más goloso de nuestra cabeza –ese que hasta ahora había estado vacío, o casi- ocupando gran parte de nuestros pensamientos y deseos. Solo nos apetece compartir con nuestro círculo de amigos y es cuando más rechazamos el ojo vigilante de nuestros padres y tutores, porque estamos revelando un mundo del que nos creemos dueños y señores. A esa edad nos desquicia la falta de coherencia en nuestros adultos. De pronto, hemos despertado con un afán celoso de defender lo que creemos es un mundo mejor y más justo. El yo despega con una fuerza que nos arranca de aquellas manos protectoras y nos sentimos peleados con casi todo. Afloran los posicionamientos vitales y los que eran nuestros referentes incuestionables, de pronto, han dejado de comprendernos. Nos debatimos en un mar de sensaciones contradictorias, de dudas y también de reafirmaciones. Necesitamos estar tan seguros de nosotros mismos, llevar tanta razón y ser tan descubridores de todo, que cualquier crítica, juicio o llamada de atención nos hace sentir no ya fatal, sino también infravalorados.

A los quince años caminamos por el trecho más inestable y a la vez más trascendente de nuestra vida, porque de el depende nuestro futuro. Por ese puente colgante que une la infancia con la juventud transitamos a través de múltiples vaivenes con una energía desconocida, capaz de sortear todos los obstáculos que nos salgan al paso o de depositarnos en ellos para siempre. Es cuando más aprendemos sobre la marcha. Cuando la ruptura es indiscutible si queremos convertirnos en seres individuales.

Tanto es así que, siendo mayores, al recordar esta etapa de nuestras vidas normalmente nos sentimos felices y vibramos de entusiasmo. Solemos recordarnos con demasiada nitidez y es como más nobles, cándidos e ingenuos nos reconocemos. Ese momento mágico, único e irrepetible nos da forma para siempre. Es un pasaje vital, crucial y hasta heroico por el que todos deberíamos tener, al menos, la opción de cruzar.

Desgraciadamente, en esto, también se producen desigualdades. A Francisco José Vélez Maeso, no se le concedió esa justicia. Era un chico muy tímido y serio, pero cuando le venía la risa, la agarraba con tal brío que brotaban lagrimones de sus ojos. En estas ocasiones siempre escondía su cabeza por debajo del pupitre para que el profesor de turno no le descubriera. Y es que, cuando algo le hacía gracia, no podía parar de reír. Si creía que ya estaba en condiciones de recuperar la compostura, la carcajada le volvía a sorprender congestionándole y escondiéndole cuantas veces fuera necesario para ocultar tanto júbilo. ¡Qué mal lo pasaba Vélez cuando se reía!, ¡con lo que lo necesitaba!. ¡Como si reírse inconteniblemente fuera una falta castigable…!. A veces, qué absurda es esa cosa que llamamos educación…… ¡Mira que obligarte a sentir temor por llorar de la risa!. ¡Habrá sanción más castrante….!

Era delgado y fuerte, sin embargo, no se si por esos vicios posturales que se adoptan en la infancia, por su forma de andar, por una cierta caída de cabeza hacia adelante o por el tipo de energía que desprendía, podía dar la impresión de estar algo así como escuálido. No se explicarlo, pero me daba esa sensación. Su expresión, cuando no reía, era algo tristona y su forma de vocalizar, en ocasiones, impedía entenderle con claridad. La verdad es que era poco hablador y un pésimo estudiante. Su caso era el ejemplo vivo de que hay personas que no han nacido para estudiar –al menos como está establecido que se haga- por mucho que los padres y los docentes se empeñen en ello.

Siempre me dio la sensación de que era un muchacho bastante sensible aunque, en un par de ocasiones, le vi defender a su hermano pequeño como todo un campeón. En esos momentos le salía una bravura que muy pocas veces demostraba.

Francisco José jugaba bastante bien al fútbol. Siendo yo un nefasto jugador –de los que se metían goles en propia portería- la mayoría de las horas de recreo asistía como espectador de mis compañeros, eso si, en nada aficionado. Allí todo el mundo era futbolero y los que no lo eran, tampoco terminaron de convencerme como compañeros de ocio. Vélez jugaba de forma muy concentrada y era difícil quitarle el balón. Cuando lo hacía suyo, inclinaba mucho más hacia abajo su cabeza de forma que me recordaba a esos canes que corretean sin despegar el morro del suelo. Se convertía en otra persona.

Pero su mayor talento, el que nos dejaba atónitos, no era deportivo sino artístico. Probablemente, Francisco José, haya sido el mejor dibujante que yo he conocido. Como en clase se aburría como una ostra, se las ingeniaba para tapar con libros y cuadernos la cuartilla que le hacía feliz. Se pasaba las mañanas y las tardes dibujando todo lo que se le ocurría a base de imaginación. No necesitaba ni papel ni materiales específicos. Con un simple BIC, hacía maravillas de un realismo sobrecogedor. Solo me enseñaba sus creaciones si se lo pedía porque su ego ni estaba alimentado, ni se nutría del elogio. No me cabe duda de que con un mínimo de formación en este campo, hubiera sido un dibujante o pintor fuera de serie.

Hay un momento que compartí con mi compañero y que recuerdo como si hubiera sido ayer. Tras pasar el rutinario reconocimiento médico de todos los años –este fue el último- el especialista que nos miraba por rayos X  le dijo que volviera a ponerse a la cola porque quería examinarle de nuevo con más detenimiento. Francisco se asustó mucho y según me lo contó rompió a llorar. Esta vez no había ninguna alegría en sus lágrimas. Estaba convencido de que tenía algo malo. Le intenté animar pero nos hicieron salir a todos. Al rato entró en clase con los ojos enrojecidos pero más tranquilo. Supuestamente todo había sido una falsa alarma. Yo sabía la razón de su miedo pues en  numerosas ocasiones le oí quejarse al padecer molestias de estómago.

Al curso siguiente, ya en octavo de la EGB, un martes de principios de marzo de 1975 a Francisco José le dolía fuertemente una muela. Faltó a clase el miércoles y el jueves e imaginábamos que estaría recuperándose en casa. El viernes a primera hora de la mañana, según entramos en el aula y antes de sentarnos, Don José Pérez Herrador, uno de nuestros profesores, con el rostro desencajado y notablemente nervioso nos comunicó, como pudo, que nuestro compañero había fallecido.

Al parecer le habían extraído la muela con una fuerte infección que en pocas horas desembocó en una meningitis bacteriana que acabó con él. Fue un mazazo que todavía me cuesta expresar. La mayoría de compañeros le lloramos abiertamente. A los quince años aunque se juegue a ser machote, ante la muerte inesperada de un compañero, quien tenga sentimientos, por muy escondidos que estén, se queda con el culo al aire.

Francisco José era una persona que siempre se mantuvo en un segundo plano pero todos le apreciábamos. Aquella mañana nos dedicamos a digerir aquello en silencio. Recuerdo que reposé la cabeza cubriéndome con los brazos sobre el pupitre porque no podía controlar mis lágrimas. Al cabo de un rato cuando me incorporé, descubrí el estado de ánimo que me rodeaba y esto me sorprendió. Todos los malotes de aquel grupo de cuarenta alumnos estaban literalmente acongojados, incluso más que algunos de los que dentro y fuera de clase solían mostrar un comportamiento ejemplar. Aquellas escenas las he tenido siempre presentes. Nunca me hubiera imaginado que los más broncas, los que siempre andaban enredando, aquellos que suspendían crónicamente o que incordiaban por sistema, fueran a ser tan afectivos. Fue entonces cuando descubrí lo que son las fachadas y lo que a muchos les cuesta mostrar con sinceridad sus partes más “débiles”, es decir, aquellas por las que se es mucho más persona.

La dirección del colegio decidió crear una comisión para ir a dar el pésame a la familia. De nuestro curso nos lo propusieron a José Antonio Villabrille y a mi por haber sido durante meses sus compañeros de pupitre. No recuerdo si se sumó algún otro compañero. Al grupo se unieron alumnos de otros niveles y en la hora de descanso, nos encaminamos junto a D. José hacia la que había sido su casa en la Plaza de España. En el breve trayecto desde el colegio, creo que nadie pronunció una palabra. No se de donde sacamos las fuerzas para afrontar el drama que en aquel hogar se estaba viviendo. Fue nuestro profesor el que en nombre de todos presentó las condolencias mientras que la madre sin dejar de llorar nos relataba el proceso que nuestro amigo había sufrido. Su padre apenas pudo articular palabra. El hermano pequeño nos miraba a todos en silencio con una tristeza que me traspasaba. Antes de despedirnos, nuestro profesor nos preguntó si queríamos añadir algo. Yo no pude hablar y José Antonio tan solo balbuceó un “era muy buen chico”. De vuelta al colegio mientras cruzábamos una calle, don José expresó algo que si bien pudiera sonar a frase hecha, reflejó con absoluta veracidad aquel momento: “esto es espantoso. Verdaderamente, no somos nadie”. Aquella misma tarde o, ¿fue una semana después….?, se le hizo un funeral en la capilla del colegio al que solo asistió su padre. Al parecer la madre se había encerrado en sí misma y se encontraba ya asistida por psicólogos.

 

Un par de meses después nos hicimos una foto memorable de todo el grupo de octavo en el patio del colegio y como despedida del mismo. Mientras posábamos con nuestros profesores, no pude dejar de pensar en Francisco José. Estoy seguro de que a muchos, si no a todos, nos sucedió lo mismo.

Llegaron las vacaciones con la vista puesta en el nuevo plan de estudios que además suponía el ingreso en el instituto. Nada más comenzar aquel primero de BUP y junto a un nutrido grupo de antiguos compañeros, viví situaciones hasta entonces inimaginables: revueltas de carácter político por haberse expulsado a dos alumnos, quema de una bandera nacional e izado de otra republicana, concentraciones disueltas con carga policial decidida por la directora del centro, una catedrática de ciencias famosa por su ideología de extrema derecha y un largo etcétera. El régimen no es que se tambalease, más bien, ya se había derrumbado. Faltaban 13 días para que el dictador muriera y en medio de aquel caos, otro mazazo nos volvió a petrificar.

Probablemente el más joven de todos los alumnos de mi grupo, un chaval al que no me dio tiempo a conocer como me hubiera gustado, pero que no escapó a esa observancia que me caracteriza…… Un chico de aspecto humilde, de semblante bonachón, sonriente y de indumentaria un tanto anticuada. Un muchacho que desde el primer día hizo piña con los que se asemejaba y que, curiosamente, resultaron ser alumnos brillantes que ni querían, ni se podían permitir el lujo de ir a clase para perder el tiempo. Hablo de Crescencio Sierra Barba.

Otra vez un viernes. Tenía trece años a punto de cumplir catorce, cuando aquella mañana se disponía a ir al instituto. Al entrar en el vagón de metro de su estación de siempre, la de Quevedo, se le cayó su BIC al andén. Otra vez un BIC….. En un movimiento reflejo para recogerlo se cerraron las puertas del convoy. Quedó aprisionado mientras el tren arrancaba y falleció en el acto. Su padre, irónicamente, era empleado de metro y su madre trabajaba como portera en la casa de la calle de Fuencarral, 145, donde vivía la familia. Otra portería……. Los padres de Francisco José, también eran porteros con derecho a vivienda. Una hermana de Crescencio había fallecido unos meses antes a causa de otra meningitis……., como Francisco José….. Cuanto dolor sufren algunas personas y cuantos sueños de vida y de futuro cercenados por la voluntad de un Dios bueno. Cuantas coincidencias……

 

Aunque no dio lugar a intimidar con Crescencio, la aflicción y la perplejidad se apoderaron de todo el aula. Aquel día no se dio ninguna asignatura y hasta el catedrático más hueso y odiado de todo el instituto, el matemático Sr. Navarro, estimó que lo más apropiado era suspender su clase.

La primavera y el otoño de aquel año me azotaron inolvidablemente. Éramos demasiado jóvenes como para poder reflexionarlo entre nosotros, pero estoy convencido de que cada uno lo encajó como pudo y que aquellas muertes salvajes e inesperadas, en alguna medida, nos conformaron a todos.

Desde entonces siempre que he escuchado la célebre frase “no somos nadie”, me ha venido la imagen de mi viejo profesor pronunciandola y el recuerdo de Francisco. Al cabo de casi cuarenta años, en el reencuentro con un nutrido grupo de compañeros que también vivieron aquellos días, he podido constatar como su recuerdo sigue vivo.

Creo que de estos sucesos me vienen el conocimiento y la convicción de que no hay edad para morirse y de que nos podemos ir en un instante. Además, es algo que deberíamos tener en cuenta. Me parece que de ser así, todo lo que hagamos en la vida tendrá mucho más sentido, peso y fundamento.

Respeto a esas personas que ni afrontan, ni tan siquiera quieren hablar de la muerte, esas que temen un mal fario con solo pronunciar la palabra, pero no puedo evitar una cierta compasión por ellas. Me parece que están en este mundo sin saber para qué. Entiendo que la frivolidad es humana, pero que la insustancialidad sea tal que no nos permita aceptar el único destino cierto que tenemos, me parece un exceso.

En mi caso creo no fanfarronear si digo que cuento siempre con esa señora que a todos nos lleva. Si hay algo que me enseñaron las muertes de Francisco José y Crescencio  fue a amar la vida sin incrustarme en sus trampas. Sin duda esta es la razón por la que me conmueven y me llenan de satisfacción  las cosas pequeñas y los gestos íntimos. La misma que me empuja a la sonrisa y a sentir pudor, cuando presencio las enormes tremendidades que me rodean.

Por todo ello hace tiempo que decidí guardar para siempre el anhelo de medrar y pretender irreprimiblemente. Para mi vivir es respirar hondamente cada instante e interiorizarlo. Es llenarme o, al menos intentarlo, de la vivencia que me libera de ser fatuo e inhumano. Es saber que el mejor proyecto es una sonrisa y que el éxito más arrollador es una mano tendida. Es decir “no” cuando sea necesario y llamar a las cosas por su nombre. Es buscar en mi propio ser y no aferrarme a lo que me hicieron creer que era.

Otra cosa, aunque sin expirar, sí que sería morir cada día. Eso creo.

 

 

EL VACÍO QUE ME ACOMPAÑA.

He pensado en ti durante toda mi vida.

Imaginé millones de veces lo que hubiera sido todo.

Cuando me enteré siendo muy niño te convertiste en mi primera obsesión.

Pasé años hablándole a todo el mundo.

Miré tus pocas fotos hasta quedarme sin vista.

Por mucho tiempo sentí la obligación de visitarte todos los noviembres con una flor.

Me gustaba llamarme como tú.

Llegué a creerme tu sucesor.

Vine a ocupar tu espacio y eso me llenó de responsabilidad sin que nadie me lo exigiera.

Te he necesitado una barbaridad.

En numerosas ocasiones me han faltado tu parecer, tu consejo, tu mirada, tu sonrisa, tu enfado, tu recriminación y hasta tu autoridad.

En las encrucijadas siempre tuve que conformarme con imaginar lo que me dirías.

Soñé con tu mano sobre mi hombro y con tu abrazo incondicional.

He sentido culpa y deuda

Me peleé con la vida por ser tan injusta y canalla contigo.

Escuché sobre ti  todo lo que quisieron contarme.

Todos están de acuerdo en que fuiste el bebé más guapo que han visto.

Más de una voz coincide en que tu expresión era de adulto.

Quizás por eso te fuiste, porque eras demasiado mayor.

Yo no. Yo vine sin saber nada y aprendí sobre la marcha y como pude.

Estuve rodeado de feminidad y eché en falta una masculinidad confidente.

Siempre me dio la sensación de que tuviste que irte para que yo viniera. De ahí mi deuda y mi culpa.

De haberte quedado, ¿yo hubiera venido?. No lo se, pero intuyo que no.

Alguien muy querido le dijo a nuestra madre que no te pusiera Miguel de segundo nombre porque “a los niños no se les debe poner el nombre de un familiar muerto”. Te llamaste como nuestro abuelo materno.

Deseo que hayas tenido el privilegio de encontrarte con él. Fue criticado por algunos de los que no pudieron ser dichosos a su lado. Nadie es perfecto, pero tú y yo sabemos que también tuvo grandes virtudes. De vivir hoy, sería un hombre como muchos y sus “pecados”, al compararlos con los que ahora aceptamos de forma natural, pasarían por veniales.

A mi de segundo me pusieron Francisco, el nombre del abuelo paterno. Aunque no fue una persona con la que yo me identificara demasiado, llamarme así, nunca me ha preocupado.

Me gustaría saber qué habrás pensado al presenciar mi vida y espero que seas benevolente. He cometido demasiados errores y mi oscuridad, en verdad, me ensombrece.

¿Cómo de perfecto y de imperfecto habrías sido?.

¿En cuál de los dos apellidos estarías más cómodo ?.

¿Qué te tiraría más, lo gaché o lo gitano?. ¿O en esto serías como yo, nada y todo de ambos?.

Siempre me pregunté cómo hubiera sido nuestra familia si hubieras estado.

¿Por qué este mundo te interesó tan poco?. ¿Por qué tu vida fue tan fugaz?.

¿Viniste por equivocación o fui yo el equivocado?.

¿Hubiéramos sido parecidos o demasiado diferentes?.

Solo me llevas diez meses.

En el colegio te necesité. Imaginaba que serías más fuerte y más valiente que yo.

Fui un niño sensible y algo miedica. En los primeros años te pedía de pensamiento que me defendieras siempre. La verdad es que, al final,  apenas me dieron motivos para necesitar tu ayuda.

Me gustaría saber si me echaste un cable alguna vez y en qué momentos. No lo se y ese dato me ayudaría a sentirte más próximo.

Posiblemente contigo cerca, hasta me hubiera gustado jugar al fútbol.

¿Sabrás cuantas noches de insomnio infantil imaginé que charlabamos compartiendo habitación?.

Lo que hubiera dado por revelarte mis primeros deseos quinceañeros y el día que jamás se olvida en la vida, el del estreno.

¿Como serias ahora?.

Lo pienso y se me pone la carne de gallina….. Lo que te quiero sin conocerte. Lo que te añoré sin haberte tenido nunca. Lo presente que estás en mi.

¿Sabes que nuestros padres llegaron una noche profundamente conmovidos tras visitar a un recién nacido parecidisimo a ti?. Mamá no se atrevía ni a expresarlo, pero lo pensaba. Por eso lloró aquella noche. El niño, al igual que tú, se fue en un mes.

Se que de haber crecido juntos todo hubiera sido diferente aunque ignoro los derroteros que habríamos tomado. Quién sabe….

También te envidio.

Cada día que pasa me inquieta más este mundo. Mejor dicho, me aterran muchos de nuestra especie. Tú te libraste, pero yo sigo aquí. ¿Te fuiste porque sabías que esto no te iba a gustar?.

¿Fuiste cobarde o fuiste valiente?

Mi llegada se celebró porque de nuevo venía un varón. ¿Tú también la celebraste?.

Me tocó bregar con la enfermedad hasta los once años. En esos momentos también pensaba en ti.

Dime, ¿te fuiste porque ya venías de vuelta?.

Lo peor fue la adolescencia. Me la pasé necesitando a alguien de mi plena confianza y con los amigos no me sentía suficientemente respaldado.

En aquella época muchos días fantaseé con la cantidad de secretos que nos podríamos haber guardado el uno al otro y de cómo nos hubiéramos defendido mutuamente ante la incomprensión de nuestros padres. ¿O eso quiero creer?.

Nuestras hermanas poco podían hacer. A ciertas edades los temas son de chicos o de chicas.

Por más que te imagino, nunca llego a saber en qué acierto.

Pero sigues llenando mi pensamiento. No sé si perderé el tiempo en construirte. Si sacaré algo en limpio. Lo hago porque lo necesito. Siempre lo necesité.

Como te dije antes, nunca me abandonó la sensación de que vine para sustituirte. Por eso te pienso tanto.

Nuestra hermana Milagros si que te conoció y hasta se acuerda de ti. Ella tan solo tenía 4 años. Hace unos días nuestra tía Carmen, tu madrina, le escaneó una foto que no conocíamos del día de tu bautizo. Estás en brazos de ella mientras que Milagros te observa sonriéndote. Es preciosa y te confieso que al verla se me ha vuelto a remover todo por dentro.

Ahora se me acaba de encoger el corazón. No tiene que ver contigo pero te lo cuento porque estoy solo sentado en una terraza. He levantado la mirada de la tablet en la que te escribo justo cuando una chica muy delgada y vestida con ropa que le está demasiado grande ha pasado por delante, mirando fijamente a una mesa vacía en la que unos chavales se han dejado parte de los aperitivos que les habían puesto. De inmediato me ha mirado y lo mismo a otro grupo de personas. Ha seguido su camino. Tras unos pasos se ha vuelto a mirar a la mesa. Sus ojos y los míos han chocado. Creo que esa chica tenía hambre y nuestra presencia le ha impedido comerse las aceitunas y las patatas fritas. Cuando yo era niño más de una vez vi a personas que no tenían inconveniente en comer en público las sobras que otros dejaban. Ahora que nos creemos más libres, los que pasan hambre no se atreven a hacerlo por miedo a ser observados. Es lo que ha traído el educar solo para el éxito y el rendir obsesivamente culto a la imagen. No es políticamente correcto pasar hambre y mucho menos comerse lo que otros dejan. En este primer mundo, fracasar en la vida da tanta vergüenza como ser repudiado por delinquir sin alevosía.

Tú también sufriste la presión externa y esa es la verdad tangible de tu partida. La repugnante presión que nos destroza. La que nos distancia de lo que somos y de lo que deseamos. En tu caso fue tan canallesca que te expulsó de la vida porque un tarado coronado de pediatra se empeñó en que te alimentaras de una leche demasiado baja en nutrientes. Nuestra madre luchó contra esa fijación sabedora de que no podía proporcionarte el alimento más óptimo, pero como aquella acémila era un poseído de si mismo, de su sabiduría y de su ciencia, la hizo dudar y hasta consiguió que mamá se sintiera culpable de no quererte alimentar. Tu pérdida de peso y tu anemia galopante no fueron suficientes para que ese terrorista de la salud entrara en razones. El individuo se salió con la suya y se fue de rositas. En aquella época todos los médicos eran dioses. La verdad es que, para muchos, todavía siguen siéndolo.

A pesar de todo nuestros padres reaccionaron llamando al otro médico, el que posteriormente me salvó y sacó adelante a nuestra hermana Mercedes e incluso a nuestro primo José, García Andrade, pero ya era demasiado tarde.

Nunca he soportado que no pudieras disfrutar de la misma suerte que nosotros.

 

Vuelvo a levantar la mirada y descubro a tres gorriones que se están dando el festín picoteando las patatas. No sienten vergüenza. Afortunadamente para esto y, seguro que para otras muchas cosas,  son animales irracionales.

Pienso en la chica. Está demasiado delgada. Aún así no tiene mal aspecto. En su cara no hay tormento, al contrario, va como sonriendo. Ya me estoy montando una película sobre ella.

Contigo es diferente. No paro de esculpirte en mi imaginación. Pero ni te tengo ni te tuve nunca. Lo se y no estoy loco.

No, tampoco es verdad. Claro que te tuve. Siempre. En mi pensamiento y en mi corazón.

Te fuiste cuando ya no pudiste más. En silencio, sigilosamente, dejando tu recuerdo en la atmósfera de tu dolorida familia para que yo lo abrazara. La incógnita más ingente de mi vida

A mis 56 años que serían tus 57, aún me empeño en crearte y en recrearte. Mi primera obsesión ha derrotado a todas las que luego vinieron.

Y todo porque muy pronto supe que Ignacio Miguel  fue mi hermano mayor y que se despidió diez meses antes de que yo naciera.

Si puedes recíbeme cuando vaya. Tengo tantas ganas de conocerte….. Mis contradicciones…. Quiero creer, pero lo cierto, es que no lo tengo nada claro.

“Dos hermanos muertos se conocen en el más allá. En el más acá fue del todo imposible”. Suena a chiste.

Perdona, Miguel. En el fondo soy un frívolo. Ya termino. No quiero aburrirte más, pero quiero que sepas que de todos mis sueños, eres el más despierto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PICAPICA EN EL REAL. (Entre la crónica y la opinión).

Un Viernes de Dolores, hace la friolera de 40 años, me tocó vivir en mi amado Teatro Real la velada más siniestra, tensa y caótica que en semejante recinto pueda imaginarse.

Aunque oficialmente la Semana Santa no había comenzado, aquella tarde ya era festiva para la mayoría de los melómanos que allí nos congregábamos. Durante muchos años este día dio la bienvenida a un concierto que por su grandiosidad, se esperaba como uno de los más importantes de la temporada. Todo un acontecimiento en el haber musical madrileño de la época.

Al evento solían acudir además del público abonado de los viernes –rancio, casposo, viejuno, estirado y aireado de grandeza hasta decir basta- lo más granado de la vida cultural y política de la capital, por lo que siempre despertaba un considerable morbo en los críticos, en los aficionados del paraíso –entonces, mal llamado anfiteatro- y en los pocos estudiantes que por allí pululábamos con carné del teatro. Al ser concierto de temporada la misma programación se repetía el sábado por la tarde y el domingo en la mañana, este día a precios “populares” y con un rebaje en la etiqueta de los profesores de la orquesta y del director. Es cierto que el público más característico de la España de la pompa y de la circunstancia, del mirar por encima del hombro y del “como Dios manda”, era el de los viernes. Un público que nunca se hubiera sentido cómodo ante músicos vestidos de media etiqueta dominguera y mucho menos entre un público distendido e “informal” al que se le privaba del derecho al disfrute visual de una orquesta ataviada –la mayoría de sus miembros era aplastantemente masculina- con el ropaje que objetivamente resulta más elegante en el varón, esto es, el frac. Las poquísimas profesoras de la orquesta disfrutaban del privilegio de vestirse sin uniformidad los tres días, eso sí, sin salirse del color negro, siempre a la altura de las circunstancias y con el debido decoro. ¿Qué pensarían aquellos aficionados de lo que sucede hoy, cuando numerosas agrupaciones musicales de primer orden llevan tiempo con sus galas colgadas en una percha?

Lógicamente quien solía poner no se si un broche de oro o un punto y aparte con su asistencia era la Reina Sofía, a la que el público en general, recibía con una respetuosa ovación que se percibía más calurosa los domingos y que, de tanto en tanto, quedaba interrumpida por el Himno Nacional. He de decir que en estas ocasiones ella resultaba ser la persona más normal y sencilla –sobre todo entre las mujeres- al compararla con ese grupo de élite que se apiñaba en el patio y la platea. Nunca jamás hacía uso del palco real a no ser que el concierto tuviera carácter oficial, ocupando un pequeño palco de proscenio del entonces entresuelo (hoy principal) que, sin duda, era una pésima localidad tanto desde el punto de vista de la acústica como de la visibilidad. Solía asistir a este concierto y a otros, acompañada de su hermana Irene o de las infantas. Obviamente a los varones de su familia la música les gustaba bastante menos que el fútbol, pues no aparecían por el teatro y se dejaban ver frecuentemente por los estadios.

Aquel día nadie podía sospechar que La Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach interpretada por la Orquesta Nacional, cantada nada más y nada menos que por el Orfeón Donostiarra, la Escolanía del Colegio de Nuestra Señora del Recuerdo y dirigida por el inolvidable maestro Rafael Frühbeck iba, más que a sonar, a ser sonada. Supongo que entre los responsables del teatro y del conservatorio algunos conocían la sorpresa que nos deparaba aquella tarde y que una mano precavida debió llamar a Zarzuela porque, rompiendo la tradición y, me consta que se contaba con su asistencia, Su Majestad brilló por su ausencia. Si hoy al recordarlo nos puede producir risa lo que allí sucedió, in situ nos provocó confusión, bastante tensión y hasta miedo.

Aquel 1 de abril de 1977, a causa de la larga duración de la obra, el concierto se había programado, como en años anteriores, una hora antes de lo habitual. Yo llegué con el tiempo justo para apostarme de pie en los ventanales de estudiantes y poder dominar con mis ojos a la mitad de la orquesta y de la masa coral. Todo un lujo por veinticinco pesetas. La sala estaba a rebosar y como casi todos los viernes tuve el placer de encontrarme con mi buen amigo y compañero de instituto, Ricardo Moyano, un guitarrista argentino que ya entonces era excepcionalmente bueno y que actualmente imparte su magisterio en el Conservatorio de Estambul como profesor de música clásica europea, sin dejar de dar conciertos. Hace tantos años que no le veo…. Recientemente he leído una entrevista en donde comenta como está la situación en Turquía y las pocas esperanzas culturales y de vida libre que allí quedan. Me entristece saber que no lo está pasando bien, sobre todo, cuando fue el amor a la que hoy es su esposa y la atracción que le produjo aquel lugar -una de las ciudades más fascinantes del mundo- lo que le condujo hasta allí. Ojalá pueda salir pronto con su familia. Sería el segundo exilio de su vida. El primero lo vivió junto a sus padres y hermana, cuando la junta militar argentina sorprendentemente y sin dar explicaciones, dejó libre a su padre, el prestigioso escritor Daniel Moyano. Esa y no otra fue la razón por la que esta familia a mediados de los setenta, aterrizó en Madrid a toda prisa y casi con lo puesto.

Como decía, el asombro y el desconcierto, nunca mejor dicho,  comenzaron una vez apagadas las luces y al dar inicio los aplausos de bienvenida a los numerosos solistas y al maestro en su camino hacia el podium. En ese momento un grupo de estudiantes de música situados en diferentes posiciones de las zonas altas comenzaron a gritar y a silbar al unísono. Los vociferantes emitían consignas contra la dirección del Conservatorio Superior de Música y algunas personas del público que ocupaban butacas del “paraíso”, cambiaron el sentido de sus aplausos en apoyo a los jóvenes, apostillando con sus voces e invitándoles a mantener la lucha y a defender lo justo. La reacción se produjo de inmediato en las zonas “nobles” de la herradura cuando Frühbeck intentaba saludar con una sonrisa espléndida sin poder atraer la atención del respetable que se debatía al modo español, es decir, de forma cainita y pronunciando exabruptos que evitaré reproducir: “¡A estudiar, que es vuestra obligación!”, “¡rojos, comunistas!”, “¡fuera, fuera, fuera!”. El sector revolucionario no se achicó: “¡fascistas!”, “¡esquiroles!”, “¡fachas!”, “¡carcas!”. Abajo: “¡eso lo será tu padre, desgracio!”, “¡venga, gallito, a que no hay reaños de salir a la calle…..!”. El griterío visceral había llegado a un volumen ensordecedor cuando el director decidió dar la espalda al aforo, es decir, obedecer al otro sector del público que ya con nerviosismo reclamaba el comienzo del concierto siseando o gritando también: “¡pa-sión, pa-sión, pa-sión…..!” sin dejar de ovacionar a los artistas que llenaban el escenario.

He de confesar que cuando Frühbeck levantó su batuta y sonaron los primeros acordes, yo tenía literalmente mis testículos a la altura de la nuez. Nunca había presenciado una bronca de este calibre en un recinto cerrado y casi en penumbra. Aquello imponía y mucho. Por un momento miré a Ricardo y a las personas que me rodeaban –varios de ellos formaban parte de la protesta- y me dio la sensación de que los que teníamos como único objetivo disfrutar del concierto, estábamos bastante asustados. Pensé que la decisión del maestro era acertada y que con ella apaciguaría a las fieras, pero lo más peligroso estaba por llegar.

De pronto muchos de los chillidos fueron sustituidos por fuertes estornudos que en un instante se apoderaron de toda la sala y hasta de los músicos y cantantes. Se había puesto en marcha el plan B de la revuelta. Al no poderse suspender el concierto –al cabo de unos días otro alumno no participante, me aseguró que esa era la pretensión- se esparció por la caldeada atmósfera del coliseo una ingente cantidad de polvos picapica. Creo que nadie se libró de sentir ese picor en la nariz que te arranca la sacudida inevitable. En este estado de gripe solidaria la temperatura del ambiente llegó al tope del termómetro. El director hacía oídos sordos a todo lo que ocurría detrás de él, los solistas estaban petrificados ante semejante espectáculo. Recuerdo que una de las sopranos, seguramente presa del pánico, en un momento determinado le hizo un gesto con la mano mientras uno de los bajos (el Sumo Sacerdote) se tapaba la boca con un pañuelo sofocando el sonido de sus espasmos, pero Frühbeck estaba decidido a continuar. Los niños de la escolanía miraban al público sin muestra alguna de preocupación y con la disciplina que siempre les había caracterizado.

La situación había alcanzado su punto más álgido cuando por las puertas laterales del paraíso comenzaron  a entrar policías de la secreta en busca de los alborotadores. Para entonces era imposible concentrarse en el escenario ya que los gritos, los insultos, las toses, los abucheos y el pateo generalizado nos impedían a los más pacíficos escuchar relajadamente la música y hasta poder llevar el hilo de la bronca. Algunas personas decidieron abandonar el recinto arriesgándose incluso a tener un accidente. Caminar haciendo equilibrios entre los pies de los asistentes por las filas de butacas escalonadas de aquel anfiteatro con total ausencia de medidas de seguridad, atestado de público, a oscuras y en medio de aquel tsunami, podría tener consecuencias trágicas.

Si bien es cierto que la presencia de la autoridad tuvo el mismo efecto que el gesto del director de orquesta cuando ordena acatar un piano de la partitura, siguieron sonando voces en solitario destacando las de un individuo que teniendo más protagonismo que los cantantes solistas, esta vez desde las alturas, se enfrentaba a los “revolucionarios” con demasiada vehemencia. La policía fue desalojando poco a poco entre murmullos incesantes y silbidos  a lo largo del transcurso de la monumental obra y casi hasta el descanso. Aquella tarde-noche el sobresalto reinó absolutamente por encima de Jesús, el Sumo Sacerdote, de Pilatos, de Judas Iscariote y demás protagonistas. El grito de una mujer cuando ya íbamos rozando la paz provocó carcajadas y jocosos vítores en una concurrencia perpleja: “¡Me han pegado!”. Estupefactos volvimos a quedarnos cuando asistimos al prendimiento del ardoroso defensor del orden establecido. Resultó ser uno de los cabecillas de la rebelión, encargado de testar por donde respiraba el público haciéndose pasar por un conservador a ultranza.

Poco a poco y según los policías fueron desalojando a los protagonistas de los sucesos, fuimos tranquilizándonos. Cuando llegó el descanso todos los comentarios que escuché versaban sobre lo acontecido fuera del escenario. Hubo opiniones para todos los gustos pero como casi siempre sucede, los más extremistas de un lado y de otro, resultaron ser una minoría. La mayoría alababa la actuación de los músicos y cantantes por la ejemplaridad y dignidad de su comportamiento, sin dejar de entender y hasta de apoyar a los estudiantes.

A la vuelta del intermedio, muchos habían decidido abandonar el teatro por miedo a que se repitieran escenas parecidas. Había localidades vacías en todos los pisos, por lo que pude sentarme como un gran señor en una butaca centrada del paraíso y, así, disfrutar de todo lo que Bach y los intérpretes nos tenían reservado. Si escuchar concentradamente en la primera parte había supuesto una carrera de obstáculos, ahora, dominando visualmente el grandioso escenario, decidí entornar los ojos y suspenderme en la sublimidad de los coros. Pude tocar a Dios sin creer en él. Pocos son los que han conseguido ascenderme a semejantes cotas y este genio del Barroco es uno de ellos.

 

Comentarios de Fernández Cid sobre la primera protesta . ABC

Dos semanas antes los estudiantes del conservatorio ya habían protagonizado un conato de protesta cuando el maestro Fritz Rieger se disponía a iniciar su concierto. En esta ocasión se pronunciaron voces acompañadas de lanzamiento de octavillas, igualmente desde las localidades de estudiantes. La cosa no fue a más y el concierto se desenvolvió sin problemas. Lo que los incipientes músicos daban a conocer era la decisión de encerrarse dentro del edificio –entonces las dependencias del Conservatorio se encontraban dentro del Teatro Real- como protesta al Decreto-Ley de 28 de febrero de aquel año. Se advertía de lo siguiente: “El decreto-ley de 28 de febrero, que regula las enseñanzas en bachillerato, margina la formación musical situándola en un nivel de consideración todavía inferior al de las asignaturas conocidas como marías. Llegando a la incongruencia de admitir que la música sea impartida por profesores no músicos. Aparte de lo que esto supone para la formación cultural del país, significa cerrar una puerta más a las posibilidades de trabajo de los músicos, que solo en Madrid alcanzan un nivel de paro del ochenta por ciento”.

 

Comentarios de Fernández Cid en ABC sobre el día de autos.

Se le congela a uno la sangre al caer en la cuenta de que los problemas de nuestro país siguen siendo los de siempre. Cuando se constata que los poderosos despreciaron y desprecian la cultura y la educación y que en España el odio de éstos hacia un pueblo culto y educado es crónico y está inoculado. Han transcurrido cuarenta años desde el inicio de eso que llamamos democracia y los cambios en este sentido apenas son perceptibles. Da la sensación de que el tiempo no pasa. Y lo que es peor, a costa de repetirse este ultraje a la inteligencia se ha instalado como norma social hasta tal punto que ser músico o artista en general, es sinónimo de ser nada. De ahí el devastador o cismático efecto que produce en la mayoría de las familias españolas la noticia de que un hijo o hija deseen formarse en cualquier disciplina artística. Aquí o se nace para ser currito, funcionario, médico, abogado, ingeniero, informático….., o no se nace. En el mejor de los casos aparecen esos “abnegados y amantes” padres que dicen a sus hijos: “no me opongo, pero antes de nada, haz una carrera….”. ¡Como si estudiar arte dramático, música, canto, danza, pintura…… fueran pasatiempos para gentes sin honor!!.

Respiro hondo.

Me pregunto si los jóvenes que han tenido la gran suerte de nacer en el seno de una familia para la que las artes son un bien de primera necesidad, sabrán lo afortunados que son. Es cierto que la mentalidad de hoy es más abierta, pero queda tanto por recorrer……

Nunca entendí la perdurabilidad de esta cerrazón en una nación que ha dado tanto arte al mundo. Confieso mi envidia si establezco la comparación al conocer jóvenes extranjeros, incluso de familias acomodadas, que no tuvieron ni la más mínima oposición en sus progenitores al decidir desarrollarse como artistas o estudiar todas esas disciplinas englobadas en las humanidades que, supuestamente, tienen pocas salidas o no contribuyen ni al “progreso”, ni al crecimiento económico de quienes las ejercen. Esas carreras que desde una falsa creencia, “no son prácticas”.

Aquella Pasión según San Mateo se nos quedó grabada en la memoria a todos los que de una forma u otra participamos en ella. Nunca pude compartir la conclusión a que llegaron muchos asistentes, entre ellos, Don Antonio Fernández Cid, uno de los críticos musicales más insignes de aquella época, cuando un día después declaraba en ABC : “se ha cometido un delito de lesa música y eso no puede aplaudirse”. Pienso que cuando la ley perjudica al pueblo, es este el agraviado. Por consiguiente, en esta ocasión, moralmente todos estábamos obligados a solidarizarnos aún a pesar de haberse malogrado el concierto más esperado.

Alguien dijo, no recuerdo quién, que el Teatro Real de Madrid era la caja de resonancia de todo el país…. Estoy de acuerdo. Son muchas las manifestaciones que allí he vivido en este sentido. Si en el aire del coliseo de Los Caños del Peral se percibe el latido y el sentir de los españoles a través de los años, en su aforo se sigue expresando lo que el pueblo lleva dentro.

La última monumental bronca que he presenciado en el Real y en la que participé –los años me arrancaron el miedo y a la Reina Sofía también porque allí estaba- fue contra el ministro Wert, en el tan deseado homenaje a la Gran-Diosa Teresa Berganza, pero no contaminaré este relato hablando de semejante advenedizo al poder y destructor de la cultura.

 

Imponente interpretación de Ricardo Moyano. Bach.

https://youtube/XlvGctZRgCE

 

 

 

RETRATO DE UN INSTANTE QUE YA PASÓ Y ALGUNA COMIDA DE TARRO.

Sábado, 3 de septiembre de 2016.

Pepa y yo nos trasladamos a Madrid porque nos apetece ver la última película de Almodóvar. Forzosamente tenemos que hacer 50 kms ya que en los cines de Collado Villalba (la capital de la sierra), no aparece en cartel. Antes había dos centros comerciales con salas –mira que me jode tener que entrar en un centro comercial para ir al cine- pero de uno de ellos, afortunadamente, hace tiempo que las quitaron.

Nos ha extrañado mucho que esta película solo se exhiba en dos cines de Madrid. En los Conde Duque – Verdi, de Alberto Aguilera solo a las 22:00h. con subtítulos en inglés y en los Princesa exclusivamente a las 16:00h., en versión original.

Según vamos bajando por la A6 voy dándole a la perola. De capital a capital o, mejor dicho, de capitalita a capital….. A la primera Almodóvar no llega aunque sea el centro comercial, industrial y turístico de toda la Sierra de Guadarrama (Galapagar, Valdemorillo, Torrelodones, El Escorial y su San Lorenzo, Guadarrama, Los Molinos, Cercedilla, Collado Mediano, Moralzarlal y los que se me olvidan…..). A la segunda y a cuatro meses de su estreno (dos de ellos  han sido época vacacional), el film solo llega a dos cines y en cada uno de ellos a una sola sesión. Aquí las cifras se disparan. Hablamos de una ciudad de 3,2 millones de habitantes y de un área metropolitana de más del doble, en total 6.464.078 (datos de 2015). No me miro por el espejo retrovisor, pero creo que se me está frunciendo el entrecejo.

De paso y por no obsesionarme, comento con Pepa lo que me parecen malas costumbres que se están implantando en la conducción. Es obvio que, por ejemplo, cada vez menos conductores utilizan los intermitentes y, como casi siempre, muchos de ellos –por Dios, que nadie se de por aludido- llevan coches de tres marcas alemanas que, en sus manos, encarnan la pre-potencia sobre ruedas. Insisto, digo muchos, demasiados, pero no hablo de todos. Los mismos que suelen pegarse, dar las luces para que te apartes, saltarse los límites de velocidad, no respetar la distancia de seguridad, invadir dos carriles………. A poco que seamos observadores nos daremos cuenta de que estos amos de la carretera, en su mayoría, no conducen automóviles sino “prepobólidos”. Sería muy interesante hacer un estudio sobre el fenómeno y especialmente sobre los especímenes que los manipulan, de sus perfiles psicológicos y del concepto tan anémico y poco acertado que tienen no ya de la imagen asociada a un supuesto “estatus”, sino  también, de lo que es el respeto a los demás conductores, su observancia de la seguridad, el cumplimiento del código y de los límites establecidos. Echar un vistazo a algunos de esos “prepopilotos” cuando ponen pie en tierra –decir algunos, insisto,  no es decir todos- es más que suficiente para saber con que tipo de gente nos la estamos jugando.

Llegamos a Madrid una hora antes del comienzo de la peli. La ciudad está petada. La mayoría de los veraneantes han regresado y acaban de cobrar. Damos un montón de vueltas. No hay forma de aparcar. Nos vamos cerciorando de los aparcamientos públicos por si acaso. Otra vuelta, y otra y otra…. Nada, al final, parking… Es el precio añadido que hay que pagar en esta ciudad por vivirla, trabajarla o disfrutarla si un día determinado te da pereza o no te conviene hacer uso del transporte público. Las terrazas a tope, dobles de cerveza y combinados por un tubo y venga de prepobólidos y de prepopilotos que desde una altura y una anchura obscenas invaden espacios públicos en los que no caben y, por supuesto, a costa de ensuciar la ciudad y el planeta.

Al llegar a la entrada del cine un cartelón en taquilla nos informa: “venta de entradas en el interior”. Se ve que no hay o no se quiere gastar dinero para pagar suplencias… Me pregunto si esto habrá sido así durante todo el mes por las vacaciones de la persona en cuestión ……….

Llegamos al bar o más bien a la fábrica de palomitas y sacamos nuestras entradas. Nos dan la fila 8 de 10 que hay en total. Pepa pide centradas y a ser posible de pasillo. Una vez dentro te entra la risa, aquello es tan estrecho que todo es centro.

El jefe lo tiene bien pensado: compran la entrada y de paso consumen…. Antes, al menos, te invitaban a hacerlo en pantalla después de la publicidad… “Visite nuestro bar”. Le digo a Pepa que no cuela, que nos tomamos algo fuera, bueno no, que el bar La Flor es muy cutre, mejor en el que está un poco más allá. Tenemos quince minutos. Nos da para atragantarnos con un Acuarius de limón, a ser posible.

Volvemos a paso ligero. Mi chica se compra un tonel de palomitas –ella no concibe ir al cine sin atracarse- y nos acomodamos en nuestras butacas. Las salas comerciales se han posicionado en el extremo opuesto de los prepobólidos. Cuando uno entra en ellas, se tiene la sensación de estar en el salón de casa, solo que en feo. He conocido salones privados en algunos barrios “señoriales” de Madrid más grandes. Estas salitas como que le restan categoría a la película, sobre todo, si es buena. Son como un marco barato que rodease a un lienzo importante…. Hecho de menos aquellas macro salas llenas de “prepotencia” de la Gran Vía, de Fuencarral…. con sus artesonados, sus butacas forradas de terciopelo, su olor a cine, sus pantallas gigantes que pretendían hacerte creer que aquello era un teatro de otra manera, cuando para ver lo que allí se proyectaba, antes de nada se abría un telón. Qué decir de los cines de sesión continúa, en los que por diez, quince o veinte pesetas veías dos películas formidables y echabas la tarde con tus amigos del cole. Aquellos en los que los enamorados se escondían para hacer manitas, darse un piquito o algo más y a los que acudían personas para poder estar calentitos en invierno al menos una tarde a la semana. ¡Lo que darían hoy muchos por poder acudir a un cine de sesión continua…..!

En la salita de estar, además de nosotros, hay otra pareja y una chica. ¡Cuánto me alegro de que entre tan poca gente haya una chica sola!. Eso si, se nota demasiado su soledad…. En esto el siglo XXI está resultando ser igual que el XX. Ésta es una chica valiente y sin prejuicios, al menos, eso quiero creer. Pepa y yo flipamos por la escasa afluencia. ¿Nos habremos equivocado de ciudad?. ¡A ver si no va a ser esta la sala sino la de al lado…..!

Se apagan las luces y tras la consabida publicidad, comienza la peli. Justo entonces entra otra pareja, luego otra. Nada mas comenzar entran dos parejas más. Parece que el cine no invita a las singles pero tampoco a los singles… Aquí tampoco hay paridad..¿es que no va a entrar ni un tío solo?. Otra pareja y finalmente otra. Estas, aunque han llegado tarde, pueden engancharse al argumento sin problema. Almodóvar ha dotado a su película de cinco minutos de cortesía.

Somos 17 espectadores en un cine del centro de Madrid, un sábado a las 22:00 horas….. “¿Seremos todos españoles….?, tiene subtítulos en inglés”. La película es una creación de Pedro Almodóvar, repito, de Pedro Almodóvar. Es decir, de uno de los cineastas más importantes de España y con mucho más que reconocimiento a nivel mundial.

Me engancha desde el primer minuto y una vez finalizada tengo la sensación de haber visto una buenísima película aunque en esta ocasión, desposeída de todos esos guiños geniales a que nos tiene acostumbrados el director y en la que nos habla de seres humanos y de sentimientos de forma magistral. Una película que nos muestra la relación entre una madre y una hija. Cualquier persona que haya reflexionado mínimamente sobre la verdad de las emociones que se desatan en las relaciones paterno y maternofiliales, puede retratarse en ella. Esto es cine con mayúsculas por el tema que afronta y por como se aborda. Por la seriedad y la sensibilidad con que se trata…. Con una interpretación formidable de sus dos protagonistas, Emma Suárez y Adriana Ugarte… Sin menosprecio de ellas, que han dado más que pruebas de sus respectivos talentos, en esto, también se percibe al gran director que hay detrás.

Lo que hayan dicho los críticos, como haya sido la anterior película de este ex trabajador de Telefónica o los problemas que se haya podido buscar con ese engendro al que llamamos Hacienda, no me influyen. “Julieta” es un film que merece la pena ir a ver.

De vuelta al parking tengo sensaciones encontradas. Me entristece que la sala estuviera vacía mientras las terrazas están a rebosar, los restaurantes con listas de espera y las calles del viejo Madrid invadidas de prepobólidos.

Estoy enojado por el poco caso que se le hace hoy a un hombre que sigue transgrediendo y contándonos cosas que nadie se atreve a contar. Que hizo reír y llorar a varias generaciones, que trasladó al cine un estilo basado en la fusión de los diferentes géneros teatrales, que dotó a la pantalla de un sonido, un color y una estética nuevos, que engarzó el drama y la comedia como nadie y que llevó al celuloide, al igual que Valle-Inclán lo hizo al papel, algo tan genuinamente español como el esperpento, internacionalizándolo mucho más…… Un hombre que nos habló descarnadamente de la libertad, de lo que la sociedad esconde y que nos mostró con absoluta naturalidad lo que aún hoy, muchos, se niegan a mirar.

Según escribo me descubro tan iluso……. Hasta idealista y mira que eso es raro en mi…  Se me olvida que los españoles hemos dejado de pagar lo que ha sido conquistado por la tecnología asociada a la comodidad o, mejor dicho, a lo que algunos entienden por comodidad. Supongo que esto no solo nos sucederá a nosotros. “Ir a ver…..”, ¡qué  chorrada!. Ahora vemos lo que nos da la gana y como nos da la gana. Para eso están nuestras cuatro paredes, el pirateo nacional y en el mejor de los casos, los Imagenio, los Netflix…. ¿No somos libres?.

Seguimos camino del parking y me reconforta que mi pareja coincida conmigo. Sus sensaciones sobre la película son las mismas. Aún así echo de menos aquellas macro salas mega prepotentes con telón incluido y atestadas de gente. Aquella época en que un estreno de Almodóvar suponía un acontecimieno cultural. Los tiempos en los que la búsqueda de la libertad de expresión bien fundamentada era valorada por la mayoría. Cuando los españoles sabían o, al menos intuían, que un Ósar, un Nobel, un Príncipe de Asturias…. eran reconocimientos a los que había que mirar. Cuando apoyábamos a  todos aquellos que se esforzaban en que nuestro país cambiara a mejor y fuera admirado por su talento.

Se me ha puesto mal sabor de boca porque, además, caigo en la cuenta de que entonces dentro de nuestras cuatro paredes veíamos programas como La Clave….. Todavía no habían llegado ni los Sálvame, ni los OT, ni los Gran Hermano, ni los experimentos de vulgaridad en los que políticos y periodistas pretendiendo pasar por respetables toman del reality show la parte mas morbosa, ofensiva y mediocre. Dígase, La Sexta Noche. ¿Será posible que hasta me estoy enfadando?.

Nos cruzamos con una joven pareja y sus dos hijos pequeños. Me fijo en ellos. No se porqué pero me transmiten buen rollo. Los peques atrapan mi atención y me descubro sonriéndoles. Gritan divertidamente y corren por la acera. Vuelvo a mirar a los padres y percibo que estos no son de los que pasan por el aro. Puede que me esté montando otro peliculón producto de mi fantasía. Me da igual, no quiero volverme a casa tan ofuscado. Quiero creerme que estos niños de mayores no verán televisión basura, no comprarán prepobólidos, no ensuciarán el planeta y cumplirán con las normas de circulación. Necesito creer que ellos valorarán las cosas importantes de la vida, las que nutren nuestro espíritu y lo mejor que tenemos. Que sabrán discernir entre lo que les haga crecer y lo que no. Que vivirán al margen de la confusión que genera el todo vale en el que hoy transitamos. Estos niños y todos los niños son los dueños del futuro. Se lo hemos puesto demasiado difícil porque el presente que les entregamos, desde luego, no es para tirar cohetes. Por eso es imprescindible que cuando aparezcan los Almodóvar de su tiempo, los prefieran a muchas otras cosas.

Los padres también me sonríen. Siento que la magia de la comunicación sin palabras ha hecho acto de presencia. Me siento mejor. Pepa y yo caminamos cogidos por la cintura y también nos sonreímos. Su mirada me lo cura todo….. En el aparcamiento nuestra pelotilla híbrida nos espera para llevarnos a Guadarrama.

Al fin y al cabo, todos soñamos lo que creemos ser.

 

EMILITO PEÑA, SUS LÁPICES DE COLORES Y OTRAS COSAS.

Un servidor a los seis años.

 

Lo he pensado muchas veces y no acabo de entender las razones por las que reaccioné como lo hice. Durante mucho tiempo es algo que ha permanecido anestesiado en mi memoria, pero últimamente aquellos hechos se han ido despertando. ¿Será que verdaderamente me estoy haciendo viejo y empiezo a dirigir la mirada hacia el pasado?.

Me quedé en estado de shock y así permanecí durante todo aquel curso. No me enteraba de nada, nadie se fijaba en mi -al menos esa era mi percepción- pero lo peor de todo es que en ningún momento entendí qué era lo que hacía allí ni porqué razón me habían llevado.

Fui depositado al final de una fila de pupitres y no recuerdo que ninguna profesora -eran todas mujeres- me preguntara nada, ni pronunciara mi nombre. Detrás de mí una pared llena de percheros y un banco de madera en donde siempre había algún compañero. Era el banco de los castigados y de los que llegaban tarde. Al menos en estos si se fijaban. Yo miraba alguna vez hacia ellos, bien por cotilleo y aburrimiento, bien porque mi espalda y mi cabeza eran el blanco de un sinfín de granos de arroz disparados con fuera a través de canutos BIC, así como de objetos de toda índole y pelaje.

Pasaba un día y otro y otro y no sabía ni lo que me habían contado ni para lo que servía. Cuando me preguntaban en casa, nunca podía dar una explicación. Estaba absolutamente perdido y nada me motivaba. Si tuviera que establecer un símil diría que aquella fue la etapa más “autista” de mi vida. No hice amigos ni me relacioné con nadie. Nada de aquello me interesaba lo más mínimo, pero allí estaba, sin atreverme a expresar mi estado de ánimo. Probablemente, de haber sucedido hoy, me hubieran diagnosticado depresión pero en aquella época ni había psicólogos en los colegios, ni esta enfermedad se consideraba. Mis padres viendo que no avanzaba en nada, decidieron cambiarme de colegio cuando finalizase el curso.

El único momento que me ilusionó en aquellos meses, entre los cuales hubo varias faltas de asistencia a causa de mis ataques de acetona -coletazos de la hepatitis que padecí a los tres años- fue un paseo que nos dieron un domingo por la mañana bajando por la calle de Amaniel  camino de la iglesia de San Marcos. Aquello -pensaba yo- era un acontecimiento que rompía con el aburrimiento y  la tristeza que la escuela me producía. Si los jóvenes de hoy leyeran esto, no saldrían de su asombro ni se creerían que ir un domingo a misa acompañado por compañeros, pudiera significar para un niño de cinco años una aventura.

Toda mi alegría se desvaneció dentro de la iglesia. Un cura viejo y enjuto, que ofició en un ambiente de penumbra que sintonizaba perfectamente con su figura, se puso a decir cosas que tampoco entendía. Por si fuera poco, en un momento determinado nos dio la espalda y en un idioma extraño, murmuró durante un buen rato palabras parecidas a las que yo pronunciaba pero igualmente incomprensibles. Algunos de mis compañeros se reían, pero de mi se apoderó una sensación de miedo y muchas ganas de irme. Aquello era demasiado siniestro y tétrico para mí. Supongo que esta es la razón por la que hasta bien entrada la treintena no volví a aparecer por San Marcos, siendo este un templo muy próximo a mi casa. Lo hice por curiosidad y descubrí que era una iglesia característica del barroco madrileño y mucho más bonita de lo que recordaba, por lo que imagino, debió ser el cura quien influyó tan negativamente en mis percepciones sobre el lugar en cuestión.

Si bien es cierto que el nacionalcatolicismo de la época era insoportable –terminó cumplidos mis 15 años- no ya por lo que al régimen y al propio clero concernía, sino también por lo que te salpicaba a través de la familia y de la sociedad en general, a día de hoy, no tengo del todo claro si mi rechazo a la iglesia se debe al recuerdo que me quedó de aquella época o simplemente a un rasgo de mi personalidad. Muchos de los curas que he tratado me han producido el efecto contrario de lo que perseguían. Nunca he podido empatizar con ellos ni conectar con su discurso. A lo sumo, me generan la necesidad de separarme y de estar atento. Ni me inspiran confianza, ni me parece que estén en el mundo.

En mi infancia casi siempre me tocó bregar con este tipo de curas, con esa iglesia del boato y de las grandes puestas escénicas. La que invita a creerte piadoso y buen hijo de Dios por ir a misa, echar unas monedas, comulgar, bautizar a tus hijos y rezarle a una talla de madera. Esa que consigue hacer creer que para atravesar las puertas de la eternidad, no hay que ser un verdadero hermano, sino un simple creyente. La que tiene como único objetivo que sus fieles sean rebaño.

La única excepción que recuerdo es la de un sacerdote de edad avanzada y de una simpatía y cariño arrolladores que durante una semana vino como apoyo a prepararnos para hacer la Primera Comunión. Este hombre no pertenecía a mi colegio -afortunadamente mis padres ya me habían llevado al otro-  y aunque olvidé su nombre, le he recordado toda mi vida. En aquellos cinco días me enseñó lo que los diferentes capellanes que pasaron por el centro no consiguieron en diez años. En ningún momento nos habló de Dios ni de la Biblia, tan solo se dedico a relatarnos historias humanas. Él y solo él fue el artífice de que yo me acercara a comulgar con emocionada devoción. Aquello me lo creí a pies juntillas.

Afortunadamente ya en mi juventud pude descubrir otra iglesia de la que muchos ni quieren oír hablar porque se basa en la implicación, en trabajarse el mensaje verdadero de Cristo, en entregarse al prójimo, en dejarse la piel como muchas personas anónimas hacen sin necesidad de pertenecer a la clerecía. La que arriesga optando por convivir con el subdesarrollo, la guerra, la enfermedad, la miseria, la delincuencia, el sufrimiento, la soledad, la vejez…. La que se sustenta en la entrega y la generosidad sin hablar de un Dios todopoderoso, sino más bien de que Dios somos todos. La que perdona. Esa que no atiende a estampitas, ni a imágenes generadoras de sumisión, superstición o, en el mejor de los casos, de sentimentalidad heredada. La que no pide limosnas, sino que agradece y crea riqueza de a poquitos para quien no tiene, contribuyendo no sólo a la independencia económica sino también a la mental. Esa iglesia tiene todo mi respeto, mi apoyo y mi cariño. Me conmueve porque libera de verdad, porque es una fábrica de dignidad.

Agradezco haber podido descubrir esta iglesia defendida por muchos purpurados del tercer mundo o de países en vías de desarrollo y tan solo por unos pocos del primero. Odiada y calificada de anticristiana y hasta de roja por la mayoría de los que se sientan en los confortables palacios episcopales de occidente. Esos que pretenden parecer virtuosos a costa de justificar o defender la institución amparándose en la excepcionalidad del hecho aislado, a la hora de reconocer lo que a lo largo de los siglos se ha robado, engañado, conspirado, envilecido, ocultado y encubierto. Esa iglesia que por mucho que se lave la cara, mantiene su historia manchada de demasiada sangre y  depravación. La perversidad de muchos papas, las innumerables guerras en nombre del Supremo, el mirar a otro lado ante atrocidades como el nazismo, la masacre llevada a cabo en la cristianización del imperio o la implantación de instituciones criminales como La “Santa”Inquisición, están ahí para quien quiera informarse.


San Marcos.

Desde luego lo que yo percibí e intuí en San Marcos nada tenía que ver con una iglesia de amor y eso que en aquella época, obviamente, yo no sabía ni lo que era la iglesia católica. Me volví a mi casa decepcionado al no haber conseguido ese momento de felicidad que en mi fantasía había imaginado.

Lo peor de mi estancia en aquel colegio, además de lo ya referido, fue que me dio a conocer la crueldad que el ser humano alberga. Seguro que fue demasiado pronto, pero por suerte o por desgracia, allí la vida me mostró en vivo y en directo que a tan corta edad, puede haber seres con un grado de sadismo muy alto y que, además, no experimentan ningún sentimiento de culpa cuando producen sufrimiento físico y psíquico.

El destino me tenía reservado no solamente el último pupitre de la fila, sino también, tenerlo que compartir con un auténtico anticompañero. Se llamaba Emilio Peña y, afortunadamente, nada tenía que ver con el apellido Peña del que desciendo.

Era rubio de pelo rizado y facciones demasiado marcadas para ser tan pequeño. Se reía exageradamente aún cuando ningún motivo pudiera hacernos esbozar una simple sonrisa, por lo que a causa de su constante necesidad de llamar la atención, era reprendido habitualmente. En esos momentos siempre me miraba como si yo fuera el culpable de algo y solía murmurar un “te vas a enterar”.

El tal “Emilito” –así se le acabó llamando en mi casa con tono irónico- sentía placer clavándome en la pierna sus afilados lápices de colores . En aquella época todos llevábamos pantalón corto, incluso en invierno, por lo que aquellas puntas astifinas no encontraban ningún impedimento a la hora de dañar mi piel y de producir dolor. Al principio lo hizo con un solo lápiz, luego con dos, tres, y así sucesivamente. Como si necesitara experimentar hasta que punto llegaba mi capacidad de resistencia.

Los primeros días yo me defendía como podía y con toda la fuerza de que era capaz intentaba retirar su mano. Pronto se dio cuenta de que la forma más certera de atacar era aprovechando mi despiste para que yo no pudiera oponer resistencia. En ningún momento se me ocurrió levantar el brazo o llamar a la profesora, supongo que por timidez y por imaginar que de hacerlo, las consecuencias podrían ser peores.

Cuando llegaba a mi casa, trataba de esconder como podía las señales de aquellos pinchazos que iban en aumento de una tarde a otra. Me tapaba con la cartera y una vez que entraba en mi dormitorio de inmediato me ponía el pantalón del pijama. A la hora del baño conseguía ingeniármelas para que mi madre no viera la pierna a base de chapotear con el brazo para que la espuma tapara mi secreto. No quería que mis padres se enteraran por miedo a que se organizara una gorda.

Uno de aquellos días no pude seguir disimulando. Debí llegar a mi casa desencajado de dolor, porque mi madre al mirarme me preguntó a bocajarro si me sucedía algo. Dije que estaba bien pero ella insistió. Estallé en llanto y le enseñé el enrojecimiento sangrante que tenía por encima de mi rodilla. Dio un grito horrorizada y tuve que contarle lo sucedido y como se había producido desde la primera agresión.

Me estuvo curando empapando en algodón un líquido que me produjo sensación de frescor, aliviándome considerablemente. Luego me cubrió con una gasa y me tranquilizó asegurándome que todo se iba a solucionar. En momentos así, para un niño, una madre es un milagro.

Al día siguiente mi padre me llevó al colegio animándome porque, según él, no tenía razón para preocuparme. Al llegar a la entrada nos quedamos esperando a que Emilio Peña llegase. Según le vi bajar por la Calle del Acuerdo avisé a mi padre de quien era y de que le acompañaba su madre. Les paró en seco impidiendo que entraran y le relató a aquella señora de aspecto tímido  –el parecido con su hijo era extraordinario-  lo que su querido retoño se dedicaba a hacer en horas de clase. Ella en principio se mostró incrédula y defendiéndole, a lo que mi padre reaccionó descubriendo mi pierna de la venda y preguntándole a su hijo si era verdad o no que él había causado las heridas. Ruborizado y ante la autoridad que debió percibir en mi padre, reconoció los hechos. Su madre nos pidió perdón pero su retraimiento impidió que reprendiera a su hijo como la situación merecía. Ante esto, mi padre le amenazó diciéndole que si se volvía a repetir otra agresión tomaría medidas para que fuera expulsado.

Aquella mañana Peña fue trasladado al pupitre de al lado. El caso había llegado a la dirección, por lo que me sentí liberado y feliz. Ni siquiera me miraba, se le veía cabizbajo y debilitado. Aún así, la profesora me ignoró como todos los días. Inaudito.

Durante aproximadamente un mes disfruté de una paz que pronto acabaría. Seguía sin ubicarme y sin enterarme de nada, pero además, no imaginaba que Emilito tan solo me había dado una tregua. En realidad se estaba rearmando.

Sin que nadie le diera permiso, cuando consideró que su culpa había expirado, volvió a sentarse a mi lado con absoluta impunidad. Le dejé muy claro que como volviera a la carga me defendería y que sería expulsado. Se propuso ganarme con muy buenas palabras e incluso durante días desplegó toda una serie de nobles intenciones para que me confiara. De pronto se había convertido en mi mejor amigo.

Consiguió su objetivo porque acabé relajándome. Este es un problema que he tenido siempre, es más, a mis 56 años me sigue sucediendo. No he aprendido que con ciertas personas nunca se debe bajar la guardia. Son aves de rapiña que esperan el momento en que estás confiado para  atacarte bien sea de hecho o de palabra. Es tan difícil para mí vivir con la escopeta cargada que cuando ya en la madurez he conseguido defenderme de personas que no merecían mi confianza, llegué a tener sentimiento de culpa.

Como decía antes, el personajillo en cuestión fue implacable y un día, aprovechando que tenía todo mi cuerpo girado mientras escuchaba a otro compañero me asestó con toda su fuerza un pinchazo múltiple en la pierna. Esta vez empuñaba un montón de lápices. Sentí un dolor espantoso y salté hacia él con toda la agresividad que me despertó. Le di un golpe en la mano que hizo saltar por el aire todos los lápices. Él se reía como siempre y agachando la cabeza me decía: “¿qué te creías, que ibas a ganar?.

Por primera vez la profesora dio muestras de haberse percatado de que yo tenía un problema. Se acercó y preguntó. Peña calló cobardemente y expliqué lo sucedido. En esta ocasión le puso de rodillas de cara a la pared. Machacado por el dolor y por el temor a revivir aquel calvario me volví para amenazarle apropiándome de su frase que él pronunció a la vez : “te vas a enterar…”. Ante aquella coincidencia soltó su diabólica carcajada consiguiendo que la maestra le castigara, además,  saliendo media hora más tarde.

Aquella tarde llegué a mi casa con un monumental cabreo y mayor decepción por haberme dejado engañar. Mi deseo de venganza era enorme y por primera vez sentí la necesidad de declararle la guerra a aquel hijo de “mala madre”. Conté todo lo sucedido para que al día siguiente pudiéramos ponerle las peras al cuarto. A la hora de entrar nos colocamos en la puerta del colegio y esta vez, el tono de mi padre fue mucho más contundente y amenazante. Ante la inexpresividad de la madre, que parecía no entender nada, como si no fuera con ella, mi padre agarrando a Peña por el hombro, zarandeándole y a grito pelado les dijo a ambos: “mira niño, no tengo ni idea de cómo te está educando tu madre ni me importa, pero como se te ocurra volver a pinchar a mi hijo y lo digo delante de ella para que no se lleve a engaño, te corto la mano. Soy sastre…. ¿sabes como son las tijeras de sastre, rico, eh, lo sabes……?.  Pues pregúntale a tu mamá que seguro que lo sabe”.

Hoy lo recuerdo y me parece bestial, pero lo cierto es que aquella mujer siguió callada con un ligero temblor en su cara que bien pudiera haber sido la consecuencia del esfuerzo por no llorar o por contener su ira.  Madre e hijo tenían el rostro enrojecido y ninguno de los dos tuvo valor para mirarnos a los ojos. La cólera de mi padre me hizo sentir temor por ellos. Supongo que hablarían después de que yo entrara en el colegio. Emilio Peña apareció habiendo empezado la clase acompañado de la directora. Fue conminado a sentarse solo en un pupitre de la primera fila. Al ver esto supe que mi sufrimiento había terminado.

Ni al día siguiente ni nunca más Emilio Peña volvió a aparecer. Mi padre nunca me contó lo que había sucedido en mi ausencia –limitándose a responder con un “eso ya está pasado”- por lo que siempre tuve la duda de si le habrían expulsado o si la familia le sacó del colegio.

Al cabo del tiempo me dijeron que mi compañero era huérfano de padre y lo peor de todo, pasados los años, alguien me comunicó que Peña había muerto a consecuencia de una leucemia. A pesar de lo sucedido con él, sentí tristeza. Me pareció que su vida había sido excesivamente castigada. Durante un tiempo llegué a culpabilizarme sin saber separar su sadismo de su enfermedad o, mejor dicho, sus dos enfermedades. Aún hoy, a veces, tengo la sensación de que en aquella familia se vivía un drama del que yo fui víctima. A la madre jamás la volví a ver, pero nunca he olvidado su timidez, su miedo a hablar, a expresar….. No tenía aspecto huraño, ni transmitía maldad o frialdad. Lo que aquella mujer emanaba era mucha pesadumbre. El hijo siendo su vivo retrato, llevaba la criminalidad puesta en el rostro…

Quien sabe….., a veces pienso que esa leucemia pudo haber sido la salvación de aquel muchacho… La que le libró de ser un delincuente o un psicópata al cabo de unos años…

¿Por qué a veces nos pondrá  la vida en situaciones tan difíciles de encajar…..?.  ¿Será que nos empeñamos en entender lo que simplemente deberíamos aceptar………?.

TEODORO Y MARIUCA

En alguno de mis relatos anteriores he nombrado a mis tíos Teodoro y Mariuca. Si, él fue la persona que me llevó una noche a aquel concierto de la Orquesta de Cámara de Viena en la Plaza Porticada de Santander…….. En realidad Teodoro era el hermano mediano de mi Abuelo Paco, es decir, mi tío abuelo y, Mariuca, su compañera, una montañesa auténtica, brutota ella, pero con un corazón espléndido.

Los dos marcaron mi vida no solo porque muchísimos años veraneábamos en Santander compartiendo innumerables momentos con ellos, sino también por el poso que en mi dejaron. Fueron personas adelantadas a su tiempo que vivieron al margen de los hábitos imperantes sin abanderar nada ni ofender a nadie. Ejercieron el derecho de sus libertades, sin ampararse en unas siglas, sin militar en tal o cual ideología, sin defender ningún régimen político y sin profesar creencia religiosa alguna.

Nunca esperaron que la libertad les viniera dada, simplemente hicieron uso de ella porque ambos nacieron como espíritus libres y así murieron. Sus vidas fueron un claro ejemplo de que el tiempo es una mera ilusión pues cualquier joven de hoy se habría identificado con ellos plenamente. También me demostraron que no hay nada que pueda acabar con un espíritu de estas características, porque cuando se vive como ellos, es decir, por encima del bien y del mal, ni el cielo ni el infierno pueden afectarte; si no se está afiliado ni aquí ni allá es imposible tener un bando enemigo; porque no cabe el temor de Dios cuando no se cree en su existencia.

El tío Teodoro en una ocasión me dijo: “por encima de las nubes, nunca llueve”. Esta metáfora la hice mía y siempre he intentado, aunque a veces no lo haya conseguido, andar bajo la lluvia sin mojarme.

Teodoro nació en Madrid pero a los 15 años partió hacia la capital cántabra en busca de trabajo y libertad. Pronto aprendió a reparar radiadores de automóviles y camiones, siendo este el oficio que le dio de comer toda su vida.  Años después le tocó hacer el servicio militar en Sevilla, donde un domingo por la tarde conoció a una joven que acompañada de otras mozas paseaba por el Parque de Maria Luisa. Se hicieron gracia y volvieron a quedar. La chica, que trabajaba sirviendo en casa de unos señorones del Barrio de Santa Cruz, se llamaba Mariuca y como su nombre indicaba, era natural de Santander. Se enamoraron y antes de que él se licenciara, ya estaban de acuerdo en volverse a la ciudad que les unía para compartir sus vidas. El destino les había puesto su futuro a huevo.

MIS PADRES CON TEODORO Y MARIUCA.

 

Alquilaron un mini piso abuhardillado en pleno centro, en la calle Tantín esquina con Río de la Pila, a escasos metros del célebre arco del Banco de Santander y del legendario y ya desaparecido Teatro Pereda. Allí vivieron hasta que al jubilarse él, decidieron ingresar en la Residencia de Ancianos de Laredo.  El edificio en que habitaron, sustituido hoy por uno de esos que pueden pertenecer a cualquier ciudad del mundo, era enorme y conocido en todo Santander por el garaje público que había en la planta baja, propiedad de la familia Royano. Su fachada era típica de las casas de vecinos, dotada de balconadas de madera, algunas de las cuales hacían chaflán, como la de ellos.

Fueron un apareja que se quiso incondicionalmente entregándose el uno al otro con absoluta generosidad. Vivieron humildemente sin aspirar a más, disfrutando de lo que la vida buenamente les proporcionaba. A Teodoro y Mariuca lo que les ocupaba no era hipotecarse para acceder a una  vivienda en propiedad, ni trabajar más horas para poderse comprar una motocicleta, luego una Vespa y finalmente un 600. Tampoco consideraron que el teléfono o la lavadora automática fueran bienes de primera necesidad.

Siendo adolescentes se habían tirado al mundo sin miedo a la soledad, a la ausencia de familia o a integrarse en lugares desconocidos. Habían nacido en la monarquía, habiéndoles sorprendido la república muy jóvenes, sufriendo la guerra después y afrontando la dictadura en plenas facultades al inicio de su madurez. Nada se les había puesto por delante y, lo que es más importante, nada ni nadie pudo destruir su felicidad ni aquello que perseguían.

Seguro que esta forma de entender la existencia  les hizo rechazar el matrimonio. No se casaron hasta que se sintieron mayores por aquello de legalizar su estado de cara a que uno de los dos faltara. Tampoco entregaron sus vidas a la esclavitud del sistema, decidieron trabajar lo justo para disfrutar de todo el tiempo posible con el fin de poder satisfacer  sus prioridades y no las que otros les impusieran.

En bicicleta se recorrieron toda Cantabria y parte de las provincias limítrofes llegando a los rincones más insospechados. Gracias a esto, me enseñaron lugares poco conocidos por los visitantes. Más de un año ambos fueron ganadores en la travesía a nado de la bahía de Santander. Fueron amantes del buen comer y del vino rico sin caer en ningún tipo de postureo. El Riojano, Casa Melquíades, los restaurantes del Puerto Pesquero….. Lugares a los que mayoritariamente acudían los naturales del lugar. A Teodoro cuando iba a la playa para pasar el día con nosotros nunca le faltó su caña de vino de la única bodega que se mantuvo abierta a lo largo del tiempo desde que él llegara siendo un crió. De ella bebía y bebíamos, aún a pesar de la dificultad que suponía apuntar con el chorro sin mancharse.

EL TÍO TEODORO CON MI HERMANA MILAGROS Y CONMIGO EN EL SARDINERO.

 

Si querías merendarte un buen sobao pasiego tamaño gigante o una quesada exquisita, no te llevaba a las distinguidas confiterías del centro, sino a un puesto del mercado de abastos en donde se vendían estas delicias a granel y sin ninguna fineza. Sin duda, los mejores que yo he comido nunca.

Paseando por el casco viejo era normal que preguntara, “Ignaciete, ¿te gustan las almejas a la marinera?”, “oye, ¿os apetecen unos mejillones al vapor?”, “chicos, vamos a meternos aquí que ponen unas rabas espectaculares”. Él conocía las especialidades de cada lugar y le gustaba compartir con su gente esos momentos de buen yantar. Allá donde entraba se le saludaba con cariño y simpatía. Era un madrileño mimetizado con aquella tierra y con sus gentes, hasta el punto, de que incluso su físico se correspondía más con el de los hombres del norte que con el de los castellanos. Todo lo contrario a su hermano, es decir, a mi abuelo.

Tenía muchos amigos de todo tipo, lo que le valió para poder disfrutar más que muchos de su misma clase social. Tantas relaciones le reportaron sin buscarlo, una serie de beneficios a los que nunca renunció: Club Náutico, espectáculos, Festivales de Santander…… Siempre había alguien que en respuesta a su encanto y familiaridad le regalaba entradas o invitaciones para espectáculos, teatro, conciertos, exposiciones……

 TEODORO, MI MADRE, MARIUCA, MI HERMANA MERCEDES Y YO EN PLAYA DE SOMO.

 

Mis tíos se distanciaron tanto de su época que, yendo en bici cuando eran jóvenes o en medios de transporte siendo más mayores, se dedicaban a descubrir calas perdidas y de difícil acceso para poder practicar nudismo sin “molestar” a nadie. Cuando nosotros íbamos, Mariuca obviamente se ponía su traje de baño, pero Teodorín –así le llamaba mi madre- se metía en el agua con su “Meyba” y cuando le cubría por encima de la cintura se lo quitaba enganchándoselo en un brazo. Era normal verle perderse hacia el fondo nadando como un pez para acabar flotando haciendo el muerto durante un buen rato. Cuando se le perdía de vista, más tarde o más temprano se divisaba una cabeza en la lejanía, esa era siempre la de mi tío. Volvía a nadar y cuando consideraba que estaba lo suficientemente cerca de la orilla, se colocaba el traje de baño y salía andando tan ricamente….. “Chico, es que lo del calzón, mira que es incómodo”, “yo soy como los hijos de la mar…., me relaciono con ella como vine al mundo”.

Muchos domingos navegábamos en las barcas de los “Siete Hermanos”, o en las de los “Regina”, atravesando la bahía rumbo a Somo, Pedreña o El Puntal. Mi preferida era la playa de Somo en la que cogíamos berberechos y cangrejos cuando la marea estaba baja. Solíamos comer en “La Trainera”, lugar que según me han dicho sigue existiendo, pero con un ambiente bien distinto al de entonces. Era aquí donde el tío solía empinar el codo con la caña, porque a él solo le gustaba su vino. Casi siempre en este lugar se arrancaba por no se que palo que desde luego sonaba a flamenco pero bastante poco gitano, al estilo de Valderrama. Tenía muchísima gracia y lo hacia en honor a mi madre que le jaleaba mientras tanto, creciéndose él y marcándose otra copla y otra….

Las comilonas eran copiosas por lo que la siesta era de obligado cumplimiento en los frondosos pinares que llegaban hasta la misma arena de la playa y en donde había que tener cuidado no tanto con las vacas como con sus hermosísimas catalinas a la hora de poner la toalla o de recostar la cabeza. Estos solían ser los momentos en que Teodoro se lucía con sus chascarrillos y aquella letanía de trovos  que solo a él escuché: “ha llegado Maroto, el de la Junta de Voto, armando alboroto, con el pantalón tooo rotoooo”; “Arrecantimpín, arrecantimpán, si no vienen hoy, mañana vendrán y a escuchar nos pondremos, porque algo nos dirán……….”; “¡ay!, si no lo veo no lo creo, lo barato que venden en Almacenes San Mateo, donde todo es bonito y nada feo, esquina a Fuencarral, Almacenes San Mateo”. Así hasta la eternidad, por lo que Mariuca que se los había escuchado millones de veces, ironizaba sobre su compañero y uno no sabía qué producía más risa, si las rimas de él o las burradas que ella satíricamente le soltaba.

Ya de vuelta a la ciudad, mientras se iba poniendo el sol y a bordo de las barcas, Mariuca era muy dada a cantar canciones tradicionales de Cantabria o del norte en general y en más de una ocasión aquello se iba contagiando hasta que todo el mundo entonaba a coro… Ondiñas Veñen, Desde Santurce a Bilbao, Mi Bella Tierruca….. ¡Qué recuerdos y cuanta nostalgia!,  ¡con qué gusto y facilidad se canta en el norte!!. ¡Qué bella es Santander cuando se la mira desde la mar!!.

A mi tío en agosto le solían coincidir algunos días de vacaciones con los nuestros y era costumbre en él, siempre que podía,  darse un buen paseo por las mañanas a su manera, esto era, con un paraguas, un jersey al hombro y el bañador puesto por si acaso. Él sabia que en aquella tierruca, climatológicamente hablando, podía suceder cualquier cosa, desde amanecer nublado y abrir al medio día o todo lo contrario; nublarse, salir el sol y llover en un corto intervalo de tiempo. Como más o menos conocía a que altura solíamos plantar la sombrilla en cada playa, se hacía el recorrido entre Castañeda, Sardinero y Magdalena hasta que nos encontraba. Su aparición nos alegraba siempre, por su afabilidad y simpatía, no podía ser de otra manera. Él no necesitaba toalla, se secaba al sol y si lo tomaba era siempre de pie.

Comer en casa de los tíos era un auténtico deleite para el paladar. Mariuca acostumbraba a cocinar varios platos sin ningún tipo de lujo pero con el cariño que ella sabía imprimir. Algo tan simple como las sardinas abiertas y rebozadas con ajo y perejil o las croquetas de bacalao hacían que nos chupásemos los dedos. Mi tía en la apariencia podía resultar algo terca y hasta mandona, pero cuando se la conocía, era fácil concluir que lo que ella buscaba era lo mejor para ti. Podía hacerte cambiar de posición en la mesa varias veces, porque se intranquilizaba si no estabas sentado en la mejor silla o donde se pudiera ver la televisión mientras comías. Si consideraba que el sofá, al ser de escay, podía dar mucho calor, lo llenaba de pañitos de croché confeccionados por ella,  aún a pesar de que al levantarte los llevases pegados en la espalda o en el trasero. Podía repetir un montón de veces si necesitabas más azúcar en el café porque como ella lo tomaba con sal –era una de sus rarezas- se preocupaba de que el tuyo tuviera el grado de dulzor deseado o empeñarse tercamente en que comieras un dulce determinado al estar convencida de que era el que más te iba a gustar.

En ocasiones discutían entre ellos por estas situaciones y  Teodorín siempre disolvía la tensión con algunos de sus chistes y retruécanos, o como dijo una vez poniéndose de rodillas ante ella: “Mariuca, que tú eres la más belluca, por lo que más quieras, déjame comer y echarme la siestuca”. Ante hechos como este los dos renunciaban al enfado haciendo reír a los que les rodeábamos.


EN BRAZOS DE MI TÍO.

 

Como dije antes, el hogar era pequeño y sin ningún tipo de lujo. Ellos acomodaban su economía gastando en lo que les hacía felices. Es por esto que en aquella casa, por ejemplo, no había teléfono, pero se suplía con mucho humor. Que yo recuerde tenían dos aparatos de juguete que daban el pego, uno negro y otro rojo y, con ellos, gastaban bromas a los visitantes primerizos o se montaban numeritos cómicos al más puro estilo Gila. No tuvieron descendientes, pero en todas las habitaciones había muñecas que Mariuca vestía, elaborando ella la ropa, en función de la estación del año. Siempre fue como una niña grande y no dejó de sorprenderme cómo una mujer tan valiente, tan echada “palante”, tan libre y tan brava, fuera al mismo tiempo tan ingenua. Era feliz haciéndole ropa a sus muñecas o patucos y trajes a todos los bebés de la familia. Fue un corazón limpio y bueno que jamás aspiró a otra cosa. Con ella me pasaba como con los compadres de Osuna, que cada vez que me abrazaba, apretaba tanto que me hacía daño…. “¡ay mi niño, mi niño, mi niño, como le quiero yo!!.

Si, Mariuca era muy brava, ya lo creo que lo era. Nunca le faltaba al respeto a nadie, pero cuidado con que alguien se lo faltase a ella… Hasta casi entrada en la tercera edad, cuando tomaba los autobuses que llevaban al Sardinero, siempre cargaba con una piña de pino dentro de la bolsa de la playa. Solo tenía una razón para ello y esta no era otra que amenazar a todo aquel que pretendiera saltarse su turno en las largas colas que se formaban. Cuando esto se producía –era bastante habitual- se enfurecía y agarrando el arma vengadora, gritaba: “¡¡¡mira que te meto un piñazo como no te pongas a la cola, so sinvergüenza….,  golfo, que eres un golfo!!!. Así se las gastaba Mariuca cuando alguien no respetaba las reglas del juego. Siempre que he visto las célebres imágenes de Ruiz Mateos queriendo agredir con su puño al ministro Boyer, me he acordado de ella…., con su piña bien agarrada hacía el mismo gesto que el empresario jerezano.

Teodoro no le iba a la zaga a su compañera de vida. En más de una ocasión ante situaciones de abuso o tropelías de cualquier índole que presenciara en la calle, aunque no le afectasen directamente, no dudaba en meterse por medio para imponer orden. Si el hecho se prestaba al diálogo, él defendía al ofendido intentando poner paz y equilibrio, pero de escaparse algún mamporro que afectara al inocente, repartía de los suyos sin ningún pudor para protegerle. No soportaba ver a nadie victima de la iniquidad.

Ya se que a este tipo de personas hoy se las criticaría al “tomarse la justicia por su mano”. Nos hemos civilizado mucho, tanto es así, que cuando vemos cualquier situación de este tipo, en el mejor de los casos, avisamos a la policía aún a pesar de que cuando quiera o pueda hacer acto de presencia, la víctima haya sido robada o herida, insultada, vejada, humillada o hasta asesinada y siempre, eso si, presuntamente. Ya me hubiera gustado que un “tío Teodoro ” hubiera estado al quite cuando el atraco que sufrí en la Gran Vía. No obstante, aunque es una especie en clara extinción, “haberlos haylos”.

Desde que se jubiló, se dedicaron a viajar a través del IMSERSO. En esta etapa no dejaron de admirarme. Trenes, autobuses, aviones… a nada le ponían un solo pero. Allá donde iban comían y cenaban en los Hogares del Jubilado, lo que les permitía recorrer España ciñéndose a sus pequeños recursos. Mi tío nunca renunció a su madrileñismo, también le tiraba su tierra, por lo que cada vez que les salía un viaje a la capital se apuntaban sin dudarlo. Él y mi abuelo Paco nunca se entendieron bien. Sus caracteres eran muy diferentes por no decir antagónicos. Como espíritu libre que era, aceptaba citarse con su hermano mayor, pero sin permitir que éste acaparase todo su tiempo y disfrute. ¿Qué hacía Teodoro?, muy simple, le llamaba la víspera de volverse a Laredo, dedicándole solo unas horas del último día de su estancia en Madrid.

Nunca negó la dificultad que le suponía relacionarse con su hermano, de hecho ironizaba mucho sobre este asunto y lo hacía abiertamente incluso delante de su sobrino carnal, es decir, mi padre. En una ocasión riéndose me dijo: “hijo, tendrás que disculparme, pero es que mi hermano es insoportable”. Conociendo a Teodoro y su forma de entender la vida, yo le comprendía perfectamente. Eran como el día y la noche.

Con su hermana, la tía Rosario, mi madrina –otra persona absolutamente excepcional- Teodoro tenía una relación infinitamente más cordial. Entre ellos dos siempre hubo mucha más sintonía, de hecho, Rosario fue otro espíritu libre y ejemplar, sobre todo, si se tiene en cuenta el nivel de independencia que obtuvo tratándose de su época y siendo mujer. Por eso no me extrañó nada cuando vi al tío Teodoro llorar –la única vez- en el entierro de su querida hermana, la más pequeña de los tres.

JUNTO A LA SANTINA DE COVADONGA (algunos con auténtica cara de susto).

 

Algunas tardes quedábamos en ir a buscarle a la salida del trabajo mientras Mariuca,  a su vez, nos esperaba en el Paseo de Pereda sentada en algunas de esas sillas metálicas y de alquiler que se extendían a lo largo de las aceras. Más de una vez nos encontrábamos el taller con el cierre echado a la hora convenida y esto era porque antes de salir, se daba un duchazo todas las tardes. Siempre me llamó la atención como aquel hombre que trabajaba manchándose de grasa y sudando, de pronto se nos presentaba como un San Luis oliendo a colonia fresca y con una impecable sencillez. El único gel que él consumió en su vida fue el jabón Lagarto. Jamás vi a mi tío una uña negra.

Hay algo que nunca podré olvidar por lo que de conmovedor tiene para mi. Todos los años me llamaron para felicitarme el día de mi cumpleaños. Al igual hacían con mis hermanas, mis padres, mis primos…….. Teodoro siempre me decía lo mismo: “Ignaciete, muchas felicidades, que sepas que te he enviado una estampita……”. Un día o dos después recibía por correo un billete de cien pesetas. Era su humilde y certero regalo, probablemente, el más honorable que año tras año recibí.

Mariuca llenó el tiempo en la Residencia de Laredo haciendo patucos y vistiendo a sus muñecas. Falleció unos años antes que Teodoro. La última vez que vi a mi tío fue en agosto de 1994. Mis padres muchos veranos pasaron sus vacaciones en la ciudad de las tres notas musicales desde que los tios se habían trasladado allí. Fui un día a verles, también se encontraba mi hermana Mercedes y aproveché para disfrutar de mi tío abuelo. A pesar de que su estado anunciaba el final, el humor le seguía acompañando. Me despedí de él sabiendo que era la última vez. Un año después nos dejó para siempre.

Teodoro y Mariuca fueron personas sencillas y de gran dignidad, gente noble y auténtica. Formaron parte de eso que llamamos “pueblo”, pero nunca se posicionaron en la avanzadilla de la reivindicación  ni en nada que oliera a conciencia de clase. En ningún momento les escuché hablar de política o pronunciar discursos salvadores. A lo sumo, les vi defenderse cuerpo a cuerpo y cara a cara, cuando la vileza amenazó el devenir de sus vidas. Se conformaron con salvarse a si mismos, convencidos como estaban, de que en la distancia corta, en el ámbito más próximo, en el respeto a todos, en el vivir y el dejar vivir y en las “pequeñas” cosas, es donde se encuentraba la verdadera liberación.

Hay otra frase que le escuché al tío Teodoro más de una vez y que también se hace extensible a la tía Mariuca. Son cinco palabras que definen sus personalidades a la perfección. Siempre que por alguna razón, mientras se charlaba, surgía  cierta tensión, tristeza o malestar en alguno de los contertulios, él, con aquel gracejo que le acompañó hasta el último instante, decía: “bueno…., mejor, hablemos de amor”.

Imposible olvidarles.


CUARTILLA EN LA QUE DE SU PUÑO Y LETRA MI TÍO TEODORO TENÍA APUNTADAS LAS FECHAS DE NACIMIENTO DE TODA SU FAMILIA Y A LA QUE CONSULTABA TODOS LOS MESES. “CUMPLEAÑOS DE TODOS……”.  YO SOY EL SEXTO. PARA MI ES UN TESORO.

HABLANDOLE A EDUARDO

He de confesarte que llegué a creerme que lo de irse era algo que no formaba parte de ti. Sin embargo, esta vez lo has hecho y me cuesta asumirlo, Edu. Como no podía ser de otra manera, nos has dejado en una de esas fechas imposibles de olvidar, cosa que tampoco me sorprende. Nada mejor que haberte ido en un 11M para que tu partida vaya asociada a un día imborrable.…. Al fin y al cabo siempre te gustó dejar las cosas muy bien atadas.

La otra tarde, cuando llegaste en ese coche lleno de flores quise hacerme el fuerte sin mirar a Pepa. Con esto pretendía mantener el tipo aún sabiendo que se emocionaría en cuanto aparecieras, pero dio igual, no hizo falta que ella me contagiara. Cuando vi a Arturo con esa transparencia que le caracteriza sentí un profundo dolor. Nadie mejor que tú lo sabe Edu, él es la personificación de la bondad, lo transmite por sus cuatro costados, solo que esta vez, además, aunque con una serenidad digna de aprehenderse, estaba desecho.

¿A que no sabes lo que le dijo el sacerdote a Arturo?, pues le dijo que debías ser un persona muy querida porque no era normal ver a tanta gente en una ceremonia de incineración. Es que éramos muchos, Edu. Había tanta gente de pie como sentada en la capilla.

No me siento bien, amigo. Tengo la sensación de haberte ignorado demasiado. La última vez que hablé contigo por teléfono fue hace cuatro años y no os hemos visto desde el día que os casasteis. He perdido la cuenta…, ¿diez, doce años …?.  Está fatal, Edu. Se que no debo funcionar así. El caso es que me he acordado muchísimas veces de ti, pero lo voy dejando, lo voy dejando y…. Al final, no me despido como debería de personas como tú. No eres el único. Ya me ha pasado con más gente, sin ir más lejos, el 11M del año pasado. Pero no modifico…….

Se que tú no le das importancia a eso y que en ningún momento has pensado mal de nosotros, pero también se que habrías recibido una gran alegría si te hubiéramos dado una sorpresa. En fin, creo que nos salva la buena pasta de la que estás hecho y, por otro lado, pienso que de nada sirve lamentarse a estas alturas.

Pues si Edu, a pesar del tiempo transcurrido, yo a ti te quiero. Bueno, y Pepa ni te cuento. Hay personas que a uno le dejan huella y tú eres de esas. Haberte encontrado es una suerte por muchísimas razones, pero sobre todo, por lo aparte y auténtico que eres. Si hay algo de lo que nadie podrá acusarte es de haber sido un ser anodino. ¿Tú te has dado cuenta de que estábamos abocados a conocernos?. ¿Que durante un tiempo nos fuimos siguiendo los pasos hasta que Pepa nos presentó?.

¡Qué recuerdos….!!. ¡Eras imposible!. ¿Como me iba yo a imaginar que el tío que me guiñaba el ojo con sonrisa lasciva, o me mostraba la lengua cuando muchas tardes se cruzaba conmigo en la Avenida de Vinateros a finales de los ochenta era amigo de mi íntima amiga?. Resultó ser además que éramos vecinos y que nos separaban dos manzanas en el Moratalaz más viejo. Yo siempre salía del metro y tú entrabas. La verdad es que era verte y me echaba a temblar aunque en el fondo me hacías gracia. Una tarde al llegar a mi altura lo oí con absoluta claridad…, con tu sonrisa de vicio me dijiste: “Chulaaazo”. Me quedé muerto. Toda la timidez e intimidad que a mi me sobraban, a ti te faltaban.

¿Sabes otra cosa, Edu?, nunca me generaste mal rollo. Te temía, pero aquellas “manifestaciones” tuyas no me molestaban. Luego entendí que eran consustanciales a ti. Después de estos episodios, siempre me hacía las mismas preguntas: “¿pero este tío no se corta?, ¿a este tío no le habrán dado nunca un hostión?”.

Otro momentazo de nota, fue el que protagonizaste en la misma época dentro del metro. Esta vez sucedió en la línea la 1. Venía yo de ver a unas amigas y al abrirse las puertas del vagón en Puente de Vallecas, casi me da un pasmo. ¿Quién hizo su entrada como Atila?, tú. “No me puedo creer que este tío esté aquí”, pensé. Y cómo no, allá que emprendiste tus pasos hacia mi aún a pesar de que había asientos vacíos por un tubo. Una vez más tu mirada sonriente e intimidatoria…. Te sentaste enfrente y me hiciste un buen repaso de arriba abajo… Yo creo que decías cosas, pero afortunadamente gracias al ensordecedor ruido de aquellas tartanas, no pude oírte.

Estaba poniéndome nervioso cuando en otra estación del recorrido entró un chico que con camiseta y pantalón deportivos lucía bíceps, triceps y gemelos. Si te hubieran puesto un cohete en el culo, no hubieras saltado antes. Pusiste una mueca digna de foto y saliste escopetado a sentarte a su lado. Volví a escuchar según te levantabas el consabido “chulaaazo” -esta vez el convoy aún estaba parado- y yo no daba crédito. Allá que te fuiste. En esta ocasión no te pusiste enfrente sino bien pegado a él y mirándole como si te hubieras encontrado un lingote de oro en plena posguerra. Yo observaba atónito cada una de tus recaladas y hasta temí que el chaval te partiera la cara. Según salió del vagón, lógicamente, te levantaste y le seguiste…..

Al mudarme a Manuel Becerra, te perdí de vista una larga temporada y, viviendo aquí, fue cuando un día Pepa me llamó para decirme que contaba conmigo para un nuevo proyecto empresarial. Ella ya me había hablado del secretario que había contratado, de su peculiaridad y de cómo le había conocido. A los pocos días de mi cumpleaños quedé con ella y con Victoria en la oficina y tras pulsar el timbre, me quedé no muerto, sino “rematao”. El perseguidor de “chulaaazos” me habría la puerta porque él y no otro, era el famoso secretario. Claro, ella también te había hablado de mi, por lo que cuando me viste se te mudó “la color” –que se dice- y por tu tartamudeo nervioso entendí que esta vez, era yo quien te intimidaba. A pesar de todo ello, nos saludamos con una naturalidad bastante bien fingida y tras preguntarme si yo era Nacho me acompañaste a su despacho como un perfecto maestro de ceremonias.

Estábamos hablando de la nueva empresa las dos socias, Luis Miguel y yo, cuando apareciste en la habitación desplegando esa simpatía con la que te hacías querer. Pepa nos presentó formalmente y me resaltó tus grandes dotes profesionales. Tú te derretiste del gusto y nos ofreciste un café con pastas que todos aceptamos de buen grado. Sentí que necesitabas observarme y romper el hielo. Al cabo de unos meses, hablando de aquel momento, me lo reconociste. También pude percibir en aquel primer día, el ambiente de amistad y el cariño con que todos te trataban. Aquella mañana, después de la reunión, nos fuimos a la provincia de Segovia para que yo pudiera conocer La Posada de Sigueruelo, el lugar que había inspirado la creación de “Gentes de Bien”, la nueva empresa. Cuando salíamos de la oficina, recuerdo que me preguntaste desde tu mesa, mientras nos estrechábamos la mano, si íbamos a ser compañeros de trabajo, a lo que yo te respondí, que no lo tenía muy claro, pero que era probable. En cuanto nos subimos al coche le conté a Pepa las razones por las que te conocía y ella se reía sin parar. No le extrañó nada de lo que le conté. “Ya le irás conociendo, es la bomba, pero es un tío de puta madre”, me dijo. No se equivocaba en nada.

Eduardo, estoy convencido de que lo mejor que te pudo suceder en tu vida profesional fue que Luismi, tu compañero de instituto y hoy  mi cuñado, te presentara a Pepa cuando ella necesitó un encuestador. Eras tan bueno tanto por la calidad como por la cantidad de tus entrevistas, que ella se vio obligada a supervisarte más que a ningún otro. Costaba creérselo. La respuesta de los encuestados siempre era la misma. Eras un encuestador muy serio, educado y profesional que convertías esta experiencia en un placer.  Ser entrevistado por ti, era como hablar en confianza con alguien cercano. Sencillamente, eras el mejor porque estabas dotado de un talento especial para ello. Hacías de la encuesta algo tuyo.

Por eso, pasado el tiempo, ella te recomendó a aquella empresa –de cuyo nombre mejor ni acordarse- para la que trabajaba temporalmente como freelance y en la que muy pronto fuiste tan bien valorado, querido y respetado, especialmente, por quien era la jefa de campo, convirtiéndote en su brazo derecho y en un amigo incondicional hasta el último día, tu querida Salomé. Hubieras hecho una gran carrera en este Instituto de Investigación de no haber sido por que el director que, aun habiéndote ofrecido viajar a Argentina para encargarte de abrir campo allí, cambiase radicalmente de opinión, cuando le informaste con toda la honestidad del mundo, de que no podías asumir aquel viaje porque te estabas tratando del VIH. Este personajillo ignorante, homófobo y sin escrúpulos, no solo prescindió de ti, sino que te expulsó de la empresa.

En 1993 se había estrenado “Philadelphia”. Cuando me enteré de lo que te habían hecho, sentí un gran respeto hacia tu persona. Para mi te convertiste en el protagonista real de aquella película y siempre que la he visto –no pocas veces- he identificado contigo el papel magistralmente interpretado por Thom Hanks. En tu caso era real y la única diferencia con el protagonista, era que tú habías decidido no luchar judicialmente por tus derechos como trabajador, a pesar de los consejos que en esa línea, te había dado Papa.

No hay mal que por bien no venga. Por eso acabaste trabajando como secretario en Research Group. El buen hacer, la seriedad y la entrega te granjearon la fidelidad de un ángel de la guarda, tu otra amiga y antigua jefa, Pepa. Finalmente te reclamaban personas que siempre habían apostado por ti. Victoria,  por ser su socia y, Luis Miguel, por ser su hermano y tu compañero del San Isidro.

Ya trabajando en la nueva empresa,  el 25 de agosto de 1994, me demostraste por primera vez tu valía. Te curraste desinteresadamente el poderme dar una sorpresa que iba a ser decisiva en mi vida. Al mediodía te llamé para que le dijeras a Pepa que habiendo finalizado la prospección de alojamientos en Asturias,  acababa de llegar la pasada noche a Lugo y que cuando quisiera podía venir a Galicia –en eso había quedado con ella- para acompañarme en la selección de los establecimientos de turismo rural de aquella Comunidad.

Pero Nachete, si Pepa llaga a la estación de autobuses de Lugo esta tarde a las 20:00h”, me dijiste –  “¿Cómo?, ¿pero quien te ha dicho a ti que estoy en Lugo?” –  “Uy cari, una que es muy zorra y se entera de todo” –  “A ver, Edu, ¿me estás vacilando?” – “Nachete, que hace cuatro días le dijiste a la Pepa que entre ayer y hoy llegabas allí” – “ya tio, pero pensé que hasta que no os lo confirmara no vendría”.

Para que saliera de dudas, me soltaste el nombre del hostal en donde estaba hospedado. Tenías todo arreglado y los de recepción ya sabían que en caso de que yo no estuviera, ella llegaría preguntando por mi. Te habías puesto a llamar a todos los hoteles de la ciudad, hasta que encontraste aquel en el que yo me alojaba.

Una vez más me dejaste perplejo. Ante mis agradecimientos tú le quitabas importancia a lo que habías hecho: “por la Pepa hago lo que haga falta y, además, os merecéis estar juntos unos días…”. El “chulaaazo” al que le guiñabas el ojo en Vinateros, de pronto se había convertido en un compañero de trabajo con quien te implicabas, incluso, más allá de lo profesional. Supuse que sabías algo de las cartas que ella y yo nos habíamos cruzado, porque percibí tu interés en aquel encuentro: “Oye cari, como ella ya no te puede dar la sorpresa, ¿por qué no se la das tú y vas a buscarla a la estación?”. Estaba claro.

Al día siguiente nos trasladábamos al Pazo de Vilabade y veinticuatro horas después de su llegada, Pepa y yo dábamos fin a quince años de amistad incondicional, iniciando así nuestra relación de pareja. No se si llegué a decírtelo, Edu, pero contribuiste a aquello decisivamente y te estaré toda mi vida agradecido.

Para entonces tu salud ya era bastante delicada. De regreso en Madrid, recuerdo que un día al abrirme la puerta por la mañana te vi muy mala cara. No me dio tiempo a expresarlo, pues te abrazaste a mi llorando y diciéndome que ya no podías más, que no tenías fuerza y que cada día que pasaba te sentías peor. Me entristeció mucho verte así y traté en la medida de lo posible de aliviar tu desolación como pude. Hasta ese momento no había tomado consciencia del esfuerzo titánico que hacías cada jornada y de tu capacidad para ponerle buena cara al mal tiempo. Poco después tuviste que ser hospitalizado.

Fue por esta época cuando Pepa empezó a tramitar tu baja definitiva en la creencia de que tu estado de salud no tenía vuelta atrás. Ibas afrontando diferentes azotes que te sumían en un deterioro físico cada vez más notorio. Hay otra cosa que nunca te dije, Edu: una tarde fui a visitarte a casa y tu situación era preagónica. Estabas con oxígeno, suero y no se cuantas cosas más. Tu voz apenas se oía y en el color de tus ojos ya se percibía el final. Arturo estaba a tu lado asumiendo todo el cuidado que requerías. Me despedí de ti convencido de que era cuestión de horas. Cuando llegué a mi casa llamé a Pepa y haciendo un gran esfuerzo por no quebrarme, se lo comuniqué para que se fuera preparando.

Mientras todo esto sucedía, tú te encontrabas en un puesto avanzado de una lista de espera, la de todos aquellos enfermos que se habían acogido a un nuevo protocolo. Tus ganas de vivir y aquella nueva esperanza te fueron devolviendo a la vida a pesar de un sinfín de altibajos. Saliste del hoyo como un campeón y hasta volviste, si no a trabajar, si a cooperar con tu hermano Popi en su empresa.

En esa etapa en la que subías una pronunciada cuesta hacia arriba, nos dedicaste un día que quedó para la historia en nuestra memoria. Quedamos con vosotros un domingo para comer y luego acercarnos a la Feria del Libro. Como era habitual, Pepa y yo llegamos tarde y tú te cogiste un monumental cabreo. Nos cantaste las cuarenta con toda la razón del mundo a la vez que Pepa ironizaba sobre tu genio. Tu comicidad innata, tus caretos y tus comentarios hacían que aquel cabreo que, en verdad lo era, no nos impusiera el debido respeto. Te fuiste calmando a medida que probabas bocado, aún a pesar de lo que te había costado elegir plato y después de haber olido la comida…. ¡Anda que esa costumbre se las traía….!.

Como me temía no te encontraste con fuerza como para afrontar la polvareda y el calor de junio en El Retiro, por lo que propusiste tumbarnos en el césped  y reposar la comida. Pepa comenzó a darte un masaje para, de alguna forma, poderte resarcir de la “afrenta”. Te quedaste adormilado mientras charlábamos y según te despejaste, mira tú por donde, pasó un mulato mazas por delante de nosotros y casi se te desenrolló la cabeza del cuello por mirarle. El súmmum llegó cuando viste que bajaba las escaleras de los wc públicos y ni corto ni perezoso te levantaste como con un resorte y allá que fuiste…. No dábamos crédito a tu comportamiento y el bueno de Arturo, curado de espanto, se quejaba ironizando sobre ti y hasta riéndose… ¡Como te ha querido Arturo, Edu!. Al cabo de unos minutos, subiste las escaleras con cara de felicidad. La visión de aquel mulato, porque no pudo haber sido más que eso a razón del tiempo transcurrido, te arrancó de golpe el cabreo, el calor y el malestar que la enfermedad te producía.

Tu nueva alegría te transformó por completo y ahora nos querías invitar a vuestra casa, para ver las grabaciones que de todos los Festivales de Eurovisión tenías. Estábamos flipando, no solo por la mutación que habías experimentado, sino porque ignorábamos que fueras un friki. Lo que vivimos en tu casa no se puede expresar con palabras. Ahora, eras una auténtica enciclopedia con patas de la historia de este festival. Te lo sabías absolutamente todo: fechas, sedes, países ganadores, segundos y terceros calificados, puntuaciones, nombres de los cantantes, títulos de las canciones…. Todo esto, con una puesta en escena cómica hasta decir basta. ¡Alucinábamos…..!. Como siempre, Arturo también te secundaba en tu pasión eurovisiva y nosotros, literalmente,  nos meábamos.

Cuando ya no había más Eurovisiones que ver, vinieron las fotos de vuestras fiestas privadas y a pesar de que uno no padece de incontinencia urinaria, estoy seguro de que en algún momento la risa hizo que algo se me escapara, sobre todo, cuando empezamos a verte en más de una instantánea en plan zorrón, embutido en una funda de almohada de noventa, con taconazos y pelucones de destrozona.  Si a mi me dicen al mediodía, que íbamos a acabar congestionados a costa de las carcajadas, hubiera dicho que era imposible de todo punto. Había que tener mucho arte y muchas ganas de vivir, para sobrellevar tu situación de aquella manera.

Seguiste subiendo tu particular calvario y enfrentando diferentes capítulos propios de tu enfermedad, pero siempre salías adelante hasta que un día la noticia que nos distéis nos llenó de alegría…., ¡¡os casábais!!. Eso significaba  que a pesar de todo, tu estado de salud, en alguna medida, se había estabilizado.

Nunca podré olvidar la que liasteis aquella tarde en la Junta Municipal de Vallecas, bueno, ni yo ni nadie. Éramos muchos los que esperábamos con expectación vuestra llegada, cuando un impresionante descapotable rojo con asientos de color blanco en piel  -¿o los colores eran al revés?- aparecía con dos tíos de riguroso esmoquin a bordo. ¡No se podía estar más guapos!. Cuando aquel monstruo paró frente a la entrada de la Junta, os pusisteis en pie y entonces en aquel bólido sonó a todo volumen el YMCA de los Village People. Dentro del coche os pusisteis a bailar y todos los que allí estábamos nos arrancamos con aquel tema que venía que ni pintado por todo lo que simbolizaba. ¿setenta, noventa, cien invitados de toda edad, sexo y condición….?. Todos bailando y paralizando el sentido de subida de la Avda. de la Albufera. Estaba más que claro, ¡esa era la boda de Eduardo y Arturo!!. Mientras, la concejala, creo que del PP, esperaba en el salón. ¡Dios mio, qué impresionante fue aquello que le leíste a Arturo……..y como nos emocionaste a todos!

Luego nos fuimos distanciando, seguramente en la confianza que nos producía el saberte mejorado de salud y felizmente casado. ¿Cuántos años han transcurrido?, ¿doce?, no se, mi memoria me traiciona. A veces teníamos noticias de ti por Luismi y en alguna ocasión hablé contigo, pero lo cierto es que ni tu cáncer de pulmón, del que saliste como un jabato, ni tu posterior tumor cerebral los has podido compartir con nosotros. Este último ha sido el único enemigo que no pudiste vencer y yo se que no ha sido por falta de voluntad y coraje, sino porque tu organismo arrastraba un lastre de toxicidad a costa de las medicaciones, de tal dimensión, que ya no pudo defenderse.

Hay algo que no te voy a perdonar nunca: que te hayas llevado toda tu creación artística para entregársela a Bragui y a Apolo ¿Cómo has podido?. Mira que todos te habremos repetido hasta la extenuación que pasaras a papel o a un disco duro tus maravillosos poemas. No puedo decir que te haya leído porque tú, Edu, has sido uno de los poetas más grandes que yo he escuchado. Todo lo tenías en tu cabeza y no hacías más que dar largas.. “Si, ya lo haré”, pero nunca lo hiciste. Ahora andarás pululando y poniéndote a mil ante anatomías descomunales entre el Panteón Nórdico y el Olimpo. Esas deidades, sin duda, te lo van a agradecer a lo largo de toda la eternidad,  pero los que te hemos conocido estamos muy cabreados. Con esa terquedad tuya has privado a la humanidad de la obra de un genio y eso no se hace, Edu.

Recuerdo la cantidad de ocasiones en que entraste en mi despacho para conversar y contarme tus intimidades más zorronas mientras nos tomábamos un café –que si uno que te habías cruzado en la calle, que si los chulazos del andamio de la vuelta de la esquina- para terminar siempre recitándome algunos de tus magníficos poemas…… Edu, hubo muchos días que escuchándote se me ponía un nudo en la garganta que me impedía expresarte lo mucho que te admiraba. Eras un ejemplo de lo que es un ser humano lleno de vida: talento, creatividad, disparate, profesionalidad, rigor, genialidad, entrega, sufrimiento, lágrimas, risa…….., emoción… y algunos defectos, pero todos llevaderos y, en ti, absolutamente perdonables.

Te has ido y yo solo puedo estar agradecido por haberte conocido. Me imagino que oirías a Arturo el otro día cuando yéndote hacia el crematorio, nos abrazamos y casi me tiene que consolar él a mi: “he sido muy feliz, muy feliz, muy feliz, Nacho. Y esto no ha terminado, esto sigue”. Esas cinco afirmaciones no las voy a olvidar nunca, Edu. ¿Se puede decir algo más grande y más importante?.

Tengo que confesarte otra cosa que tampoco me atreví a decirte. Aquella tarde de la visita…, cundo salí convencido de que nunca más volvería a verte, tuve la osadía de dedicarte unos versos. Nunca tuve tu talento ni tu fundamento. Tu eres un poeta, yo un humilde amante de la poesía. Nunca te los entregué porque me daba mucho apuro que supieras que te había enterrado antes de tiempo. Aunque hayan transcurrido diecinueve años y como ahora disfrutas de una posición privilegiada, ya no me imparta que los conozcas.

 

LLENABAS EL ESPACIO CON TU VIDA

Y LOS QUE TE RODEÁBAMOS,

IMBUIDOS POR LA AMPLITUD DE TU ABARCAR

SABÍAMOS DE TU PENA Y ALEGRÍA.

 

PROVOCABAS TERNURA Y CARCAJADAS

EMITIENDO SENSATEZ Y DISPARATE…

PERSONAJE DE NÍTIDA ESENCIA,

POR TODOS DESEADA.

 

TUS MANOS FLOTABAN EN EL AIRE,

TUS CARAS HABLABAN POR SÍ SOLAS,

TU GESTO CONTUNDENTE IMPRESIONABA

Y, EN MOMENTOS PUNTUALES,

EL SENTIMIENTO DE TU HABLA

CORTABA EL RESPIRAR,

ELEVABA EL ALMA…

Y A VECES, HASTA ME HACÍA LLORAR.

 

AQUEL DECIR DE TU PALABRA…,

CONCENTRADO INTIMISMO VOMITADO

DE HONDURAS DE GRAN BELLEZA…,

¡¡LOS VERSOS DE EDUARDO…!!

 

Y OTRA COSA TE ADMIRÉ:

TU SER SINCERO Y SIN DOBLEZ,

SIENDO EL MISMO EN CADA INSTANTE.

TU ARROJADA VALENTÍA

Y EL VIVIR SIEMPRE A TU AIRE.

 

FUISTE SABIA RENOVADA

Y FUERZA CONTAGIOSA…

PUEDO PRESUMIR AHORA

DE QUE A TU LADO, CADA SEGUNDO,

FUE UNA REALIDAD GOZOSA.

                                                        (25 de febrero de 1997)

 

Solo te pido una cosa, por lo que más quieras, escóndelo y no se lo enseñes a los dioses de la poesía. Mientras tanto disfruta a tu manera todo lo que puedas y cuando te aburras, échanos un vistazo a los de aquí.

Tengo muchas ganas de verte y pocas prisas. No hace falta que te diga que en este asunto nunca se sabe. Yo te voy a recordar siempre y con mucho cariño mientras esté por estos lares. Te aseguro que hasta que me ponga en viaje, te llevaré en mi corazón y en mi mente. Te lo digo de verdad.

¡¡Un besazo enorme, amigo y compañero!!.

Sin palabras